“No quise caer en la crónica de color ni en una cruzada moral contra el infanticidio” - LA GACETA Tucumán

“No quise caer en la crónica de color ni en una cruzada moral contra el infanticidio”

En 2016 publicó Black out, novela considerada como uno de los diez libros que marcaron ese año según The New York Times. En El petiso orejudo, su nuevo libro, se mete con la historia de Cayetano Santos Godino.

18 Jul 2021

Tras una internación provisoria en el Hospicio de las Mercedes, y un paso por la Penitenciaría Nacional, el último traslado de Cayetano Santos Godino fue la denominada “Cárcel del Fin del Mundo”, en Ushuaia, donde falleció en 1944, a los 50 años. Algunos atribuyen su muerte a una úlcera y otras voces, a una hemorragia sufrida después de una golpiza propinada por otros reclusos, quienes lo acusaron de haber asesinado perversamente a unos gatitos que tenían como mascotas.

-Pobreza, inmigración, miseria, marginalidad, “desviados sociales”, ¿Qué esconde la historia y la vida de Santos Godino?

–Traté de que no escondiera nada. Escribí desmontando el mito con una investigación que me llevó años y, al mismo tiempo lo sostuve a través de una biografía popular.

- La versión 2021 de El petiso orejudo es la tercera de un relato que nació como una suerte de crónica periodística policial. Sabemos que la primera versión se extravió. Esa pérdida, ¿te permitió que las construcciones posteriores fueran mejores?

- “Mejores” es una palabra que no me atrevo a usar. La primera versión era, por un lado muy experimental en su lenguaje, muy marcada por Celestino antes del alba, de Reinaldo Arenas, y El frasquito, de Luis Gusmán. Una lengua rota, baja, llena de anacronismos. Por otro lado era una versión mimética con el legajo policial. No lo llamaría nunca en ninguna de las versiones “crónica periodística”, género que asocio a una intervención en la realidad a través de otra forma de justicia. En la del 95, que salió también en Página/12, reabro el caso. En la última, me disparo a la ficción manteniendo la rigurosidad de los documentos y vuelvo a lo experimental con lo que llamo “ópera trash”.

- El relato deviene en novela e incorpora una voz: la de ese poeta que no es “maldito” sino “macabro” con las diferencias que se dan entre ambos adjetivos. Lo “maldito”, asociado a lo perverso y a las malas costumbres, podría vincularse desde el discurso hegemónico a la figura de Santos Godino, pero este poeta es “macabro”, y en lo macabro, encontramos la participación en la fealdad de la muerte. ¿Qué te permitió ir intercalando esta voz a lo largo del relato?

- Los tangos canción cantados por Agustín Magaldi, “Misericordia” de Benito Pérez Galdós y “Los santos inocentes” de Miguel Delibes. Es un homenaje esperpéntico a Osvaldo Lamborghini y Elías Castelnuovo, como escribí en el prólogo. Esa voz macabra es una de mis voces cuando bromeo oralmente y necesité ponerla en algún lado con libertad. “Brumas hay, cerrazón y dolor” dice una letra y es una frase perfecta.

- El relato, que sirve también de retrato de época, nos arroja de alguna manera en la cara la delincuencia asociada a la pobreza. A partir de la reconstrucción, ¿la condena que recibió fue la correcta?, ¿es posible proyectar otro castigo si Santos Godino hubiese pertenecido a una clase acomodada?

- El verbo hubiera no existe. Era inimputable pero ese diagnóstico no pudo imponerse por todas las razones que el libro cuenta. Pero lo que yo quería era hacer un personaje que no fuera ni siquiera un antihéroe. Un descuartizado por los discursos médico políticos, no un “Mate Cosido” o un “Pibe Cabeza”; alguien que jamás despertaría simpatía pero sigue viviendo entre los mitos de la ciudad.

- El libro no toma partido sino que ofrece un relato que carga la subjetividad de Santos Godino, y que le permite al lector al unir todas las piezas ofrecidas, incluso las voces de criminalistas y psiquiátricos, ensayar su propia respuesta alrededor de “El Oreja”.

- Siempre lo pensé así pero no me atreví a poner toda la carne en el horno hasta la última versión. Es un libro rante y foucaultiano al mismo tiempo. No quise caer en la crónica de color ni en una cruzada moral contra el infanticidio.

- El “poeta macabro” se permite mencionar a Last Reason, periodista que a principios del siglo XX hizo de las crónicas costumbristas un género pero quien también buscó incorporar las voces que “la corrección” buscaba silenciar y acallar. Entiendo que recuperar esa voz en la construcción del libro no es inocente. Casi que es una delimitación del lugar en el que uno se para para contar…

- El modelo para el poeta fue Last Reason, que me cautivó con Cartas a la rea. Es genial una de sus crónicas donde cuenta en lunfa como desafió a una carrera de caballos a Rabindranath Tagore, los dos montados en una silla, y que se publicó en el momento en que Tagore era invitado de Victoria Ocampo. Reason fingió que Tagore había venido a Argentina para conocerlo a él, que era cronista de turf, bah de burros.

- ¿Qué permite la investigación periodística puesta al servicio de la ficción?

- Despegar de lo meramente fáctico para generar otras sentencias de las oficiales, no reflejar meramente los actos sino incidir en ellos. Ahora voy a por el presente si me deja la pandemia, recordando que no hay verdad sin metáfora y siendo fiel a las premisas de Pedro Lemebel: que se denuncie la violencia ejercida sobre los refundidos de la tierra mientras se goza de la lengua.

PERFIL

María Moreno es escritora, periodista y crítica. Inició su carrera periodística en el diario La Opinión, fundó la revista Alfonsina y fue secretaria de redacción de Tiempo Argentino. Es autora de El affair Skeffington, Teoría de la noche y El fin del sexo y otras mentiras, entre otros títulos. Con Black out ganó el Premio de la Crítica de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires y fue seleccionado como uno de los diez libros que marcaron 2016 según The New York Times. En 2018 publicó Oración; en 2019, Loquibambia y en 2020, Contramarcha. Es directora del Museo del Libro y de la Lengua.

El rapto*

Por María Moreno

El Oreja dobla por Progreso y espía el forcejeo de los niños arremolinados en la puerta de un conventillo. No sabe que para incursionar con dignidad por el mundo del delito hay que empezar por comprarse un ambo.

Del hábito de hacer changas en los corralones conserva el gusto por la alpargata engomada y la gorra jockey; del de robar relojes a los pobres que trabajan en obras de construcción, la simpatía por el piolín de plomada que usa para todo servicio. El pantalón abolsado, a lo esquenún, apenas alcanza a cubrirle las piernas de maceta donde las várices delatan a un contraventor de la Ley de Vagos.

No sabe leer ni escribir pero podría contar de memoria todos los baldíos tapiados, los almacenes que tienen despacho de bebidas y los fondines con menú fijo situados entre Once y Parque Patricios. Cualquier pesquisa de instinto podría deducir que, por lo menos un par de veces, ha sido bautizado «el infrascripto», conocido el trato de un auxiliar cabrero y obligado a recibir, poniendo el dedo en forma de gancho, un cigarrillo entre dos barrotes. Es que lleva la cabeza gacha y camina pegado a la pared como si quisiera ser el Hombre Invisible y, a pesar del calor, anda con chaleco, como si supiera que puede pasar la noche fuera de su casa. El identikit también daría como resultado que es cliente del Barrio de las Ranas y del Bajo Belgrano, donde suele concurrir a comprar mercadería robada para ofrecerla luego en bandeja y a precios módicos por las calles del propio barrio.

* Fragmento de El petiso orejudo (Tusquets).

© LA GACETA

Por Flavio Mogetta

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