
En estos últimos días comenzó a develarse el misterio. Las altas cercas de obra que impedían adivinar lo que ocurría en el interior fueron retiradas y los tucumanos pudieron ver cómo había quedado la plaza Independencia, luego de meses y meses de trabajo. Como suele ocurrir en estos casos, no todos quedaron contentos. Algunos señalaron su conformidad con el proyecto que encaró la Municipalidad capitalina, pero otros lo criticaron. Es lógico: hay espacios urbanos que los vecinos perciben como propios y cualquier intervención sobre ellos dispara todo tipo de reacciones. Sin embargo, acá se plantea una paradoja. Esos espacios con los que tan identificados se sienten miles de tucumanos a veces suelen ser los que más agresiones reciben.
Ayer, antes del acto por el Día de la Independencia, Alfredo Toscano, uno de los funcionarios más cercanos al intendente Germán Alfaro, advirtió que el paseo iba a ser vallado nuevamente una vez que terminaran las celebraciones por el aniversario de la independencia ¿El motivo? Proteger el mobiliario urbano de un festejo. Sí, así como suena. El temor de los funcionarios es que, si la Selección Argentina le gana esta noche a Brasil la final de la Copa América, miles de hinchas enfervorizados se congreguen en la plaza para celebrar y destruyan lo que tantos meses tomó remodelar. Es que, a veces, en Tucumán, los momentos de alegría devienen en arrebatos violentos e incontenibles.
Si bien no volvieron a colocar las vallas, ayer por la tarde el perímetro de la plaza fue rodeado con una malla color naranja y la ocuparon policías y agentes de la guardia municipal. Con la fuente y las luces encendidas, el espectáculo resultó triste: cientos de personas sólo pudieron sacar fotos desde las veredas de enfrente y los vehículos la circunvalaron a baja velocidad para que sus ocupantes pudieran observar cada detalle. Pero nadie pudo recorrer sus aceras. Todo indica que esta situación se mantendrá al menos hasta mañana por la mañana, una vez que el partido entre Argentina y Brasil sea historia.
Hacemos referencia a la plaza Independencia no sólo por su reciente remodelación, sino también porque constituye el corazón simbólico de la ciudad. Fue escenario de hechos históricos y de grandes concentraciones. Además, seguramente será el sitio más convocante para celebrar un hasta ahora hipotético triunfo de la Selección. Pero no es el único sitio que ha padecido el impacto de los malos comportamientos. Si nos damos una vuelta por el inmenso y valioso archivo de LA GACETA veremos que las crónicas sobre hechos vandálicos en espacios públicos parecen formar parte de la idiosincrasia tucumana.
Algún extraño y triste motivo nos lleva a dañar aquello que utilizamos, disfrutamos y -se supone- valoramos. Ocurrió cuando se reinaguró la plaza Urquiza (2010), lo mismo pasó con la plaza Belgrano (2012) y con la más reciente plaza de la Fundación (2013). Pero también sucede a diario en la avenida Perón (Yerba Buena); en Horco Molle, en los edificios céntricos o en cualquier pared recién pintada en algún barrio de la ciudad, por nombrar algunos lugares. Da la impresión de que aquello que debería ser motivo de alegría u orgullo (ya sea un paisaje urbano o natural) se convierte en el blanco en el que descargamos nuestros enojos, frustraciones y resentimientos en forma de basura, pintadas o roturas. Cabe aclarar que la mayoría de los tucumanos son respetuosos con la ciudad y el entorno. Pero el conjunto de vándalos es lo suficientemente grande como para encender las alarmas.
Estas líneas no buscan encontrar una respuesta a este preocupante comportamiento social. Para ello haría falta el análisis de sociólogos, psicólogos e historiadores. Pero sí intentan constituirse en un llamado de atención para todos. Si el azar deportivo y el buen juego favorecen a Lionel Messi y a sus compañeros, es posible que en unas horas los argentinos vivamos momentos de inmensa alegría. Pero es importante mantener los sentidos en alerta: que esa emoción intensa no se transforme en violencia. No nos ensañemos con aquello que es de todos, no hagamos de la destrucción un culto. Aunque suene contradictorio, intentemos que la plaza Independencia no padezca nuestra alegría.







