

Carlos Duguech
c.duguech@gmail.com
La recién nacida Organización de las Naciones Unidas, en los atardeceres de la Segunda Guerra Mundial tomó como una responsabilidad inicial la “cuestión Palestina”. Así pretendía mostrar su capacidad ante la nueva conformación mundial en un asunto no resuelto por la Sociedad de las Naciones, su antecesora, si cabe.
En rigor, leyendo detenidamente la Carta de la ONU, se advierte que su Asamblea General tenía a la mano el Capítulo XI, “Declaración relativa a los estados no autónomos”. Le venía como anillo al dedo por la cuestión palestina. Si había un “estado no autónomo” entonces, era la Palestina sometida a un “Mandato” (el próximo año cumple ¡un siglo! ese mandato). El art. 73 de la Carta de la ONU precisa, contundentemente: “Los miembros de las Naciones Unidas que tengan o asuman la responsabilidad de administrar territorios cuyos pueblos no hayan alcanzado todavía la plenitud del gobierno propio, reconocen el principio de que los intereses de los habitantes de esos territorios están por encima de todo, aceptan como un encargo sagrado (enfatizado a propósito por este columnista) la obligación de promover en todo lo posible, dentro del sistema de paz y seguridad internacionales establecidos por esta Carta, el bienestar de los habitantes de esos territorios…”. En ningún otro lugar de la carta se utilizan palabras de la índole de “sagrado”. He ahí la importancia de esa sección de la Carta.
Sin embargo, muy joven todavía, la organización internacional por excelencia eligió un camino no previsto en su carta fundacional. Sometió la cuestión a una Asamblea General de 57 miembros (por entonces) y se creó una comisión especial (la Unscop) de 11 países para la “cuestión Palestina”, en su famosa Resolución 181 (II) del 29 de noviembre de 1947. Los miembros de la Unscop no vieron que en la Palestina del mandato había árabes (2/3 del total de su población) y judíos (1/3).
Vale transcribir el punto a) del artículo 73 citado: (Los miembros de las Naciones Unidas) “se obligan a asegurar, con el debido respeto a la cultura de los pueblos respectivos, su adelanto político, económico, social y educativo, el justo tratamiento de dichos pueblos y su protección contra todo abuso”. Sabias recomendaciones. Obligaciones. Que no sólo no se cumplieron sino que fueron aplastadas por guerras, atentados, enfrentamientos sangrientos permanentes. La “partera de los siameses” (la ONU) mantiene una obligación (todavía, ¡a casi tres cuartos de siglo!) de gestionar la “cirugía” que separe a los siameses (Israel-Palestina) asegurando la supervivencia de las dos “creaturas”. Desde la proclamación del Estado de Israel, ese país creció y se desarrolló de una manera admirable. Y “Palestina”, ese estado que debía crearse libre, soberano, independiente, es en el mapa horadado por las apropiaciones militares de Israel con sus masivas construcciones que la hace aparecer más como una rebanada de queso gruyere por tantos “agujeros”.
En suma, el fracaso de la ONU y de todos los “acuerdos”. Papel mojado, al decir español. Una ofensa a la Humanidad y un baldón que sólo podrá superarse el mismísimo día que se proclame el nacimiento del Estado palestino y que sea reconocido universalmente. Para ello hace falta que se imite, por ejemplo, el sistema empleado por el gobierno de Colombia y las FARC que negociaron directamente en La Habana durante cuatro años. Le valió el Nobel de la Paz 2016 al ex presidente colombiano Juan Manuel Santos. Un verdadero ejemplo para la Humanidad. Porque hasta ahora todos, sí, todos los intentos para los “dos estados” han sido fallidos. Porque nacen mal y se inscriben en los intereses sectoriales que no son los del pueblo palestino. Y, en reiteradas ocasiones fueron y son la moneda de cambio que sirven a otros asuntos. Quien esto escribe se atreve a pronosticar que, si se continúa con los mismos instrumentos zigzagueantes, habrá conflictos por décadas.
Si continúan los mismos protagonistas que meten su mano en ese caldo del Medio Oriente, habrá enfrentamientos y terrorismo para rato. Similar al terrorismo de los grupos judíos antecesores de la constitución de Israel que pugnaba por liberarse de los británicos. Está en la Historia.







