En la borra del café - LA GACETA Tucumán

En la borra del café

A la vista de todos, los gerentes del clientelismo pintan un fresco de la “realpolitik” tucumana, hecho de necesidades sociales y de corrupción. Tienen un entusiasmo directamente proporcional a la descomposición de la política.

01 Ago 2021 Por Federico Diego van Mameren
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Las esperas se mitigan mejor cuando transcurren en los bares.

El martes, la Refinor de avenida Roca y Camino del Perú tenía pocos parroquianos. Una pareja afuera soportando el frío. Un padre que miraba con envidia cómo su hijo engullía un sánguche inmenso. La parte cerrada (bueno, es un decir porque con las puertas abiertas que exige la pandemia da lo mismo estar adentro o afuera) es una “L” casi perfecta. En la punta vertical de esa “L” hay una mesa libre y distante. Es el sitio perfecto para las próximas dos horas. Si no fuera por los accidentes geográficos, era posible sentirse el protagonista de la canción de Joan Manuel Serrat.

De vez en cuando la vida / toma conmigo café...

Era un momento mágico. Sólo faltaba que el pocillo llegase a la mesa. Para darle el golpe mágico, saqué de la mochila el libro gordo de Barack Obama. Estaba marcada la página de la última vez en que fue abierto. El placer era total y una mezcla de tristeza y melancolía trasuntaban el papel y la tinta. Referían a los últimos momentos de vida de la madre del ex presidente de los Estados Unidos. La primera campaña para ser senador le quitaba tiempo para darle el último adiós a su progenitora, que ya no podía con los rayos ni con el cáncer.

“Señor, ¿me deja usar esta silla?” El joven levantó la butaca y se la llevó a la mesa contigua. Intenté volver a los entresijos y coqueteos de Barack y Michelle cuando otros dos se llevaban los otros asientos, no sin antes pedir permiso. El bar, repentinamente, estaba rebasado de gente y seguramente estaba violando el protocolo. Pero algo peor: la musicalidad que siempre sale de un libro tenía un ruido. Interferencias.

Como en el cuento de La Cenicienta, habían empezado a sonar las 12 campanadas y el hechizo se desvanecía. Las voces más diversas y las risas trasuntaban una alegría indescriptible y una pasión incontrolable.

La campaña electoral estaba en marcha y los bares lo sabían.

Punteros en equipo

Llega un momento en el que gritan demasiado y eso me desconcentra de la lectura definitivamente. Oírlos es inevitable. Son dos o tres mesas, pero son muchos y cuesta seguirles la conversación. Hasta mis oídos llegan sus certezas. Es que las sentencias se dicen en forma más clara. Rápidamente me percato de que son punteros políticos o algo por el estilo. No estoy seguro de si siguen existiendo los punteros políticos. Por lo menos, no como los conocí en los primeros años de periodismo.

No paran de hablar de los colectivos. “Fue un acto espectacular. Había más de 40 colectivos”, alcanzo a descifrar. “Había una señora que me preguntaba si tenía que decir algo cuando llegara a la plaza”, dice el que primero pidió la silla prestada.

Los de la mesa que está al costado son de otro equipo. Son dos conocidos. Uno bastante mayor que el otro. “No sabés la guita que está poniendo Manzur”, lanza como si nada. “Pero yo no sé bien qué hacer”, se confiesa. Y baja la voz hasta hacerse ininteligible. Intento descifrar cómo sigue esa conversación, pero es imposible. Es que los tertulianos del lado hacen más barullo. Están felices como si hubieran encontrado la razón de vivir. “Yo no lo conozco al tal Beti ese”, suelta uno, refiriéndose al presidente de PRO. “Es el que acordó con (Germán) Alfaro. Qué buena que va a estar esa interna también”, tercia, obviamente, un tercero.

No puedo concentrarme más. Intento leer el voz alta (aunque baja) para no escuchar y proseguir leyendo el diálogo entre Michelle y Barack.

Hago un esfuerzo por concentrarme en las palabras de ella a su marido al escuchar los ambiciosos planes de reforma para la política de su país que Obama le expresa. “Lo que quieres hacer es dificilísimo… la política está llena de gente dispuesta a hacer cualquier cosa por dinero y poder, que no piensa más que en sí misma” dice la que luego terminaría siendo primera dama de EEUU. Remata, pesimista: “…no vas a poder cambiar todo eso”. Y recibe una voluntarista respuesta de Barack: “pero puedo intentarlo… ¿no crees?”

Ahora me desconcentra el silencio. Los del frente se callan por casualidad y los de la mesa del costado siguen especulando qué le conviene hacer al de menos años. “Sabés, yo siempre tengo 40 personas que me responden. Ellos son fieles y ponen el voto que yo diga. Y ahora además hay contratos por todos lados para pagarles. Pero, ¿para dónde te parece que tengo que jugar? No te olvides de que esto no termina ahora”, acota, como si fuera el sociólogo más experimentado de una de las tantas consultoras que han empezado a dar vuelta por la provincia.

Una fuerte risotada vuelve a convertirlos en inaudibles. Recuerdan anécdotas. Repiten “frases célebres” de sus actos. Son expertos. Son verdaderos estrategas. “Averiguá dónde están los retornos, y de ahí sale todo”. Y lo explica más haciendo panegíricos de lo que para ellos es picardía y fuentes de ingresos y a mí me suena a pura corrupción. Y no faltan las apuestas y ahí levantan la voz y hasta aparece el desafío de un asado. Luego bajan la voz y hablan de obras y de certificados. Se ríen de algunos dirigentes gremiales. Hacen más cálculos que no se entienden, pero que los encienden.

El café está totalmente frío. Ha pasado al olvido. Es que soy espectador privilegiado de dos estados de ánimo. La alegría y la pasión envolvente y movilizadora de la política. Algo único, envidiable y cautivante. Y al mismo, en la misma mesa, en el mismo diálogo, la putrefacción del manejo de la cosa pública que se trata de justificar en la necesidad de estar cerca del poder y de hacer cualquier cosa para hacer uso de él, aún abusando de lo público.

Resulta perturbador el disfrute y la alegría que tienen: están motivados. Me dejan pensando: para ellos la política es una oportunidad para ganar dinero. Se acercan las elecciones y el mercado se activa, con importantes beneficios.

Quiero irme, busco al mozo con la mirada, pero antes lo han convocado los vecinos felices. Quieren pagar la cuenta y se pelean entre ellos por hacerlo. Finalmente, gana uno la pulseada. Pero todos dejan propina. Queda una abultada suma para el camarero.

Mientras se levantan y se ponen las camperas para salir a la intemperie, uno le da un consejo a su amigo: “mirá, no sigás dando vueltas en esa zona. Vos sos de Las Talitas, empezá a moverte ahí, es tu lugar”. El aconsejado no está seguro de si le hacen bromas o le dicen la verdad. Por las dudas pregunta: “¿qué habría que hacer?” “No sé, ya vamos viendo. Pero cuando estés instalado, yo me retiro. Vos me das 10 millones y yo te vendo el fondo de comercio de la política”. Todos ríen con la ocurrencia. Hasta me da la sensación de que Obama se sonríe desde la tapa del libro. Se retiran y se reiteran: “dame 10 millones y te vendo el fondo de comercio de la política”. El grado de alegría de estos gerentes del clientelismo es directamente proporcional a la tristeza que me provocan.

Salen todos juntos haciéndose chistes y riendo. “Te entrego remeras y bordeadoras”, escucho que dice el más fortachón de los cuatro, mientras todos festejan.

Miro al costado y los dos confidentes de la política comarcana ya no están. Fin de la historia. Al fin solos, pero no siento que, como dice Serrat cuando la vida nos invita a tomar café: Toma nuestro paso / Y saca un conejo de la vieja chistera / Y uno es feliz como un niño / Cuando sale de la escuela.

Mejor tomar el último sorbo de café, frío y amargo, pagar e irse.

Como el Guernica de Picasso, que relata el horror de la guerra en su peor faceta, el genocidio de la población civil, siento que acabo de observar un impactante fresco de la realpolitik tucumana, con su carga de clientelismo y corrupción, con su rostro desprovisto de humanidad valiéndose de la necesidad y el sufrimiento de los sectores más sufridos de la sociedad.

Lo que está en juego

La carrera electoral ha vuelto. Es mucho lo que está en juego. Para el gobierno nacional, una victoria es imprescindible para completar su período, con la armonía indispensable que daría la legitimidad de un triunfo en los comicios de medio término. Para la oposición de Juntos por el Cambio, un resultado al menos decoroso le posibilitaría alentar sus expectativas de volver al poder, favorecidas por el efecto coincidente de pandemia y crisis económica y escándalos en Olivos.

En la provincia también se juegan los destinos y ambiciones de varios. Manzur se negó a hacer concesión alguna al jaldismo, deseoso de liquidar este año las aspiraciones de su vice a continuarlo en la poltrona de Lucas Córdoba. Si logra un triunfo claro en las PASO sobre la lista de Jaldo, habrá dado un paso decisivo en ese sentido, aunque dejará un rival malherido y sediento de venganza manejando un arma que puede hacer mucho daño: la Legislatura. Si, por el contrario, no consuma el objetivo de aplastar a su adversario interno, sus próximos dos años serán de mucha debilidad. En ambos casos, Manzur deberá extremar su astucia para terminar su gobierno sin sofocones.

En Juntos por el Cambio, el intendente Germán Alfaro, por ejemplo, está apostando todo su capital, ya que si resultara derrotado en las PASO, sus aspiraciones de pelear la gobernación en 2023 y retener el control del municipio se verían seriamente afectadas. En cambio, si las gana se habrá constituido en el real interlocutor del poder pejotista, en un novedoso nucleamiento provincial que puede llegar a aglutinar sectores muy diversos.

Fuerza Republicana sueña con ser la tercera fuerza y árbitro de la contienda entre el gobierno y la oposición, objetivo que recibe la simpatía del Gobierno. José Vitar pretende instalar una nueva opción, poco sencillo en un electorado poco progresista. Federico Masso, en tanto, quiere mostrar que tiene su propio caudal y será un interlocutor obligado en el futuro. La izquierda perseverará en su esfuerzo por crecer sin grandes cambios.

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