
AL FRENTE DE LA COMITIVA. Bernabé Aráoz fue a hablar con Belgrano.

Por José María Posse / Instituto Belgraniano de Tucumán - Miembro del Programa de Historia Identidad y Cultura de la DAT 2021
En junio de 1812 el general Manuel Belgrano, quien se encontraba en Jujuy al mando del Ejército del Norte derrotado en Huaqui, recibe la orden del Poder Central de abandonar las provincias del Norte a su suerte.
Debía retroceder hasta Córdoba y allí intentar reforzar el Ejército. En el camino, le ordenaban pasar por Tucumán con el fin de requisar todo el armamento de la ciudad y levantar la fábrica de armas que se estaba instalando. También se le exigía guardar la bandera blanca y celeste que había creado en Rosario y que el Ejército juró en Jujuy, el 25 de mayo de ese año.
El éxodo jujeño
Belgrano ordenó entonces al pueblo jujeño hacer abandono de sus posesiones y quemar todo aquello que no pudiera transportarse. La estrategia era dejar “tierra arrasada” a los realistas y así retrasar su avance ante la falta de suministros.
El 29 de julio, en un terrible bando militar, ordenaba que todos los habitantes se unieran al Ejército llevando cuantas armas de fuego y blancas tuvieran en su poder, además de todos sus ganados vacunos, caballares, mulares y lanares; hasta los charquis (tiras de carne salada, secada al sol) debían ser sacados de los campos y llevados con los soldados. Los comerciantes debían embalar sus mercaderías y remitirlas a Tucumán.
Las sanciones eran severísimas. Todo aquél que se encontrara fuera de las avanzadas del Ejército o intentara franquearlas, sería fusilado en el acto, “sin forma alguna de proceso”. Igual pena se destinaba para quién “por sus conversaciones o por hechos, atentase contra la causa sagrada de la Patria, sea de la clase, estado o condición que fuese”. También se fusilaría a “los que inspirasen desaliento” con solo la declaración de dos testigos; e igualmente serían tenidos por traidores, “todos los que a mi primera orden no estuviesen prontos a marchar y no lo efectúen con la mayor escrupulosidad” (Joaquín Carrillo, Jujuy Provincia Federal Argentina. Apuntes de su historia civil, Buenos Aires, 1877, páginas 170/77).
La situación era crítica: el comandante realista Pío Tristán, enviado del teniente general José Manuel de Goyeneche, encabezaba una fuerza militar punitiva que avanzaba desde el Alto Perú (hoy Bolivia), sometiendo cada ciudad y población importante. A su paso iba ajusticiando de manera cruel a los líderes revolucionarios y empujando a sus familias a la miseria. Las cabezas en lo alto de picas sangrientas en las principales plazas altoperuanas, así lo atestiguaban (Carrillo Joaquín… cit, p.176).
Belgrano avanzaba lentamente, en medio de grandes tribulaciones. De la clase gobernante salteña no podía esperar ayuda; así lo denuncia en una carta fechada el 30 de agosto de 1812, en la que manifiesta su desaliento por el escaso apoyo encontrado en esa provincia. Le habían negado caballos y mulas, mientras que a los realistas que los perseguían se les vendían a buen precio todo cuanto precisaran.
Además, cada día desertaban soldados de su maltrecha tropa, mientras que Pío Tristán entraba con sus tropas a la ciudad de Salta, donde eran recibidos como a un Ejército triunfante.
Combate de Las Piedras
Mientras, los jujeños acompañaban en jornadas extenuantes a su general, siendo picados en su retaguardia por los realistas, los que a duras penas fueron repelidos en el Combate de Las Piedras, paraje del territorio salteño (Carrillo Joaquín … cit p. 175). Allí se probaron en batalla por primera vez los milicianos jujeños, a las órdenes del general Eustoquio Díaz Vélez, demostrando un arrojo excepcional, derrotando a la vanguardia del Ejército enemigo.
El Combate de Las Piedras vino a cambiar sustancialmente el cuadro de situación: de pronto la vanguardia española había sufrido una humillante derrota, demostrando que no eran invencibles. Pero a todos les quedaba claro que a la fuerza arrolladora de los realistas, solo cabía oponerle una fuerza contraria, pues no venían en sones de diálogo y convencimiento, sino a someter la insurrección por el terror, la venganza y la muerte (Gregorio Aráoz de La Madrid, “Memorias”, T. I, Bs As, 1895, ps. 7/10).
El peor mes para esa marcha era agosto, ya que los ríos estaban secos o apenas llevaban un hilo de agua. No había pastaje para la caballada y hacienda, causando todo ello una gran mortandad.
Llenos del polvo del camino, sedientos y hambrientos, pero jamás vencidos, llegaron a Tucumán en la primera semana de septiembre.
Belgrano, en vez de entrar a la ciudad de San Miguel de Tucumán, eligió desviar la ruta hacia Burruyacu, para partir por el antiguo Camino de las Carretas hacia Santiago del Estero, y desde allí a Córdoba.
Mientras tanto, el exhausto general realista, al ver la maniobra de Belgrano, creyó que se dirigía directamente hacia Santiago del Estero; por ello decidió quedarse en Metán para reaprovisionarse. La estrategia de Belgrano para demorar la marcha de los realistas daba al fin sus frutos.
La Encricujada
En la primera semana de septiembre el general patriota acampó en el paraje de La Encrucijada (un cruce de caminos en Burruyacu), para dar descanso a la tropa y enviar emisarios a Tucumán, ciudad que debía desarmarse a la brevedad. Pero el sagaz Belgrano barajaba otra posibilidad (Manuel Belgrano, Autobiografía, cit p. 61).
El grueso de la columna de vecinos jujeños se dirigió hacia San Miguel, donde fueron recibidos por las familias tucumanas, quienes abrieron sus casas para socorrerlos. Mientras tanto el teniente coronel Juan Ramón Balcarce intimó al vecindario a entregar todo el armamento que tuvieran, tanto en el Cabildo como en las casas particulares. La noticia cayó como una bomba en la pequeña ciudad aldea: claramente los porteños los abandonaban; la suerte estaba echada.
La situación en Tucumán era de extremo peligro ya que todos conocían el apoyo que los tucumanos habían brindado al Movimiento de Mayo. En ninguna otra parte sería tan duro el escarmiento como en San Miguel de Tucumán; por ello, muchas familias de cierta fortuna abandonaban la ciudad rumbo a sus estancias o a provincias vecinas (Julio P. Ávila, La Ciudad Arribeña, Tucumán 1810/1816, Reconstrucción Histórica,Tucumán 1920, ps 361/379).
Era poco el margen de acción entre los habitantes de ese pequeño núcleo poblacional que no llegaba a las 7.000 almas. La sociedad estaba fragmentada, ya que existían partidarios del Rey, quienes influían ante el Cabildo para apoyar abiertamente a las fuerzas españolas en marcha (Eduardo Rosenzvaig, Historia Social de Tucumán y del Azúcar, I Ayllu, Encomienda, Hacienda, Tucumán 1986, p. 154).
Queda imaginar el nerviosismo de aquellos tucumanos: sus destinos se encontraban ligados al éxito o al fracaso de la causa, con consecuencias probablemente dramáticas. En sí, los partidarios de la revolución no podían tener muchas esperanzas en ese grupo desmoralizado y derrotado al que comandaba un abogado sin experiencia militar y que las circunstancias lo habían convertido en general. ¿Cómo podría enfrentar a ese Ejército profesional, que avanza prácticamente sin oposición desde el Alto Perú?
El temor era que si Pío Tristán alcanzaba a Belgrano, lo inevitable sería una masacre, que liberaría a todos los demonios de una guerra que ya tocaba a sus puertas. Fue allí que nació la idea de demandarle al general porteño que se quedara a pelear con ellos, jugándose en una partida desesperada, los destinos de la revolución.
INSTANCIA HISTÓRICA. Los tucumanos convencieron al general patriota de enfrentar a las tropas realistas en la provincia.
Histórico encuentro
Curiosamente no fueron los cabildantes quienes se dirigieron a conferenciar con el general Belgrano en el camino que ya se aprestaba a tomar hacia el Sur. No eran los representantes del pueblo tucumano quienes le pidieron al militar porteño que se quedara a dar batalla en Tucumán. Muy por el contrario, quienes salieron al encuentro de Belgrano fueron las cabezas de la criolla familia de los Aráoz; comerciantes, clérigos y hacendados de gran ascendencia entre el pueblo llano de la provincia. Patrones de cientos de hombres rudos, fogueados en las faenas del campo quienes trabajaban en sus estancias, diseminadas por toda la provincia.
Los tucumanos buscaron en la figura del caracterizado vecino don Bernabé Aráoz, el líder civil que los representara. Conocido por su carácter firme y probada ascendencia entre los gauchos, no había quién igualara sus méritos. Miembro prominente de un poderosa familia, en su mayoría jugados por la causa de Mayo, representaban un grupo expectable. Esa fue la fuerza real con la cual los tucumanos apoyaron al Ejército del Norte.
En casa de Aráoz, según Rudecindo Alvarado, se decidió quienes integrarían la embajada; estaría compuesta por el propio Bernabé; Cayetano Aráoz (quien si bien ocupaba un lugar en el Cabildo, no fue en su representación); su pariente, el cura Pedro Miguel Aráoz (luego congresal de nuestra Independencia, en 1816), y el oficial salteño Rudecindo Alvarado, bravo patriota de la primera hora. Belgrano también recuerda a don Diego Aráoz en aquella reunión (General Rudecindo Alvarado, Memorias, Belgrano, fragmento sobre la Batalla de Tucumán, Lamadrid, Observaciones y Memorias. El original se encuentra en poder de la familia Aráoz en Tucumán).
El propio Belgrano relató ello al comentar acerca del envío del comandante de Húsares Juan Ramón Balcarce “para promover la reunión de gente y armas...” Eligió a Balcarce en razón de las vinculaciones que tenía en la ciudad desde 1806, cuando estuvo en Tucumán como ayudante de milicias. Destaca Belgrano que Balcarce: “desempeñó esta comisión muy bien, dio sus providencias para la reunión de la gente, así en la ciudad como en la campaña, bien que más tuvo efecto en ésta en que intervinieron don Bernabé Aráoz, don Diego Aráoz y el cura Pedro Miguel Aráoz, pues en la ciudad, con vanos pretextos, o sin ellos, no tomaron las armas, siendo los primeros que no asistieron a los capitulares…” (Manuel Belgrano, Autobiografía y memorias sobre la expedición al Paraguay y Batalla de Tucumán, Bs As, 1945, p. 61).
Lo primero que hicieron los Aráoz fue hablar con el enviado Balcarce, para solicitar una conferencia personal con el general. Previamente expusieron un plan desesperado, conviniéndose una reunión con el general porteño. Pero las órdenes del militar eran muy claras, además de levantar las existencias de la maestranza del Ejército en la ciudad, debía confiscar todas las armas de fuego, sables, espadas y lanzas en existencia en San Miguel. Las órdenes fueron tomadas de muy mala manera por los tucumanos ya que era sentenciarlos a una muerte segura, sin posibilidad de resistencia.
Esa embajada que marchó al encuentro de Belgrano, como grupo representativo del sentir de la mayoría de sus comprovincianos, se dirigió a un punto en el antiguo camino de las carretas hacia Santiago del Estero llamado curiosamente La Encrucijada, a efectos de convencer al general de que existía una mínima esperanza. Era el lugar y el momento para jugarse el todo por el todo (José María Posse, Tucumanos en la Batalla de Tucumán, Basílica de Nuestra Señora de La Merced, Tucumán, 2012, ps 14/15).
La entrevista se produjo el 10 de septiembre. Los Aráoz le expusieron fundamentos estratégicos, como el hecho que dejar a Tucumán y el norte a los realistas, llevaría a un resentimiento profundo hacia los porteños, quienes difícilmente podrían volver a contar con los pueblos del Norte. También por supuesto, los motivos humanitarios de rigor fueron expuestos, pero quizás lo que más decidió a Belgrano fue el argumento de que el pueblo, al verse despojado de todo armamento y librado inerme a los enemigos se sublevase. Ello sería el fin de la revolución.
Claramente Manuel Belgrano estaba buscando una excusa para desobedecer a Buenos Aires y esto lo decidió, no sin antes solicitar como condición 1.500 milicianos de caballería y 20.000 pesos en plata para la tropa, cantidades que Bernabé Aráoz ofreció duplicar (Carlos Páez de la Torre, Historia de Tucumán Edit Plus Ultra 1987, ps 188).
Consecuencias
En aceptar el desafío, desobedecer la orden de Buenos Aires y dar batalla estuvo la genialidad de Belgrano y esto marcó el destino de la patria naciente; como también el arrojo y la firmeza de los tucumanos, decididos a jugarse por una causa que no terminaba por revelarse en cuanto a sus reales alcances. Su determinación inscribió sus nombres en letras de oro en los anales de la guerra revolucionaria.
Ese día, en La Encrucijada, se decidió la suerte de los acontecimientos que culminaron en la Batalla del 24 de Septiembre de 1812, en la cual se salvó la suerte de la Revolución Sudamericana.







