Los opositores se han pintado la cara, se reivindican como tales pero, vaya paradoja, algunos temen que los acusen de ser funcionales al oficialismo, o más precisamente a Manzur. Están bajo sospecha, se desconfían. Son muchos, se reúnen, saben que juntos pueden convertirse en un adversario electoral de temer; pero los intereses y las ambiciones políticas individuales los dividen; y hasta los enfrentan. Si hasta llegaron al ultimátum. O se juntan o se fragmentan, no parece haber una tercera vía. Además, cualquiera de estas alternativas viene con un problema adicional para los contrincantes del oficialismo, un verdadero desafío para todos: ¿quién será “el” opositor o quiénes “la” oposición? Es decir, ¿quién o quiénes lograrán ser los favoritos de la ciudadanía para expresar su disconformidad con el Gobierno? El éxito inicial de un opositor en un proceso comicial es polarizar con el oficialismo, convertirse en el vehículo de la ciudadanía que no simpatiza por mil razones con la gestión gubernamental para canalizar su descontento, el elegido entre muchos para expresar un mensaje de rechazo en las urnas; en este caso sería contra el peronismo.
¿Lo conseguirá el grupo Campero-Sánchez-Bussi?, ¿o la sociedad Cano-Elías de Pérez-Argañaraz?, ¿o el intendente Alfaro?, ¿o CREO?, ¿o el PRO? Preguntarlo así tiene sentido si cada uno sale por su cuenta, en un todos contra todos. En tamaña fragmentación no harán falta los dedos acusatorios, todos serían funcionales al oficialismo, por más grieta que afecte al PJ. Es una obviedad recalcarlo, pero cuantas más opciones opositoras en el cuarto oscuro, más sonreirá el Frente de Todos. Por lo que el mejor negocio político-electoral es claro: juntarse. Y no parece ser ese el destino final que conlleva el planteo de Bussi al emplazar a los radicales hasta fin de mes para que decidan si lo aceptan en Juntos por el Cambio, o si le cierran las puertas. O se juntan sin él, o se dividen por él.
Si prevalece lo último por decisión de los pocos dirigentes de la UCR que parecen tener la exclusividad o la representatividad de un partido intervenido -y por ende desmovilizado-, el resultado será inevitablemente la diáspora electoral de los correligionarios, tanto de dirigentes como de militantes. Eso significa heridos, descontentos que buscarán un espacio que los interprete, disconformes con el manejo político no partidario. A los heridos siempre los recogen los observadores de conflictos ajenos en tiempos electorales. Si se repasa la lista, son varios los que pueden andar con carretillas socorriendo a último momento a esos heridos para darles contención, e incluso hasta lugares en las listas de candidatos: CREO, PRO y el PJS fundamentalmente.
En ese marco debe entenderse la jugada de Alfaro de no involucrarse en la mesa de Juntos por el Cambio: para no ser arrastrado por la disputa interna de los intendentes de Yerba Buena y Concepción contra la sociedad Cano-Elías de Pérez a causa de la presencia del presidente de FR.
En las últimas semanas hubo varios encuentros de opositores, algunas con fotos, otras sin imágenes, encaminadas a mostrar que existe voluntad de conformar un polo opositor que se fortalezca y le compita al oficialismo: las que mantuvieron los cuatro intendentes opositores y las de los referentes de Juntos por el Cambio. A ninguna asistió Bussi, no fue invitado, pese a los intentos de Campero y de Sánchez para que sea parte del cuadro. El presidente de FR quiere verse en enmarcado, pero por ahora no lo dejan; debe sentir que juegan con él, por eso dio plazo hasta fin de mes para que resuelvan si lo dejarán participar de una gran sociedad opositora, o no.
Avisó que saldrá con su propia lista si no lo admiten, lo que en los hechos significará una mayor oferta opositora. Si bien ninguno quiere ser funcional al Gobierno, o que lo tachen de traicionar la causa opositora para desbancar al PJ del poder; semejante diáspora sería festejada como un gol propio en la sede del PE. Porque todos les resultarían funcionales, de manera consciente o no. Porque las sospechas y las acusaciones tras bambalinas existen, los señalamientos se hacen, algunos en forma pública, mientras que otros de manera reservada aluden a deshonestidades difíciles de comprobar.
Esa posible dispersión del voto opositor conlleva un desafío extra para cada uno de los dirigentes de esta vereda: representar mejor el descontento social, imponiéndose por sobre el resto de los opositores para canalizar el malestar ciudadano: ser el elegido en las PASO del 12 de septiembre y ratificado en las generales del 14 de noviembre. Él o su candidato, o candidata. Porque aquel que se eleve por sobre el resto habrá dado un paso significativo para quedarse con el cetro opositor, un lugar hoy vacante. También es una especie de Juego de Tronos en el espacio opositor, al que Manzur sigue atento, poniendo fichas y alcanzando piedras.
Los comicios ofrecen la oportunidad de potenciar a dirigentes como de relegarlos, es un riesgo que algunos lo asumen en soledad y que otros evaden mimetizándose en un frente para no quedar expuestos cuando se revele su caudal electoral. Lo que sí, todos en el espectro opositor saben que estas elecciones intermedias son un trampolín para disputar con mejor fortuna el poder en el 2023. El primer peldaño se da este año, allí se escala o se tropieza. Por lo que no sólo se trata de aunar voluntades en una papeleta sino también de imponer objetivos políticos propios por sobre los del resto, candidaturas que le llaman.
Ahí entrarán a terciar las estructuras, los recursos y los trabajos territoriales; y la habilidad de los negociadores según sus cartas. Luego las urnas ordenarán el escenario político y a sus actores. Campero, vaya por caso, apuesta a que las primarias sean ese ordenador de la oposición, donde compitan todos y el resultado ubique a cada protagonista en su lugar real. Pero esa democratización interna no funciona en la práctica, porque los que pierden no suelen garantizar que vayan a trabajar por los primeros; por eso el consenso o las listas únicas sirven para sortear ese incómodo inconveniente.
Sin embargo, ¿cómo satisfacer a tantos cuando la oposición, de antemano, sólo aspira a conseguir tres bancas?: un senador por la minoría y dos diputados. Alfaro propone a su esposa, la diputada nacional Beatriz Ávila, para senadora, Cano aspira a ese mismo lugar, la tríada Campero-Sánchez-Bussi no se queda atrás; Elías de Pérez es propuesta para diputada, Alfaro puede ofrecer una diputación a eventuales socios -los heridos-, dicen que Bussi quiere a Nadima Pecci allí, CREO y el PRO aspiran a que uno de los suyos también llegue al Congreso. Muchos apellidos en danza y sólo tres bancas para pelear. Mucha negociación en puerta, y ciertamente hay tiempo para pactos o desacuerdos. Veamos: Bussi apuró las definiciones al emplazar hasta el 31 de mayo a los radicales para salir por cuenta propia si lo rechazan; sin embargo, con el aplazamiento de las fechas de votación a causa de la pandemia, los opositores tendrían ahora hasta el 12 de julio para solicitar el reconocimiento de alianzas. Lo que legalmente debe suceder 60 días antes de las PASO. O sea, tienen siete semanas más de posibles conciliábulos.
Y luego tendrían 10 días más para presentar las listas de precandidatos, lo que debe suceder 50 días antes de las primarias, según el calendario electoral. Apresurarse no parece ser lo más conveniente, máxime cuando un muestreo reciente de la consultora Meraki, de Alexandra Morales, señala que más del 32% de los encuestados no han definido su voto, que cerca del 29% de los tucumanos ya ha decidido votar a un candidato del oficialismo provincial y que un 25% al de la oposición provincial. Porcentualmente están ahí nomás, como para pensar seriamente qué hacer. Pero la oposición tiene un inconveniente adicional en este proceso electoral como se dijo: debe resolver quién liderará el espacio, no sólo para la votación que se aproxima, sino para que los guíe y los represente en los próximos dos años.
Para dirimir esa lucha en la oposición hoy sobran los caciques, mientras que en el oficialismo sólo hay dos, y están peleados entre ellos. Para ambos espacios, el opositor y el oficialista, julio será crucial en términos de cómo llegarán a las primarias. El 12 de julio será el plazo final para que los opositores puedan llegar a un acuerdo que derive en la presentación de un frente electoral para competir en las PASO; tres días antes, el 9 de julio, puede resultar trascendental para el PJ: ser el día de la foto de Manzur y de Jaldo juntos. Una señal que se potenciará si la fragmentación es la que finalmente distingue a la oposición. En este punto, una pregunta surge obligada si es que la fractura de la oposición finalmente es funcional a los intereses de Manzur: ¿el gobernador necesitará la foto con el vicegobernador en la fecha patria para enviar un mensaje de unidad por lo menos en lo electoral? Si la oposición sale a jugar unida, tal vez sí. Todo está por verse, y conversarse.








