La Casa Histórica: ¿templo, monumento o museo? - LA GACETA Tucumán

La Casa Histórica: ¿templo, monumento o museo?

17 Sep 2021 Por Guillermo Monti
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En marzo pasado, durante una visita a la provincia, entrevistado por LA GACETA el museólogo Gabriel Miremont opinó: “la Casa Histórica debe pertenecerle a Tucumán, no a la Nación”. Y lo fundamentó:

“Me molesta que el Cabildo de Salta se administre en Buenos Aires, y que a la Casa Histórica le pase lo mismo. ¿O papá Buenos Aires cree que Tucumán es un nene que no sabe administrar sus cosas? ¿Por qué seguir pensando que todo tiene que venir de Buenos Aires? Creo que es al revés: la Casa Histórica, el Cabildo de Salta o el Palacio San José de Entre Ríos deberían pertenecerle a cada provincia. ¿Por qué no darles la potestad de administrar lo suyo? Si la Casa Histórica es un patrimonio tucumano, si habla de algo que sucedió en Tucumán, si es el momento histórico de Tucumán para el país, ¿por qué no puede ser tucumana? Después verán si es de la Provincia, o de la Ciudad, o piensan en un sistema mixto... Pero lo que no debe es ser de la Nación”.

La intervención de Miremont levantó la polvareda de la polémica y se armó un interesante debate. Hubo voces a favor de la postura, otras en contra, y algunas que plantearon la posibilidad de un modelo flexible: o sea que, sin perder su condición de Monumento Nacional, en la gestión de la Casa Histórica la Provincia y la Ciudad también cuenten con poder de decisión. En fin, lo valioso fue el intercambio de posturas, prescindiendo ya de la figura de Miremont, un especialista en museos que -al igual que la idea lanzada- cuenta con sus defensores y con sus detractores.

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¿Qué piensan los tucumanos de la Casa Histórica? A propósito de la muestra “Revés de trama” y de la reacción generada en un sector de la opinión pública se visibilizaron conceptos cuanto menos llamativos. Uno de los más fuertes vincula la Casa Histórica con lo religioso: al calificarla de “sagrada” deja de ser un monumento o un museo para transformarse en un templo. Esa connotación habilita a calificar de “blasfemo” o de “profanación” lo que se considere inapropiado para ese espacio. La vinculación no es caprichosa porque se alimenta de la simbiosis Patria-Dios enraizada en el relato de la construcción nacional. “Si no lo hiciereis, que Dios y la Patria os lo demanden”, es la admonición que suelen recibir los funcionarios después de prestar un juramento. Cuando los límites entre lo patriótico y lo divino se difuminan, un solar como la Casa Histórica adquiere la dimensión sacralizada que muchos tucumanos le adjudican. Entonces la historia -los hechos- pierden trascendencia y la Casa Histórica se transforma en algo distinto: en un mito. La Casa Mítica.

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¿Qué saben los tucumanos de la Casa Histórica? Muy poco y es una lamentable falencia de nuestro sistema educativo. La abrumadora mayoría está convencida de que en la calle Congreso se erige, efectivamente, la antigua vivienda colonial de Francisca Bazán de Laguna, sede de la gesta de 1816. Pero ni esa es la casa, ni esas son las paredes, ni ese es el piso. Es más, hay que agradecerle a Ángel Paganelli por la foto que tomó en 1869 antes de que la demolieran, porque sirvió para reconstruir la fachada. Lo único original que queda del Congreso que declaró la Independencia es el Salón de la Jura, salvado casi por milagro de la piqueta cuando sobre ese terreno se alzó el edificio del correo. Después tiraron abajo el correo, rodearon el Salón de la Jura con un templete y así permaneció durante décadas, hasta que en 1942/43 se decidió levantar esta nueva casona. En esa oportunidad fueron de enorme ayuda para el equipo liderado por el arquitecto Mario Buschiazzo los planos originales y el hallazgo de algunos cimientos. Lo que tenemos entonces es una réplica, desarrollada con la mayor fidelidad posible y no por eso menos valiosa. Este apunte histórico es necesario para advertir que los congresales de 1816 no cruzaron esas puertas ni transitaron esos pasillos ni se guarecieron de la lluvia bajo esos techos, situaciones que se dan por verídicas en infinidad de aseveraciones.

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¿Qué creen entonces los tucumanos de la Casa Histórica? Básicamente, que es un símbolo. Pero los símbolos, en su carácter de representaciones de una idea, no se atan a interpretaciones lineales o universales. La Casa Histórica-templo es una cosa; la Casa Histórica-Monumento es otra; la Casa Histórica-museo, algo diferente. No todos decodifican ese símbolo de la misma manera: para algunos es sagrado y, por lo tanto, intocable; para otros es una expresión viva y, en consecuencia, sujeta a toda clase mutaciones. Pero la Casa viene a ser, además, un símbolo nacional, una idea aglutinadora, una construcción ciudadana, un espacio que nos identifica y nos confiere la sensación de pertenencia. Por eso el Cabildo porteño y la Casa Histórica se fijan en el imaginario colectivo con la misma contundencia que la bandera, esa enseña que Belgrano nos legó. Aquí vuelve la vena patriótica, que se inflama cuando la pureza de los símbolos se ve amenazada. Ya no interesa entonces que la Casa sea una réplica, porque pasa a ser un símbolo que trasciende tejas y ladrillos. Y si algo no se perdona, tratándose de símbolos nacionales, es que se les falte el respeto. “A la Casa Histórica se la respeta”, gritaba el vecino que vandalizó “Una puerta y dos ventanas. Imagen del Bicentenario”, obra que el artista cordobés Res había montado frente a la fachada de la Casa en 2016.

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La potencia del símbolo y su imbricación con lo religioso llevaron a Joaquín V. González a escribir su “Oración a la bandera”. “Vínculo sagrado e indisoluble entre las generaciones pasadas, presentes y futuras”, remarcó González en un arranque de éxtasis místico. “Símbolo de la unión y de la fuerza con que nuestros padres nos dieron independencia y libertad”, remarcó. ¿No encaja la Casa Histórica en esta descripción, a la luz de las posturas esgrimidas por numerosos tucumanos durante los últimos días? Todas estas certezas, propias de una parte de la opinión pública, desarticulan cualquier posibilidad de hablar de la Casa Histórica, de repasar su sentido y su significado, de abrir debates como el que lanzó Miremont. Si la Casa Histórica se galvaniza en la fragua de los dogmas no hay discusión posible. Y esto es, en esencia, antidemocrático.

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El momento invita a una discusión madura, desfanatizada, lo más amplia posible. Hay mucho por pensar y mucho por hacer en la Casa Histórica, de la que todos los tucumanos pueden sentirse un poquito dueños, por más que las determinaciones de fondo en cuanto a su funcionamiento deban pasar por un tamiz instalado a 1.300 kilómetros de aquí. El primer paso puede ser sacarla de la lista de los tabúes culturales, de lo contrario será nada más que un relicario que se contempla desde lejos y con unción. Y después podemos avanzar, buscar consensos, exponer las ideas y las propuestas a un debate público orientado a aprovechar todo lo que la Casa Histórica está dispuesta a aportarle a la sociedad.

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