Nadar desnudos bajo la Luna - LA GACETA Tucumán

Nadar desnudos bajo la Luna

19 Jun 2021 Por Federico Türpe
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Existe numerosa evidencia de que el mejor alumno de la clase en general no es ni será el más creativo. El que mejor “hace los deberes” está siendo educado precisamente para hacer lo que se le dice, no para inventar caminos alternativos, ideas nuevas, generar pensamientos disruptivos, ni para desafiar el orden establecido.

Es fácil proyectar el futuro del mejor alumno de la clase: será buen esposo, buen padre, buen empleado, pero jamás hará un gol con la mano, aunque esto le signifique ganar un mundial.

La inteligencia creativa nunca es obediente, no puede serlo.

Lo mismo ocurre con “el empleado del mes”, ese que siempre es el primero en llegar y el último en irse, que acata todas las órdenes al pie de la letra, sin cuestionar nada. ¡Todo jefe quiere tener un subordinado así! Una especie de robotito que haga todo lo que se le diga y que lo haga a la perfección.

Bueno, lamentamos pinchar el globo, pero ese empleado perfecto rara vez generará un cambio, una innovación, no propondrá ideas diferentes ni mejoras para su empresa o repartición, porque justamente es una persona entrenada para seguir los lineamientos que le han sido dados, no para debatirlos, desafiarlos ni contradecirlos.

Las organizaciones tienen reglas y políticas diseñadas para promover la estabilidad, la previsibilidad, la eficiencia y la productividad, y tendemos a ver a las personas que no acatan estas reglas como problemáticas.

Sin embargo, varios estudios científicos han concluido que la rebeldía es fundamental para impulsar la creatividad.

Un creativo es eso, un rebelde, un niño al que cuando le pidieron que dibuje un árbol no hizo un árbol perfecto, como haría el mejor alumno de la clase, sino que hizo un garabato único, extraordinario, jamás antes imaginado. Un dibujo que el docente formal, del montón, por no decir mediocre, le pondría “desaprobado”, aunque llevara la firma de un niño llamado Pablo Picasso.

Uno de esos estudios científicos fue realizado por el psiquiatra de la Universidad de Harvard, Albert Rothenberg, quien investigó durante cinco décadas a personas que habían hecho contribuciones innovadoras a la ciencia, la literatura y las artes.

El trabajo de Rothemberg, metódico, estructurado y documentado, incluyó entrevistas a 22 premios Nobel.

El psiquiatra descubrió que todos ellos estaban fuertemente impulsados a crear algo nuevo, antes que a saber más y más de lo que ya se sabía, de lo que ya se había descubierto.

Todos ellos estaban más cerca de lo que se considera un temperamento rebelde y no encajaban en lo que se encuadra como una personalidad conformista.

La creatividad, según Rothemberg, es justamente lo contrario a seguir ciegamente la sabiduría establecida.

Rompiendo las reglas

Un equipo dirigido por Paraskevas Petrou, titular de la cátedra de Ciencias Sociales y del Comportamiento, de la Universidad Erasmus de Rotterdam, encuestó a 156 empleados de distintas industrias de los Países Bajos.

El objetivo fue investigar en profundidad “los beneficios de la rebeldía”, midiéndola a través de un cuestionario en donde los participantes debían calificar cuánto estaban de acuerdo con declaraciones como: 1) Rompo las reglas; 2) Sé cómo eludir las reglas; 3) Uso malas palabras; 4) Me resisto a la autoridad.

También indagaron, en base a otros cuestionarios capciosos, qué tanto habían sido creativos en sus organizaciones durante la última semana.

En coincidencia con las conclusiones de Rothenberg, los más infractores eran a su vez los más creativos.

Petrou explicó que para que la rebeldía tuviera un efecto positivo, ésta debía estar enfocada en que su objetivo personal también fuera colectivo y que sean a su vez personas con gran tolerancia al fracaso. Es decir, todo lo opuesto al “mejor alumno de la clase” o al “empleado del mes”, que no se permiten fracasar

“El cerebro de una persona creativa está realmente enfocado en lo positivo que puede lograr”, explica Petrou.

Son los que la ciencia del comportamiento llama “rebeldes con causa” o “desviados constructivos” y deben estar correctamente motivados porque es gente que se preocupa por el contexto en el que viven, por su organización, porque sienten malestar psicológico cuando ven que su entorno necesita mejorar.

Por el contrario, “el empleado del mes” siente que todo en su empresa es inmejorable, lo mismo que el mejor alumno de la clase que busca dibujar el árbol perfecto.

“Desafortunadamente, puede ser difícil mantener una cultura corporativa que permita que los rebeldes prosperen. La historia y la cultura conspiran para que las cosas se sigan haciendo de la misma forma que “siempre” se han hecho. Las personas juzgan las innovaciones propuestas en función de si están de acuerdo con el paradigma establecido, en lugar de su capacidad para crear nuevos paradigmas”, analizó en una entrevista a la BBC de Londres, David Robson, autor de The Intelligence Trap: Revolutionize Your Thinking and Make Wiser Decisions (La trampa de la inteligencia: revoluciona tu pensamiento y toma decisiones más sabias).

En algunas entrevistas laborales se les suele preguntar a los postulantes “¿qué mejorarías en esta empresa si te contratáramos?” Y no pocos entrevistados, con la intención de quedar bien ante sus futuros jefes, responden “nada, todo aquí es perfecto”.

Y la conclusión es obvia: si no hay nada que cambiar, entonces ¿para qué te necesitamos?

Cantando bajo la ducha

Muchas veces hemos escuchado, o a nosotros mismos nos ha pasado, que las mejores ideas se nos ocurren cuando estamos en la ducha.

Puede parecer un mito o una anécdota graciosa, pero no lo es y la ciencia se ha ocupado de este suceso.

Según el psicólogo John Kounios, director del programa de Ciencias Cognitivas y del Cerebro de la Universidad Drexel, en Estados Unidos, existen dos factores que explican este fenómeno.

La primera razón es lo que se llama “restricción sensorial”. En la ducha estamos expuestos a pocos estímulos externos, como que nuestros sentidos se apagan un poco.

“La visión es limitada por el caer del agua o porque cerramos los ojos; no podemos escuchar bien porque el ruido de la ducha bloquea otros sonidos; tampoco está muy despierto el sentido del tacto, porque el agua usualmente está a una temperatura similar a la del cuerpo, así que no se nota mucho la frontera entre el interior y el exterior”, describe Kounios.

“Lo que ocurre en ese momento es que los sentidos, en vez de estar enfocados hacia el exterior, están enfocados hacia el interior, la atención está dirigida hacia adentro”, agrega.

Se ha demostrado que justo antes de que se nos ocurra una idea o tengamos una revelación, el córtex visual, una zona en la parte trasera del cerebro que se encarga de procesar los estímulos que entran por los ojos, se apaga ligeramente.

Es decir, la ducha nos aísla de los estímulos externos y de las distracciones, y contribuye a concentrarnos en nuestros pensamientos.

El segundo factor, según Kounios, es que la ducha es un lugar placentero, de relax, donde en general estamos de buen ánimo.

El psicólogo cuenta que varios estudios han mostrado que estar de buen humor estimula la creatividad.

“Cuando estás relajando y con buena onda te permites pensar de manera ambiciosa o incluso tener ideas un poco locas”, dice.

Por el contrario, si estás ansioso o bajo amenaza el pensamiento se puede volver más limitado y no te permites cometer errores.

“Esto hace que pienses de manera deliberadamente metódica y muy conservadora”, agrega Kounios.

Un tercer factor, que no se incluye en este estudio, es que en la ducha estamos desnudos.

Si bien la desnudez nos torna muy vulnerables, en los contextos adecuados funciona como un principio liberador, como ocurre en el sexo, en la ducha o como cuando nadamos desnudos en el mar, en un río o en una piscina.

La desnudez nos hace débiles, pero en ámbitos protegidos o donde nos sentimos seguros, nos hace inmensamente libres.

Y sin libertad no hay creatividad. O visto al revés, la creatividad nace de la libertad.

Además, nadar desnudos, donde sea que lo hagamos, ya en sí un acto de rebeldía, de algún modo.

En conclusión, ahora sabemos dónde y cómo explotar nuestras riquezas creativas o enseñar a hacerlo a los otros: hay que ser rebeldes frente al status quo, estar con buen humor y relajados, sin distracciones y concentrados en nuestras propias ideas, y nadar desnudos indómitamente, mejor aún si es bajo la luz de la Luna, para que nuestro córtex se apague ligeramente.

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