¿De qué hablamos cuando decimos “techo de cristal”? - LA GACETA Tucumán

¿De qué hablamos cuando decimos “techo de cristal”?

Gracias a la película “Radioactive”, que Netflix estrenó en abril, mucha gente habla y pregunta sobre Marie Curie. ¿Quién fue? ¿Qué representa? ¿Qué pasa hoy con las mujeres en la ciencia?

11 Jul 2021 Por Claudia Nicolini
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“RADIOACTIVE”. Rosamund Pike como Marie Curie, en el filme basado en la novela gráfica de Lauren Redniss.

No sólo describió la radiactividad y explicó cómo funciona (y con ello abrió las puertas a nuevas fuentes de energía eléctrica, o a procesos de diagnóstico y tratamiento de enfermedades). Fue la primera mujer que ganó un premio Nobel y la única que ganó dos. También fue la primera mujer que estuvo a cargo de una cátedra en la Universidad de París. Y no todo fue ciencia: tuvo dos hijas (una de las cuales también recibió un Nobel), enviudó y siguió adelante, y durante la I Guerra Mundial se jugó la vida en el frente de batalla para asistir a los soldados franceses (Ver “Llevó los Rayos X...”)

Marya Sklodowski había nacido el 7 de noviembre de 1867 en Varsovia, Polonia. A los 15 años había terminado su secundaria, pero estaba prohibido que las mujeres fueran a la universidad y su familia no podía costear a dos hijas estudios afuera, así que su hermana mayor hizo Medicina en París mientras Marya trabajaba como institutriz para ayudar económicamente a su casa; en su tiempo libre estudiaba matemáticas y física por su cuenta. Su hermana le devolvió el favor, y en 1891 Marya se inscribió en la Sorbona: así empieza oficialmente la carrera científica de quien el mundo conoce como Marie Curie.

En abril, cuando Netflix estrenó la película “Radioactive”, Marie volvió al candelero, y además hay mucho escrito sobre ella. Las miradas varían, pero lo cierto es que para convertirse en el ícono que es hoy debió batallar mucho y renunciar, también, a mucho.

“Es de destacar que se haya animado a hacer ciencia cuando las mujeres prácticamente ‘no existían’: no se les permitía progresar, ni pensar en crecer y obtener mejores resultados que los varones”, resalta Florencia Fagalde, profesora titular de Química Inorgánica II en la Facultad de Química, Bioquímica y Farmacia de la UNT y flamante directora del Instituto de Química del Noroeste (Conicet-UNT).

“Marie es ejemplo de la excepcionalidad en la ciencia, y sobre todo, en el universo de la mujer en la ciencia. Es bueno, pero también no, pues puede reforzar el mensaje ‘si sos lo suficientemente buena, vas a trascender, no importa que seas mujer’, que sigue siendo actual”, resalta Virginia Albarracín, bióloga y doctora en bioquímica, investigadora y directora del CIME (Centro Integral de Microscopía Electrónica, Conicet/UNT). “Hubo miles de mujeres excepcionales (y por lo tanto, no tan excepcionales), pero sin el justo conjunto de oportunidades o de fortuna que tuvo Marie Curie”, añade.

La ciencia era un mundo de hombres, y en muchos sentidos, 130 años después de que Marie logró inscribirse en la Sorbona, lo sigue siendo. Según datos de 2020 publicado por el Conicet, las mujeres investigadoras son mayoría en los primeros escalones, pero eso se invierte a medida que intentan subir en la carrera: en la categoría más baja, de asistente, son el 61%: en la intermedia, independiente, el 49%, y en la más alta, sólo el 25%.

“En muchos casos, es como si las mujeres fuéramos las obreras, las hormiguitas buscando datos, pero los varones recogen los frutos”, ejemplifica Albarracín.

El techo

¿Qué “justifica” esta situación más de un siglo después?

Los especialistas usan la expresión “techo de cristal”, que acuñó hace ya 43 años Marilyn Loden, en ese momento, experta profesional en Recursos Humanos en el área telecomunicaciones. “Dije por primera vez la frase en una mesa redonda sobre las aspiraciones de las mujeres, cuando advertí que se enfocaban en sus deficiencias, en términos de socialización, comportamiento autocrítico y pobre imagen de sí mismas”, contó en una entrevista con la BBC hace un par de años. “Parecían incapaces de ascender más allá de los primeros peldaños, y me costó callar y escucharlas; argumenté que ese ‘techo invisible de cristal’ era cultural y no personal; y era lo que más obstruía sus aspiraciones y sus oportunidades”, añadió.

Barrera invisible

En la regla, es cierto, caben las excepciones; de alguna manera, todas las participantes de esta nota lograron atravesar el “techo de cristal”, y pueden dar testimonio. “Nunca sentí discriminación, ni tuve que demostrar mis conocimientos por el hecho de ser mujer. Quizá tenga que ver con que entre el 70% y el 80% de la población de la facultad era -y sigue siendo- de mujeres. Pero me inclino más a decir que fue por las características del grupo en el cual comencé a trabajar bajo la dirección de Néstor Katz, pionero en el área de la Química Inorgánica”, reflexiona Fagalde.

“La verdad, cuando empecé como becaria no tenía conciencia de género; no estaba atenta a eso. Pero sí, las personas con más poder de decisión siempre eran varones, y mientras hacía el doctorado recibí muchos comentarios como ‘bueno, hay muchas mujeres aquí; hay que traer más varones para que no haya tanto lío’; era frecuente que se apelara a ese mito de los ‘problemas que se generan con tantas brujas juntas’ -cuenta Albarracín-. Los comentarios no venían sólo de varones, pero insisto, no era consciente de las diferencias”. Hace una pausa y agrega: “cuando comencé a viajar (ganó varias becas para formarse en el extranjero; la última la tiene en Alemania en estos días), vi que ofrecían actividades para fomentar la participación de las mujeres en la ciencia; y empecé a darme cuenta de que había algo sobre lo que había que darse cuenta...”.

Sucede que los elementos que constituyen el “techo” suelen ser difíciles de detectar.

“Para entender los problemas de la mujer en la ciencia se debe considerar que la investigación científica requiere dedicación exclusiva: nos acostamos pensando un problema no resuelto y probablemente en el desayuno seguiremos tratando de resolverlo”, destaca Silvia Pérez, doctora en Física por la Universidad de Córdoba, exdirectora del Laboratorio de Física del Sólido de la UNT y profesora titular (ya jubilada) en la Facultad de Ciencias Exactas de la UNT.

“Y aunque yo no puedo decir que en mis primeros años haya sufrido prejuicios de género, es real que pocas mujeres pueden completar con éxito los años de experiencia que se requieren para iniciar una carrera de investigador; y en esto Argentina no es diferente del resto del mundo: menos del 30% de los científicos son mujeres”, agrega.

Señala además que una de las grandes dificultades es la movilidad entre centros de investigación para hacer un posdoctorado en el exterior, algo que otorga un puntaje casi definitivo a la hora e las evaluaciones para el ingreso a carrera.

“Es un problema que tenemos la mayoría de las mujeres durante toda la carrera -añade-; pero es crítico en los años de formación, cuando las estadías son más largas, y las investigadoras que lo pueden hacer son muy pocas”.

Y hay otro elemento que Dora Barrancos, socióloga, historiadora e investigadora del Conicet, llama la homogamia: “los científicos suelen formar pareja con otro científico. Y en parejas heterosexuales se priorizan, a favor del varón, el proceso de formación y la movilidad. Las mujeres suelen posponer su carrera para acompañarlos; así ellos tienen mayores prerrogativas”.

Las diferencias de género, entonces, no son cuestión de mérito, sino de lo que Albarracín describía como “el justo conjunto de oportunidades” de Marie Curie”.

¿A qué se debe? La causa de un problema complejo nunca es una sola, pero con frecuencia la barrera radica en su doble papel de mujeres y de madres (o de cuidadoras, aunque no se trate de niños). Marie logró con esfuerzo traspasar el techo, pero ¿cuántas quedan en el camino?

“Cuando volví de la primera beca y nació mi hijo se me hizo palpable lo que no notaba al principio: es muy difícil compatibilizar las dos partes de tu vida y mantener tu nivel”, advierte Albarracín y cuenta que la situación le abrió los ojos: “empecé a hablar con compañeras; algunas tenían conciencia de género y me ayudaban a entender qué me pasaba; otras insistían en ‘si vos podes, querés’... Y no es cierto: el mérito per se no es suficiente sin un sistema de apoyo”.

“Al mismo tiempo veía que en congresos que habitualmente tenían en sus paneles exclusivamente hombres, empezaban a incorporar mujeres, y hasta a dar becas para que las madres pudieran ir con sus hijos... Algunas cosas empiezan a cambiar”, agrega, feliz porque lo vive: la beca actual le facilitó poder viajar sin tener que dejar a su hijo y tener ayuda para cuidarlo allá.

Lo que se va logrando

“También en Argentina las cosas están cambiando -resalta Albarracín-. Por un lado, el problema es cada vez más visible y hay más personas con conciencia de que existe, aunque sigue siendo clave educar en ese sentido. Además, se están generando políticas y programas por parte del Estado (en los Ministerios, en el Conicet, en las universidades...)”.

Tanto Albarracín como Pérez destacan lo que ya se logró, como la licencia por maternidad en las becarias, o la eliminación del límite de edad para ingresar a la carrera de investigador.

“Algunas comisiones de ingreso en el Conicet otorgan igual puntaje a los posdoc nacionales que a los internacionales, y en algunos centros educativos, como los de Bariloche, acortaron las carreras”, informa Pérez.

“Pero hay mucho aún a nivel de los papeles, y mucho por hacer. El impacto de las medidas tarda, pero irá llegando”, agrega Albarracín, que además de hacer ciencia se dedica a militar por la inclusión real de las mujeres en ella... Pero eso ya quedará para otra historia.

Llevó los rayos X al frente  de batalla

Eran claves para evitar amputar miembros a los soldados

Marie Curie sabía que para salvar heridos en el frente de batalla el tiempo de reacción era crítico, y que los Rayos X eran clave para tomar decisiones médicas. Se le ocurrió entonces (y también le pusieron “peros” por ser mujer) trasladar máquinas portátiles en vehículos. No sólo aprendió a manejar para hacerlo, sino que, como las máquinas precisaban electricidad, adaptó un dínamo al motor del vehículo, el cual contaba además con material fotográfico y cuarto oscuro para revelar las placas. El primer camión, que condujo ella (foto) estuvo activo ya en la batalla de Marne (en 1914). Pero fue sólo el principio: con apoyo de amigas acaudaladas llegó a equipar 20 vehículos y a formar, con la ayuda de su hija Irène, 150 mujeres que se encargaron de operar esas unidades móviles, que pronto fueron bautizadas “Petites Curies”. Además, distribuyó otros 200 servicios fijos de radiología en los hospitales de campaña.

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