
El compromiso de los pueblos originarios con la tierra es lo que marca la diferencia entre quienes viven de ella y quienes la ven como un recurso para extraer ganancias.
Una mirada garantiza un vínculo sustentable con la naturaleza. La otra es una relación de uso y depredación, que está causando la debacle ambiental que en estos días se discute en una cumbre mundial ambiental.
A más de 10.000 kilómetros de Glasgow, donde los líderes mundiales discuten qué se hace con el calentamiento global y la devastación planetaria, Delfín Gerónimo, dirigente indígena de la Comunidad de Quilmes y asesor técnico del Instituto Nacional Indígena, sostiene que el debate será un fracaso si no se centra en el resguardo de la Madre Tierra.
En el trabajo de la tierra y en el consumo de sus productos, hay un equilibrio que se rompe cuando el Estado o las empresas lo ven como un recurso a explotar. “Ellos no tienen la relación que tenemos los pueblos con la naturaleza. Para nosotros es nuestra madre, nuestra vida, nuestra casa, nuestra farmacia. Sin ella, no podríamos vivir, y por eso vivimos con la obligación de no destrozarla -explica-. Vivimos de la tierra, pero no buscamos sacar beneficio a gran escala”.
Por eso, Gerónimo considera a los movimientos ambientalistas como aliados, con los que se puede acordar maneras de afrontar la devastación.
“Necesitamos discutir leyes de premios y castigos que vayan a favor de cuidar colectivamente los bienes que nos permiten vivir -sostiene-. Actualmente, hay muchas leyes que establecen el resguardo de la Madre Tierra, pero a la vez se aprueban leyes que fomentan la minería a cielo abierto, el uso del agua dulce que tenemos para beber y el negocio con la tierra. Son recursos que se deben manejar, no explotar”. Es la única Tierra que tenemos, dice Gerónimo. Es un concepto sencillo, pero profundo, y necesario.







