Estrategia K: hacia dónde puede conducir la victimización extrema

Por Hugo Grimaldi - Periodista y analista político.

04 Julio 2021

Las vacunas no llegan, la gente muere de a miles, la variante Delta acosa a la Argentina y las elecciones están a la vuelta de la esquina. Entonces, el Gobierno ha buscado salir del laberinto que se supo construir cuando eligió a proveedores rusos y chinos de su amistad y piensa en imponer un DNU que obligue a los laboratorios de los Estados Unidos a decir que “sí” o que, si dicen que “no”, paguen el precio por decirlo. Una celada en toda la línea, que tiene que ver con el rechazo que el kirchnerismo hizo hace unas noches en la Cámara de Diputados del proyecto opositor para que una Ley que conforme a los laboratorios defina las compras de vacunas que sirvan para menores de 18 años. Si se avanzaba allí, ¿cómo justificar el Decreto presidencial?

Detrás de toda esta manipulación está el método del “todo vale”, camino que deja de lado principios éticos y convivencias armónicas, algo que no es un invento argentino ya que, en todo el mundo, la política lo suele aceptar con cierta naturalidad. Así, las grietas están a la orden del día en todos lados y también los pactos, las componendas y los cambios de vereda. Sin embargo, la política criolla, que viene adoptando el populismo como forma de relacionamiento entre los dirigentes y la sociedad desde hace un siglo, ha hecho punta en una patología que se ha usado en otros lugares, aunque nunca con el nivel que se observa en la Argentina: la responsabilidad es siempre de los demás.

Primero, fueron los “runners”, después los chicos que se sacaban los barbijos o las “mamis” que charlaban en la puerta de las escuelas porteñas y ahora quienes viajaron el exterior o a vacunarse o a vacacionar. Son todos exponentes de las clases medias que algunos en el Gobierno se especializan en odiar y que son parte de la costumbre de transferirle la culpa a los demás, estrategia que ya se ha adoptado como regla. Y si es a Horacio Rodríguez Larreta, mejor. Ni que decir de la prensa no alineada.

En la política argentina, son pocos los que se han escapado a la tentación del “yo no fui”, pero nunca esa corriente se ha mostrado tan explícita como en la actualidad. Los 14 años anteriores del kirchnerismo fueron un manual perfecto de “lavarse las manos”, algo que el macrismo posterior también utilizó sin querer hacer nunca un diagnóstico sincero de la situación. Justamente, la técnica de trasladar a los otros las responsabilidades propias se ha reflotado ahora con mucha furia y los planes para usarla de modo constante son otra enfermedad dentro de la enfermedad.

La victimización está más que estudiada en las personas, pero hay que concluir que los mismos rasgos que se observan a diario en el gobierno nacional no dejan lugar a dudas del problema que se vive cómo sociedad, cuando quienes deben guiarla tienen esos trastornos. Así, quienes busca primerear en la comunicación quitándose el sayo de la responsabilidad de los 100 mil fallecidos o de la falta de vacunas (o para buscar votos o para quedar bien), lo único que hacen es acomodar la realidad a su gusto y conveniencia, simular agresiones, poner el “odio” en los demás, vivir de lamentos siempre buscando la compasión ajena o poner fuera de si todos los males del mundo para que no lo alcancen las culpas. En esa mentalidad, por supuesto que la autocrítica es siempre cero.

Si a este diagnóstico que cualquier sicólogo social puede hacer del trastorno que hoy expone crudamente el kirchnerismo se le agregan cuestiones ideológicas que nublan la razón, se observan cuestiones que lo llevan a tener siempre una visión pesimista de la realidad y conductas de emperramiento extremo en caminos que siempre han conducido a los mismos resultados, algo que se observa todos los días en las maniobras que se hacen para hacerse de cajas siempre esgrimiendo una excusa. Los profesionales opinan que toda esta patología de “ponerse en víctima” está cimentada en comportamientos paranoides que llevan al rencor y a la agresión a partir de la intolerancia que los lleva sistemáticamente a acusar a los otros y a acusarlos de “enemigos”. De allí, a vulnerar los derechos de los demás hay un solo paso y la historia está de testigo.

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