
El inicio de la campaña electoral muestra, al menos en nuestra provincia, ausencia de educación e instrucción. La primera, relacionada con el respeto; la segunda, con el conocimiento de las normas de la verbalización y la escritura, sobre todo de números. Escuchar por radio o televisión o leer periódicos y revistas invita a preguntarnos: ¿cuál es el idioma oficial? Pues se mezclan el inglés y el español y en los últimos tiempos esta situación se acrecienta generando desorientación en niños, adolescentes y jóvenes. Hasta en los documentos oficiales se observa esta paupérrima combinación. Uno de los decretos de necesidad urgencia, DNU, escribe: “take away” y “delivery”, para referirse al pedido o para llevar alimentos a fin de que el usuario permanezca en su domicilio durante la pandemia, o no ingrese a los restaurantes. Al año que transcurre lo llaman “20, 21”, en lugar de pronunciar “dos mil 21” como se enseña en la escuela y, al anterior, “20, 20”, para referirse al dos mil 20. Es probable que quienes hablan de esta manera quieran demostrar que saben inglés, pues en ese idioma así se pronuncia. Hay un establecimiento central en donde con números se lee 1812 y el otra parte del mismo lugar, con letras “mil ocho doce“ (1008, 12). Hay un sinnúmero de estos ejemplos que se repiten en los medios escritos y orales. Hay esperanza de que estos crasos errores se corrijan en la escuela, empero con la reticencia de algunos docentes de evitar la presencialiad, esta alternativa se desvanece, dado que la virtualidad no se presta para la corrección. Algunas décadas atrás, padres y maestros insistían en hogares y aulas no pintar las paredes que dan a las calles ni mucho menos las veredas, pues eran un signo de ignorancia e irrespetuosidad. Quienes lo hacían recibían una “llamada de atención“, incluso castigo o reprimendas, tanto de los maestros como de los padres. Ahora muchas casas o muros del centro de la ciudad, aparte de los empapelados, se leen nombres de políticos que desean ser elegidos, o renombrado un personaje ya fallecido. Lo propio se observa en puentes, veredas, muros limítrofes y otros espacios callejeros. Es de suponer que esta anomia aumentará en colorido y volumen. No obstante, se gastan miles de millones de pesos en gigantografías callejeras, intentando a traer voluntades tanto para la provincia como para la ciudad, amén de millonarios espacios radiales, televisados, con dinero que son del pueblo y no precisamente del peculio de quienes son favorecidos con esa publicidad; en tanto calles y servicios continúan descuidados. Hay un aforismo muy antiguo que dice “haz bien y no mires a quién“, que bien cae a las autoridades que anhelan la reelección; pues no se dan cuenta de que la mejor publicidad y más barata son las inversiones que se hacen con el dinero del pueblo para realizar obras que las favorezcan, sin recurrir a las conocidas artimañas económicas.
Fernando Sotomayor
Juan B. Alberdi 139
San Miguel de Tucumán







