Apuntes sobre "Los años del frío", de Silvia Barei y Elena Bossi

El libro es una rareza que cruza apuntes personales, crónicas de viaje, diario íntimo.

Apuntes sobre Los años del frío, de Silvia Barei y Elena Bossi
01 Septiembre 2021

Por Daniel Medina

Los libros verdaderamente significativos son aquellos que no encajan, que huyen a las clasificaciones e instalan en el lector una duda que sacude sus certezas. "Los años del frío", escrito por Silvia Barei y Elena Bossi, consigue eso en el lector.

Ni Barei ni Bossi necesitan presentación. Barei vive en Cerro Azul (Agua de Oro, Córdoba), se desempeña como docente de posgrado en la Universidad Nacional , ha publicado numerosos libros teóricos de su especialidad y participa activamente en la actividad cultural de Córdoba.  En poesía, ha publicado Que no quiebre el conjuro la palabra , De humana condición, Cuerpos de agua, La casa en el desierto. Hay un largo etcétera. Bossi escribe narrativa, ensayo, teatro y cine.  Su novela breve Otro lugar recibió el Premio Eduardo Mallea de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires. Publicó entre otras obras, los ensayos: Los otros,  Leer poesía, leer la muerte, y El teatro grotesco. También, las novelas: Las damas del Motín y Nino Cae, Amigas (en colaboración con Penélope Todd, Rosa Mira Books, Nueva Zelanda, 2010); y la biología fantástica: Seres Mágicos que habitan en la Argentina. Fue becaria residente del Programa Internacional de Escritores en la Universidad de Iowa, USA, 2007; de la Fundación Valparaíso para artistas, Almería, España, 2012 y de la fundación Heinrich & Jane Ledig-Rowohlt en el Chateau de Lavigny, Suiza, 2015.  Entre sus obras de teatro estrenadas se encuentran: Papá; En los brazos de Alfredo Alcón (2008); Bailemos sobre las cenizas, Hamlet (2017); Swift (2020) y Lavanderas (2021).  También hay un largo etcéra.

Pero "Los años del frío" es totalmente distinto a todo lo que estas autoras han publicado hasta el momento.

Diario íntimo, crónica de viaje, poesía, anotaciones mínimas que un escritor realiza para cazar instantes de la realidad o posteos en una red social. "Los años del frío" tiene algo de ornitorrinco. No es casualidad que se nombre a este animal en el libro: es otro ser inclasificable. Un raro.

Cualquiera apostaría que el presente es el principal motor de escritura de estos retazos. Y tendría razón y al mismo tiempo estaría completamente equivocado. Si bien las autoras escriben para entender el presente, sobre todo buscan entenderse a ellas mismas en relación a eso que pasa. Por eso hay fragmentos que pueden parecer ejercicios de introspección realizados por dos personas que saben trabajar con la palabra y que saben que sólo lo nombrable se puede comprender.

Queda claro, ya en las primeras páginas, que la realidad Argentina no puede ser soslayada: la política y la historia se filtran de manera lateral en las vivencias cotidianas. Nunca es una irrupción pura, ni panfletaria: la realidad contamina lo íntimo o, al revés, es lo íntimo que tamiza la realidad. Un ejemplo es este fragmento de Barei:

"Martes 21. A la calle de nuevo. A acompañar a los docentes en su lucha.

A juntarnos, a darnos ánimo, a poner el cuerpo, a decir BASTA.

Siento el abrazo solidario de mi padre. Tal vez él esté mirando a través de mis ojos.

En 1958 él — que había sido maestro muchos años, y ahora era profesor—, me enseñó qué era la lucha docente. Qué era la dignidad.

Y yo lloraba porque no me dejaba ir a la escuela.

Y no entendía por qué decía que mi maestra era una carnera .

Como la Patria, la noche en la que estamos también tiene sus hondas catacumbas luminosas."

El macrismo, un luchador social desaparecido, niños wichis que se mueren de hambre en el norte del país, la pandemia: esa realidad duele y de ella queda constancia en este libro. Pero eso que duele no termina en un panfleto, sino en algo más complejo, elaborado, personal. Otro ejemplo de Barei:

"Reparar (en el doble sentido de prestar atención y de arreglar) es poner el acento en una praxis de la resistencia que tiene sus genealogías y sus puntos luminosos afrontando el propio tiempo a contrapelo. Es enfrentar una cartografía del mundo cuestionable, desviarse del orden existente, proponer que algo sea diferente a esa mudez o en el mejor de los casos, a la falta de atención. Alejandra Pizarnik nos recuerda que “una tribu de palabras mutiladas/busca asilo en la garganta/para que no canten ellos/los funestos, los dueños del silencio”.

Además de los grandes temas que sacuden a una sociedad, también están las observaciones de lo cercano, del día a día. Bossi, por ejemplo, registra conversaciones con su mamá. Podrían ser, tranquilamente, fragmentos de una obra de Samuel Beckett:

—Bueno, avisame si vas salir, así sé si llamarte a tu casa o a otro lado.  

—Pero mamá, mi celular va conmigo en la cartera, no cambio de número.  

—Sí, ya sé, pero yo necesito pensar en el lugar en donde estás para poder llamarte.


—¿Cómo termina Ana Karenina?

—Se tira debajo del tren

—Si vas a ponerte de mal humor, no te pregunto nada.


— Tenés que encomendarte a la divina providencia.  

— ¿Qué es eso, mamá?

— No tengo idea, pero parece que funciona.


El absurdo -de ahí la referencia a  Beckett- solo funciona como una capa posible de sentido. Pero estos diálogos se encuentran transidos por otra emociones, más complejas. Están atravesados por una nostalgia del presente. Bossi escribe con amor para que eso no se olvide.

El libro funciona como una carrousel de emociones: se pasa de la indignación por el presente político y social a la nostalgia y al humor.

Si bien las anotaciones están escritas bajo el imperio de la cotidianidad, no están esclavizadas en el presente. Muchas veces, el presente sólo es un disparador del recuerdo. Ya hay un ejemplo en el fragmento de Barei sobre la lucha docente, observemos esto de Bossi:

"Si de chiquita hubiese tenido una filmadora, estoy segura de que habría deseado capturar el momento preciso en que mamá, con un gesto amplio, firme y certero, distendía de un solo golpe enérgico, las sábanas, para que recibieran el sol y el aire de la mañana mientras las dos íbamos al mercado.

En ese gesto, resumiría yo el impulso de la vida".

La memoria, enumerar para rescatar del olvido. A veces, no hay nada más adictivo que el pasado:

"Un punto de encuentro, un cine, una higuera y un horno de leña, una plaza para el desfile, un patio y un perro llamado Kayser, una calle ancha a la  que le decíamos boulevard

una escuela donde todos éramos iguales, un club con pileta,  novios furtivos y unos chicos que jugaban al tenis, una biblioteca a la que pomposamente llamaban  “El centro cultural”, un mercado más bien pequeño, un baile en el Club de los bomberos al que nunca me dejaron ir, un kiosco para comprar figuritas y cambiar las historietas, un molino cuyos dueños se decía que eran ricos, un cementerio para jugar a la hora de la siesta, una estatua de Cervantes con cabeza de libro abierto, un palacio que era en realidad, una casa grande, un tren que pasaba solo de noche, un lugar secreto, una moldura, una puerta y una aldaba. Supersticiones, leyendas, un mito y una profecía, palabras en una lengua censurada (qué babaccio, señalaba mi abuela, pero nosotros no podíamos repetirlo), una vieja fotografía y una postal de Mar del Plata, una manera de estar con los otros, un pueblo antiguo sepultado bajo esta ciudad moderna que se niega a entablar diálogos con los muertos".

Quien escribe ficción siempre se expone. Está en cada uno de sus personajes, en las situaciones que plantea, en un tono o un punto de vista. Pero nunca está tan expuesto como en los escritos íntimos. En este caso, las escritoras han decidido tomar ese riesgo para dejar constancia de un tiempo.

El resultado de esta experimentación literaria es un rompecabezas, conformado por piezas únicas. Y en cada una de esas piezas hay un tesoro.

Esta nota es de acceso libre.
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