A la espera del hombre que dice no

UNA MIRADA DE ESPERANZA. En los inicios de la pandemia se pensó que se era testigo del nacimiento de un nuevo ser humano, el homo bueno. UNA MIRADA DE ESPERANZA. En los inicios de la pandemia se pensó que se era testigo del nacimiento de un nuevo ser humano, el homo bueno.
01 Junio 2021

Walter Gallardo

Madrid, España

En los inicios de la pandemia y durante el confinamiento, una corriente candorosa de opinión sostenía que estábamos siendo testigos y a la vez protagonistas del nacimiento de un nuevo ser humano, en una suerte de reacción darwiniana ante el desafío de enfrentarnos a un enemigo invisible y ciego que mata en silencio, ajeno a los privilegios, y que es particularmente cruel con aquellos cuyas fuerzas ni siquiera alcanzan para la rebeldía. Este nuevo ser humano iba a despojarse de la antigua piel para desarrollar una más sensible; tendría un corazón ecuánime y compasivo, una mente abierta y generosa, y, para completar la evolución, una mirada fraternal hacia sus semejantes. Nacía, en síntesis, el homo bueno.

Por supuesto, ni las noticias falsas se animan a estas alturas a defender esas ensoñaciones salidas del planeta Heidi. El mundo de hace sólo doce meses o un poco más, se ha esfumado o va camino a hacerlo, y visto en retrospectiva resulta algo naif y hasta cierto punto incómodo: las noches de aplausos (¿de solidaridad, de angustia o de espanto?) parecen no haber sido reales, al menos no se corresponden con la convivencia áspera, cargada de frustraciones, que observamos hoy en las calles.

Los mensajes “motivadores” con un optimismo pueril de secta religiosa, aquellos que circulaban por miles en las redes sociales, hieren el pudor al recordarlos; da rabia, incluso vergüenza, desempolvar el análisis de la pandemia desde el punto de vista de los charlatanes “mediáticos”, los que van con un diván a todas partes o los que siempre tienen información sobre lo que se les pregunte, desde cómo usar unos guantes de látex hasta los detalles sobre la procedencia del pangolín o la sopa de murciélagos. Y ofende una vez más a la inteligencia arrastrar hasta el presente el discurso súbitamente tierno, cómo no, de aquellos políticos que viven de la promesa fácil y de la memoria renqueante, que veían -y ven- en la desgracia de otros una oportunidad inmejorable de formar parte de algo viral, metafórica o literalmente.

La realidad, sin embargo, es obstinada y convive con la mayoría de las personas contradiciendo relatos oficiales o propagandas de mundos paralelos: mientras avanzamos hacia el ecuador del año 2021, las cifras nos dicen que llevamos contando (es cierto que en algunos países o regiones nadie lleva un registro o se lleva uno tramposo) más de tres millones y medio de muertos a causa de la peste y 170 millones de contagios.

Que como consecuencia de esta calamidad se han derrumbado incontables empresas, perdido cientos de miles de empleos, y arrumbado sueños legítimos; que mucha gente que antes caminaba entre algo y la nada, actualmente depende, en ocasiones como rehenes, del milagro de un subsidio para malvivir o está hundida en el desamparo, en el limbo de los condenados a esperar eternamente.

Como contraste, y como ya venía ocurriendo con la distribución escandalosa de la riqueza, el desequilibrio creció entre los pocos que ganan cifras astronómicas, incluso cuando duermen y cuando la enfermedad arrincona y mata, y los que siguen perdiendo como si fuera algo inevitable o un estilo de vida.

¿Algo ha cambiado? Casi todo y casi nada. Nada ha quedado al margen de la pandemia, no obstante, todo sigue percibiéndose con un sentimiento visceral de injusticia. Cuesta encontrar héroes, quizás porque la tarea silenciosa es inherente a su condición, pero faltan las horas para hablar de los villanos: ruidosos, engreídos y deshonestos.

Entre los primeros se encuentran ciudadanos comunes haciendo pequeñas grandes cosas desde la honradez y la dignidad (un enfermero, un cajero de supermercado, un camionero que distribuye alimentos); entre los segundos están aquellos que todos conocen por sus nombres, los mismos que no soportan la palabra “escrúpulos” porque les suena a complejo de perdedores y fracasados; los que ven dinero en la desdicha o una oportunidad para avanzar sobre los derechos y los recursos de la población.

Pero quizás uno de los peores males de los tiempos que vivimos, identificados los problemas y los culpables y sus seguidores o socios, es la dificultad para creer en algo o en alguien. Hasta la palabra ilusión, aplicada a una sociedad, tienta a que se le ponga comillas. No será problema de la lengua, claro está, sino de la desesperanza. “El hombre rebelde”, la famosa obra de Albert Camus, fue publicada pocos años después del final de Segunda Guerra Mundial, cuando grandes regiones del globo sufrían hambre y la pérdida reciente de seres queridos y bienes materiales, en una magnitud que sólo nuestra especie, y no tanto un fenómeno natural, puede provocar.

En ella, el escritor dice lo que podría haber dicho esta misma semana o hace un mes con una simple mirada alrededor: “Si no se cree en nada, si nada tiene sentido y si no podemos afirmar ningún valor, todo es posible y nada tiene importancia. Sin pros ni contras, el asesino no tiene culpa ni razón. Se pueden atizar los hornos crematorios del mismo modo que cabe dedicarse a cuidar leprosos. Maldad y virtud son azar o capricho”.

Y un poco más adelante, agrega: “No siendo nada verdadero ni falso, bueno o malo, la regla consistirá en mostrarse el más eficaz, o sea, el más fuerte. El mundo ya no se dividirá entonces en justos e injustos, sino en amos y esclavos. Así, hágase lo que se haga, en el corazón de la negación y del nihilismo, el crimen tiene su lugar privilegiado”. ¿Y qué vendría a ser ese hombre rebelde al que alude y convoca Camus? Sencillamente, “el hombre que dice no”, un no que también es un sí, una reafirmación de sus convicciones y honor; el hombre al que este siglo aún sigue esperando.

Sería razonable empezar a comprender que el mal momento actual no es un pequeño e insignificante tropiezo histórico sino una etapa aciaga, dominada por la muerte como algo absoluto y masivo; del mismo modo, haríamos bien en no acostumbrarnos a que esa muerte suceda como algo banal, en evitar considerarla como un contratiempo más con el que convivir.

Faltan muchas personas que, de no ser por la peste, la irresponsabilidad o la inacción, estarían entre nosotros. Las grandes cifras, de alguna manera, hacen perder de vista el dolor individual. Quien ha sufrido una pérdida sabe que la muerte se lleva una parte de quien se queda. Como si de una mutilación se tratara. Bien podría haberlo contado Olga Kouperman, a cuya historia me acerqué una tarde de invierno en el Museo Judío de Bruselas y a la que me aferro ahora como ejemplo. Había vivido en la ciudad con su marido Paul Bernheim y su hija, Jacqueline, hasta la invasión de las tropas nazis. Huyó a Cahors, Francia, para estar a resguardo, pero un día de mayo de 1944, cuando la guerra se acercaba a su fin, la Gestapo la detuvo junto a toda su familia. Una denuncia anónima, una puñalada en la oscuridad.

Recorrerían varios destinos tenebrosos hasta llegar a Auschwitz. De aquel infierno sólo ella sobreviviría, aunque esta es una forma precaria de decirlo. Ningún detalle de su caso se sabría, o sólo lo sabrían estudiosos y clasificadores de material del Holocausto, si aquella mujer, mucho tiempo después, por motivos que se ignoran, no hubiera decidido deshacerse de la bicicleta de Jacqueline para convertirla en un testimonio público de su infortunio. La entregó al museo y allí está envuelta en papel color madera, en una sala a propósito semidesnuda para resaltar la tristeza de aquel objeto solitario. Pude tocarla con mis manos, acariciar el manubrio e imaginar a la niña de casi seis años (todavía no había visto la fotografía que luego descubrí en Internet, pero eso era una carencia que me llevaba a inventar un rostro, unos ojos grandes y una risa festiva) pedaleando, disfrutando del aire que le envolvía la cara y le desordenaba el pelo. ¿Cómo iba a saber ella que su vida, ajena a todos los odios, acabaría tan pronto, apenas comenzada?

También imaginé a su madre, un día cualquiera guardando aquella bicicleta en algún cuarto de su casa y, antes de cerrar la puerta, observarla por un rato, atormentándose durante décadas con la imagen feliz de su hija perpetuamente niña. El director del museo, a mi lado en el recorrido, me contó que Olga Kouperman no volvió a casarse ni a tener hijos y falleció en mayo de 1993, a los 87 años.

En mi búsqueda en un archivo del Kazerne Dossin de Malinas descubrí que quienes la conocieron daban fe de que vivió atravesada por una pena cada día más injusta, tan injusta como son las penas que no tienen explicación ni consuelo.

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