Los impensados escenarios de un país que sorprende - LA GACETA Tucumán

Los impensados escenarios de un país que sorprende

23 Nov 2021

José Vitar

Ex diputado nacional

En los 70, florecían en América Latina las utopías revolucionarias, de la mano de un fuerte nacionalismo que planteaba la defensa de la región ante el expansionismo norteamericano, cuya intervención en varios países (Guatemala y Dominicana especialmente) provocaron un revulsivo político general.

Unos años antes, un puñado de barbados guerrilleros, entre ellos un joven médico argentino que luego se transformaría en leyenda, lucharon desde la Sierra Maestra en Cuba y derrocaron a la dictadura de Fulgencio Batista, proclamando el socialismo.

La Revolución cubana instaló el debate en la politizada juventud de entonces sobre la validez de la lucha armada para construir el socialismo. Hubo quienes adhirieron entusiastamente a la teoría del “foco guerrillero”, como quienes rechazaban el uso de la violencia y proponían construir el socialismo por vías legales y pacíficas.

Chile fue el primer país en alumbrar un Gobierno socialista electo por el voto popular. El mundo posó su azorada mirada en el lejano país austral que se atrevía a desafiar de ese modo la hegemonía norteamericana en la región. Luego de tres convulsionados años, un cruento golpe militar acabó con el gobierno y la vida de Salvador Allende.

Chile pareció irse al otro extremo. La dictadura de Augusto Pinochet fue una de las primeras del cono sur de América -que se pobló en esos años de gobiernos militares- y la última en irse. Su ordenada retirada del poder, dejando consolidado un modelo económico y condicionando a la dirigencia política chilena despertó la envidia de los fracasados tiranos del resto de la región. Se retiró en 1989, dejando una democracia chilena tutelada, bajo una Constitución que consagraba la economía de mercado y la subordinaba al control tutelar del Ejército que Pinochet presidió décadas. El sistema binominal de elecciones parlamentarias fue clave para ese control.

Tanto en mis años de diputado nacional por Tucumán, como posteriormente en la Cancillería, estando a cargo del Mercosur, asistir a foros internacionales, donde la estabilidad política y el éxito macroeconómico, nos eran sutilmente expuestos como el camino a seguir por la turbulenta Argentina.

Durante el cuarto de siglo que siguió a la recuperación de la democracia, Chile consolidó un sistema bipartidista donde centroizquierda de la Concertación terminó asimilando como “política de estado” el modelo neoliberal impuesto por el pinochetismo. El sistema político chileno se volvió, entonces, monótamente previsible.

Tanta condescendencia resultó fatal para el establishment político chileno, que perdió capacidad de interpelar la realidad social, hasta que la protesta popular hizo estallar por el aire tanta corrección política y éxito macroeconómico. El simple aumento del boleto de subte encendió una hoguera en la que se inmolaron las hasta entonces coaliciones hegemónicas, tanto de “izquierda” como de “derecha”.

El Chile sobreviniente a las protestas se tornó súbitamente difícil de predecir, tal como demostraron los comicios del pasado domingo, en que el favorito del Presidente Piñera y la candidata del antigua Concertación resultaron cuartos y quintos, respectivamente.

Quien resultó primer es un candidato de ultraderecha y ferviente pinochetista, José Antonio Kast, con el 27,8% de los votos, apenas dos puntos por arriba de Gabriel Boric, un joven dirigente de izquierda fraguado en las protestas callejeras de 2012, la novedad de la elección.

Es difícil arriesgar un pronóstico para la segunda vuelta.

Teóricamente Kast solamente sumaría el 12,7% de Sebastián Sichel, favorito de Piñera, quien sostiene parecidas concepciones ortodoxas y privatistas y quien resultó superado por Franco Parisi, quien obtuvo 13% haciendo campaña virtual desde Estados Unidos, donde reside hace dos años. Su peculiar populismo lo acerca indistintamente a posiciones tanto de Kast como de Boric, por lo que su voto puede dividirse entre ambos.

Si primara la lógica de las aritméticas electorales, el casi 20% que obtuvieron los otros dos candidatos progresistas debieran canalizarse hacia Boric, que es un atractivo candidato. Pero que deberá demostrar que pese a sus 35 años puede gobernar en este difícil contexto. Aquí conviene recordar a Perón decía que en política no siempre dos más dos es igual a cuatro. Ya se hizo la primera encuesta entre ambos y están empatados en 39%.

La complejidad de los intereses estratégicos que unen a Chile con Argentina imponen un realismo que va más allá de lo ideológico: compartimos casi 4.000 kilómetros de frontera y nos separan la cordillera andina que guarda tesoros minerales. Pienso que la racionalidad habrá de prevalecer.

Luego de aquella disputa por el Canal de Beagle ha primado siempre la armonía y los acuerdos de Cooperación entre ambos países y confío que así seguirá siendo.

Claro, no sería honesto ocultar que históricamente la derecha chilena ha hecho gala de una suerte de nacionalismo antiargentino, que alcanzó su pico con la cooperación del gobierno de Pinochet con Inglaterra durante la Guerra por las Malvinas. Y llamativamente también, durante la primera presidencia de Piñera, que coincidió con la última de Cristina, se realizaron dos o tres encuentros de gobernadores argentinos y chilenos fomentados por las Cancillerías y ambos presidentes que marcaron el punto más alto de integración de las últimas décadas y que no se repitieron durante el gobierno de Mauricio Macri.

Resultado abierto, futuro difícil de predecir en el que era el país mas previsible de Sudamérica.

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