Eichmann en Las Estancias - LA GACETA Tucumán

Eichmann en Las Estancias

El criminal nazi vivió en la localidad catamarqueña en los años 50: su presencia allí disparó la escritura de la novela Querido Eichmann. Por Marcos Rosenzvaig.

11 Jul 2021
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EL CONTEXTO. Rosenzvaig -foto- da cuenta de que Eichmann sabía que en Europa no tenían retratos suyos.

Escribir una novela es el pretexto de un escritor para pensar en sí mismo. Pero introducirse en la conciencia de un asesino como Eichmann y narrar desde la primera persona, siendo yo judío, confieso que fue un placer abominable. La novela transcurre en Las Estancias, un sitio montañoso en Catamarca al que solo se accede a través de Tucumán. El plan a ejecutar en 1953, a través de la empresa Capri, de capitales alemanes, fue el proyecto hidroeléctrico Potrero El Clavillo. Por ese motivo llegó Adolf Eichmann a esos confines montañosos, y su estadía en ese paraje inspiró la escritura de esta novela llamada Querido Eichmann.

Hace unos diez o doce años dirigí una obra de mi autoría con el Teatro Estable de Tucumán y allí conocí a una actriz llamada Marta Forté, cuyos abuelos habían sido cuasi fundadores de Las Estancias. Un día nos invitó a mi mujer y a mí a pasar un fin de semana. Mientras saboreábamos una deliciosa fondue de queso, me contó que sus padres, enterrados con dos cruces en el jardín de la casa, habían invitado a cenar, en la década del 50, a Adolf Eichmann. Para ellos era un señor de profesión hidrólogo llamado Ricardo Klement, que se mostraba muy correcto y reservado. Vestía como un paisano y llegaba a la casa cabalgando. La madre de Marta decía irónicamente que Klement amaba más al animal que a su mujer. Por lo general, Klement desviaba la conversación cuando el padre de Marta le preguntaba acerca de la guerra. Brindaba datos opuestos a su vida real. Eichmann era meticuloso y obsesivo. No dejaba pistas. Sabía que en Europa no se contaba con fotos suyas. También aprovechaba cualquier situación para hacer gala de su hebreo, e incluso alardear en idish. El rumor de su admiración por el pueblo judío se extendió en la villa, lo que alejaba cualquier suspicacia de sospecha acerca de su identidad nazi.

Las reuniones sociales entre la gente adinerada eran frecuentes en esos años. Y en medio de un paisaje maravilloso como el de Las Estancias, franqueado de una soledad absoluta, entrar en contacto con extranjeros resultaba, para los lugareños, una bocanada de aire fresco. El padre de Marta era más bien un librepensador, admirador de Rousseau y del arte clásico. El matrimonio, según contaba la actriz, estaba sorprendido por la versatilidad en idiomas del jerarca nazi. Durante esas cenas, Klement hablaba con entusiasmo de su creencia firme en los platos voladores. Alucinaba contando avistajes y manifestaba su fe inquebrantable en la existencia de OVNIS. La misma Marta me acompañó al sitio donde Eichmann solía pasar tiempo muerto a la espera de sus arribos secretos. Es sabido que el Tercer Reich construyó varios modelos de platillos voladores en Alemania. Naturalmente, que durante las comidas, en ningún momento se hablaba sobre la guerra. A lo sumo sobre los avances alemanes en el campo de la aeronáutica. Terminada la cena en casa de los Forté, Eichmann saludaba de manera cortés a los anfitriones y los despedía en francés.

Durante aquella visita, Marta me llevó a un sitio donde una familia de gitanos había apostado su carpa. Siendo niña, le maravillaban esas mujeres revestidas de joyas mezcladas con bisutería barata que solían visitar las casas adivinando la suerte. Esa carpa, durante la época de Eichmann, sufrió un incendio, aparentemente intencional. Se supusieron muchas cosas alrededor de aquel accidente que mató a toda una familia. Naturalmente que como novelista yo elijo narrar aquello que me conviene para favorecer mi relato. Por ejemplo, consideré que si había un proyecto de represa debía ser dirigido por un ingeniero. Lo inventé judío y con una familia compuesta por su mujer y una niña de unos doce años, quien desencadenará la trama policial de Querido Eichmann.

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