Es el alumno, estúpidos!

Por Juan María Segura - Columnista invitado.

07 Agosto 2021

Y así, un día, los niños y las niñas retomaron la escolaridad presencial plena. Con despertadores cantando sinfónicamente en horarios del día abandonados durante tantos meses, con vehículos de todo tipo congestionando alegremente calles, avenidas y autopistas en forma coordinada, con uniformes medio desvencijados, mochilas a medio llenar y vacunas a medio aplicar ¡volvieron las clases! Y la sociedad finalmente retomó una rutina reclamada, una rutina que organiza y que descansa a la vez. La familia recuperó una organización semanal que genera predictibilidad, que facilita la planificación, que permite laburar. El hogar recuperó en parte su rol de tienda de campaña, y la escuela a su vez recuperó el suyo de territorio de combate. Roles, rutinas y anhelos colectivos, en modo ‘¡juegue, juegue!’, y la nueva normalidad… vemos.

No hay dudas de que el sistema educativo comienza una etapa de reconstrucción. Una vez aceitados los circuitos de las rutinas básicas, es necesario sentarse a pensar cómo recuperar el macro desajuste provocado por la pandemia y afirmado por la forma en la cual se gestionaron los últimos 18 meses. Ya no importa si nos esforzamos más o menos, si reaccionamos a tiempo o tarde, si unos u otros estuvimos a la altura de semejante desafío. Lo cierto es que estamos parados frente a un nuevo desafío mayúsculo, de proporciones, y debemos retomar la normalidad perdida, la racionalidad olvidada, la sensatez pedagógica y la cordura directiva. Debemos ‘empalmar’ este lugar indeseado en donde nos encontramos, en términos de inequidades, de aprendizajes rengos y de protocolos interminables, con un futuro deseado.

La vuelva plena a clases, por sobre todas las cosas, significa el comienzo del debate ineludible del futuro del sistema educativo. Si efectivamente estamos frente al comienzo del final de la pandemia, y eso nos produce entusiasmo y esperanza, entonces también deberíamos estar al inicio del debate del sistema futuro, y eso no debería generarnos menos entusiasmo. Las resoluciones del Consejo Federal de Educación n° 396/21 (evaluación), 397/21 (reorganización pedagógica) y 398/21 (protocolos para habitar la escuela), emitidas en la última reunión del Consejo, en julio pasado, son herramientas necesarias para trabajar con este sistema herido y con este alumnado rengo, pero no necesariamente son hojas de ruta hacia el futuro. Necesitamos encontrar el ámbito y el formato en donde podamos alojar este debate, en donde encontremos los consensos necesarios para avanzar hacia la época, y no solo dedicarnos a curas las interminables heridas de una pandemia que nos puede consumir una vida entera.

El documento de trabajo titulado La Agenda de la educación para una Argentina integrada y sustentable, producido por Inés Aguerrondo y Susana Decibe, intenta abordar la cuestión de la agenda del futuro. Mas allá de que concluya con un final abierto y un llamamiento al debate, toma posición muy fuerte sobre el status actual del sistema. No vacila en meter los dedos en todas las llagas del funcionamiento del sistema, acusando al Estado de ser ineficiente e incapaz de conducir un proceso de cambio, señalando como inoperante a la actual gestión educativa del sistema, y alertando sobre el mal trabajo que realizan los cientos de institutos de formación docente, entre otras críticas. Es un diagnóstico tan políticamente incorrecto como cierto, sobre el que asoman algunas brizas de futuro, algunos indicios de prospectiva. La idea de una escuela más centrada en aprendizajes significativos y en mayor sintonía con un nuevo tiempo se erige por encima de todos los pensamientos, no sin antes señalar la complejidad que supondría la gestión del ‘empalme’, con una coyuntura que siempre hace mirar hacia abajo y hacia atrás, y una capacidad de gerenciamiento siempre incompleta, siempre denostada, siempre desatendida. Sin dudas, un trabajo valiente y necesario, que nos obliga a mirar hacia adelante, que nos hace mirar por encima de las resoluciones de Consejo e inclusive de los desarreglos provocados por la pandemia.

Por su parte, el trabajo Sueños y anhelos de las comunidades educativas para la educación en Chile, publicado recientemente por la organización Elige Educar, intenta hacer lo propio en el vecino país. Producido colaborativamente por cientos de instituciones y actores educativos relevantes, indica la voluntad de las comunidades educativas participantes de generar un nuevo modelo educativo. ‘…El clamor por un nuevo paradigma educativo que las comunidades educativas muestran no debe ser desoído…’, señala en las conclusiones, pero advierte ‘…que este anhelo se convierta en una experiencia cotidiana en nuestras aulas es un gran desafío, pues involucra cambios a elementos estructurales del sistema, pero también implica cambiar aspectos culturales muy arraigados…’. Es un trabajo más meticuloso que el anterior, que aborda con precisión las categorías del debate educativo (currícula y planes de estudio, métodos de enseñanza, evaluaciones de aprendizaje, infraestructura, autonomía docente, etc.), pero que posee la misma intención. Es adelante donde debería estar la solución, es la visión de futuro la que debería ser la organizadora del esfuerzo colectivo del ‘empalme’. Es hacia allá, no acá.

Debo advertir, sin embargo, que estos trabajos y la mayoría de las producciones equivalentes en nuestro continente, suelen presentar un desequilibrio a mi juicio preocupante, referido al aprendiz. Suelen asumir que un estudiante es un actor reconocible por todos por igual, y que inclusive posee rasgos con los que estamos habituados a convivir. Y nada puede estar más alejado de la realidad cuando hablamos de los centennials o de los alpha. Es allí en donde veo que las buenas intenciones de los reformistas o de los impulsores de las agendas de futuro se quedan cortas, condicionadas por el corporativismo o conservadurismo del status actual. Y si bien es cierto que el ‘empalme’ nos fuerza a conectar al presente con un futuro anhelado, también es cierto que en ese futuro tenemos la oportunidad, diría la obligación, de poner al aprendiz en el centro del proceso. Y ese aprendiz es diferente a todos los aprendices con los que hemos lidiado jamás. Y debemos conocerlo, consensuarlo, cincelarlo en nuestro imaginario.

Lo he dicho antes y lo vuelvo a repetir en esta oportunidad. El primer paso para iniciar un proceso de reforma del sistema educativo en cualquier país es acordar una idea de aprendiz tipo, emergido de una época particular. Diseñar un sistema educativo aprendiz-céntrico es una empresa con la que no tenemos experiencia, pero que no podremos dejar de diseñar si lo que deseamos es abandonar este atolladero que tan bien describen todos los trabajos e informes como los mencionados antes. Sin embargo, grosera omisión cometeríamos si dejásemos de imaginar ese aprendiz para el cual estaríamos decidiendo realizar todo un costoso y engorroso nuevo montaje. Es por ello que, tomando la frase de otro contexto y actores, encuentro atinado aplicarla a este desafío: es el alumno, estúpidos. Van por allí. Es desde allí hacia atrás que debemos debatir y diseñar.

Lo único que logrará dar sentido a todos nuestros esfuerzos de pensamiento, prospectiva, planificación y reforma en materia educativa es saber que estamos todos con el mismo aprendiz en mente, que estamos todos hablando de lo mismo.

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