
Podría llamarse “la Cumbre de nuestro descontento”, porque casi nadie, ni siquiera su anfitrión, Boris Johnson, confía en que la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP26) vaya a lograr acuerdos o medidas que frenen la crisis climática nivel mundial.
Las sesiones -se abrieron formalmente ayer, pero las discusiones más importantes empiezan hoy- se van a extender por 12 días. El plan es abordar los compromisos que necesitan hacer los países para acotar a 1,5° C el aumento de la temperatura global, ya que reducir el calentamiento es, a esta altura, tarea imposible.
En 2015, en París, casi 200 países se comprometieron a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Seis años después, las promesas no están a la altura de la urgencia climática, especialmente entre los principales emisores, que son además los más ricos del planeta, como Alemania, China o Estados Unidos.
El objetivo del Acuerdo de París es mantener el calentamiento muy por debajo de 2 ºC, respecto de la era preindustrial, pero incluso ese horizonte queda lejos.
La última evaluación de la ONU, en base a compromisos adoptados por los países, apunta a un calentamiento “catastrófico” de 2,7 ºC. En el mejor de los casos se llegaría a 2,2 ºC, si creemos en promesas vagas de neutralidad de carbono para 2050.
Las olvidadas
De lo que no se habla suficiente ni en forma seria en esta cumbre de líderes mundiales es de cómo afrontar el hecho de que el cambio climático afecta de manera desproporcionada a los sectores más vulnerables del planeta.
Para las mujeres pobres, para los pueblos originarios, para los y las migrantes, para quienes viven de la tierra, medio grado de temperatura puede hacer la diferencia entre sequía y fertilidad, entre la inundación y la lluvia sanadora, entre el hambre y el acceso a alimentos del campo.
Los pobres se ven afectados de manera desproporcionada por los impactos del cambio climático ya que dependen en mayor medida de las condiciones ambientales y de los recursos naturales, y su capacidad de adaptarse a los cambios es limitada, debido a que sus activos son restringidos, tanto en términos sociales como financieros, destacan estudios académicos desde décadas, como el que presentó Anke Stock, especialista en Género y Derechos, sobre el cambio climático desde una perspectiva de género.
Es una amenaza general, pero las consecuencias del cambio climático impactan de manera diferente en las mujeres, dice Stock.
Algunas estimaciones, como la de ONU Mujeres, asumen que casi el 70% de los 1.3 mil millones de personas que viven en situación de extrema pobreza, son mujeres y, en muchísimos casos, son ellas las responsables de asegurar la supervivencia de las familias, al proveerlas de agua, alimentos y combustibles como la leña para cocinar o calentarse.
Además, las mujeres suelen trabajar más horas porque suman las tareas de cuidado de los niños, los adultos mayores y las personas con discapacidad.
Por eso, por estar atadas a las tareas de la casa o de la tierra, tienen menos posibilidades de moverse para buscar mejores trabajos y de participar en la toma de decisiones. A ello se suma que, en un alto porcentaje, las mujeres que viven la extrema pobreza enfrentan además estereotipos y divisiones legales por género que empeorar su situación.
Ante este panorama, las promesas vacías o insuficientes de los países altamente industrializados de reducir sus emisiones de carbono o de “comprar” su derecho a seguir contaminando a las naciones pobres no son una solución. O son falsas soluciones, como las llama Natalia Salvatico, de la organización Amigos de la Tierra Internacional (que en Argentina se llama Tierra Nativa), que cuestiona el enfoque de la COP26 y las posibilidades de que aporte soluciones a la crisis climática.
Una primera crítica se relaciona con que la cumbre no tiene enfoque basado en la justicia climática, le dijo a LA GACETA la activista ambiental. Este concepto reconoce que la dependencia de los combustibles fósiles beneficia a los países ricos, y que perjudica en mucho mayor medida a las personas pobres y a los países en desarrollo en todo el mundo.
“No se puede esperar que sean los países ricos, causantes de la crisis, quienes la resuelvan. Por eso. Hacer frente a la crisis climática requiere un cambio inmediato para abandonar los combustibles fósiles y otras energías sucias y perjudiciales. La justicia climática exige que logremos esto”, según Salvatico.
Para ello, los países ricos deben actuar en primer lugar y con mayor profundidad. Las potencias que más contaminan “deben cumplir su parte justa de reducción de emisiones y además proporcionar financiación climática a países del sur global, para pagar la deuda climática y financiar una transición justa y feminista”.
“Es necesario -explica- que abordemos las causas sistémicas de esta crisis, que es multidimensional, porque incluye la crisis de salud de la covid, la crisis ecológica y la crisis social que hay actualmente en todo el mundo”.
Nada de esto está ocurriendo en la COP, que sigue adelante “de forma poco equitativa e inaccesible” para las delegaciones del sur global, que no pueden participar de los debates. “Muchas delegaciones no pueden asistir por una combinación de falta de acceso a vacunas, normas cambiantes respecto de la cuarentena o del visado, costos y preocupación sobre la seguridad”, indica.
La falta de representación amplia, insiste Salvatico, es garantía de que el resultado no será justo para el conjunto de la sociedad, en especial para las personas más vulnerables del planeta.
Cartón pintado
Un debate muy promocionado en los encuentros preparatorios de la COP26 es el de los mercados de carbono. Estos funcionan en la Bolsa, con contratos de compra y venta, donde una parte paga a otra por una cantidad determinada de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. Países que no quieren reducir sus emisiones de CO2 le compran a quienes emiten pocos gases de efecto invernadero una cierta cantidad de créditos. En suma, los países ricos pagan por el derecho a seguir contaminando.
A esto, desde las organizaciones ambientalistas le llamas “falsas soluciones”, lo mismo que las soluciones “basadas en la naturaleza y en neto cero”.
“¿Por qué nos oponemos? Porque nos preocupa que sigan adelante con las emisiones, en connivencia con empresas contaminantes, con promesas de mercados de carbono, compensación o geoingeniería. Estas promesas les van a permitir seguir contaminando bajo la premisa de reducir las emisiones en otro lugar del planeta, con la plantación de árboles, la compra de créditos de carbono, o laaplicación de tecnologías no probadas. Todo esto, para no reducir sus emisiones”, insiste Salvatico.
Se trata, dice, de tecnologías costosas, riesgosas o no probadas, que tienen impactos potencialmente devastadores, y que además afectan a los países del sur, que impulsan el acaparamiento de tierras y la violación de derechos. “Es lo contrario de justicia climática”, enfatiza.
Otro motivo de crítica es la enorme influencia en la COP26 de las empresas transnacionales, cuya producción está basada en el uso o producción de combustibles fósiles que producen la mayor parte de las emisiones de gases de efecto invernadero.
“El impacto negativo de las transnacionales en el territorio es inocultable, y es todo lo contrario de lo que planteamos desde la sociedad y desde los movimientos”, dice la coordinadora de Amigos de la Tierra. En su denuncia, destaca que estamos atravesando una crisis climática “terminal, sistémica y multidimensional”, con una inequidad es enorme.
“Para hablar de justicia climática, tenemos que replantear el sistema económico energético y pensar en un cambio un sistema digno para todos -dice Salvatico-. Tenemos que hablar de una transición energética justa. Porque no solamente necesitamos una transición hacia otro sistema, sino una visión que ponga en el centro la sostenibilidad de la vida”, sin que ello deje a nadie afuera.







