Fabián Casas: “no tengo nada material: cuando yo desaparezca, desaparecerá todo” - LA GACETA Tucumán

Fabián Casas: “no tengo nada material: cuando yo desaparezca, desaparecerá todo”

La publicación de Papel para envolver verdura, el nuevo libro de Fabián Casas, sirve como excusa para charlar con él, ejercicio siempre interesante. Tanto como esas 217 nuevas páginas de pequeños relatos.

02 May 2021
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Entre las últimas novedades editoriales del año pandémico está Papel para envolver verdura (Emecé), de Fabián Casas. Son 217 páginas de reflexiones que el escritor publicó en los últimos años en el diario Perfil. A esas reflexiones le suma otras que le surgen durante la siguiente entrevista con LA GACETA Literaria a través de una conversación telefónica, como las de antes. Porque a Casas no le convence la idea de hablar por camaritas web, algo que se volvió masivo el año pasado. Y hablar por teléfono, a instancias de un entrevistado, puede convertirse en algo ameno. Porque lleva a no mirar sino sólo a escuchar. Sobre todo cuando se habla con Fabián Casas, alguien que tiene cosas muy interesantes para decir.

- ¿Qué tipo de libro es Papel para envolver verdura?

- La idea era hacer una novela, pero como no la terminé hablé con la gente de la editorial para publicar un libro basado en mis columnas de los últimos tres o cuatro años. Seleccioné las que me parecían las mejores para un libro. Se armó como una constelación.

- ¿Te metiste en el mundo de las redes sociales? Vi que tenés cuenta en Instagram.

- No es mía. Es una cuenta que abrió una amiga que tiene una marca de ropa. Subió una foto y le escribió un montón de gente y me dijo que arme una página. Pero yo no tengo tengo redes sociales. No podría sostener una red social. Ella es una genia que se encarga de eso, pero yo no hago nada. No sé ni cómo subir una nota. Tampoco miro redes sociales. Lo único que tengo es un Hotmail desde el 98.

- ¿No te gustan las redes sociales?

- No tengo nada en contra, pero no estoy en ese mundo. Mi primer teléfono celular lo tuve a los 45 años. Ahora tengo 55. Me resistía a usar celular, pero cuando la mamá de mis nenes quedó embarazada empecé a usarlo. Después me lo robaron y me compré otro. Cuando fui a elegir el modelo, pedí el más barato y el vendedor me dijo “éste tiene fama de ser tan malo que se prende fuego”. Bueno, le dije, dame el que se prende fuego. En esos temas estoy como en la previa.

- ¿Cómo llevás la pandemia?

- Me cuesta ver mediatizada a la gente con la que quiero hablar. Así que tampoco uso videocámaras. Por el Covid, sólo salía para ver a las personas que quería ver. No está bueno hacer lío con ese tema. Tengo sólo dos grupos de WhatsApp: uno con mis hermanos y otro con amigos que viven afuera. Los primeros cuatro meses de la pandemia los pasé cuidando a mi papá (falleció el año pasado). Me mudé a una casa más grande y entonces compartí más tiempo con mis hijos (Julián, de 6 años, y Ana, de 10), que estaban en la cuarentena con la madre. Alquilé una casa más grande, así ellos tienen su lugar. Pagué dos años por adelantado. Invertí en mis hijos. Ellos ahora tienen un cuarto propio. Mis hijos son la cuestión central de mi vida. Quiero compartir todo lo que pueda con ellos. Quiero generar dinero para estar con ellos. Pero no sé hacer dinero. No les voy a dejar nada más que los libros. No tengo nada. Tengo laburos en el término de que daba talleres. Sigo escribiendo guiones. Mucho no me preocupa eso. Me preocupa tener lo indispensable para que mis chicos estén bien.

- ¿Te ocupa mucho el tema de la plata?

- No. Si mañana no tengo dónde vivir me iré a vivir adentro del auto. Nunca me preocupó hacer dinero. Cuando viajé a Europa fue porque me invitó Viggo Mortensen (actor e hincha de San Lorenzo, como Casas) o porque me invitaron. La ropa que tengo me la regalan mis amigos. Disfruto de los amigos que tengo, que son personas que me ayudan mucho. Me gusta charlar con ellos sobre algún disco. Algunos me invitan a sus casas. La verdad es que no tengo nada. Cuando desaparezca yo, desaparece todo.

- ¿Extrañás hacer periodismo?

- No. Tal vez porque nunca fui un periodista de esos de raza. Lo que me pasa con respecto al periodismo es que casi no lo consumo. Salvo cosas esporádicas. Leo bastante The Guardian, que me parece independiente. Me interesan los medios que de alguna manera son independientes. Ahora escribo columnas para Diarioar, un proyecto independiente, que no está mediado por grupos de interés. No miro televisión de aire. Sólo miro si hay una serie o si mis hijos piden ver una película.

- ¿Retomaste la novela que estabas escribiendo?

- Ahora escribo poesía y esa novela, ambientada en un desierto en una época imprecisa. Tengo ganas de publicar en alguna editorial independiente. Durante la pandemia también trabajé en una obra de teatro. Y tengo un librito del año pasado. Tal vez escriba un poco más.

- ¿Escribís en computadora?

- No. En cuadernos. Ahora uso unas hojas grandes, de esas que solía haber en los años 80. Las encontré en la casa de mi papá, cuando hicimos la limpieza después de su muerte.

- En “El primer hombre”, uno de los textos de Papel para envolver verdura, escribís sobre una fiesta: “Todo el mundo bailaba y yo sentía en la garganta algo que me la oprimía. No lo sabía aún, pero era la angustia. El anuncio de que todo eso que estaba pasando, que era tan genial y divertido iba a ser hecho papilla por la máquina del tiempo”. Se nota melancolía en ese texto.

- Me cuesta disfrutar de las cosas en el momento. Es algo que tengo desde chiquito. Hago un trabajo espiritual intenso y físico con ese tema. Por eso hago karate. Tengo que trabajar para tener un buen estado. Bajar al ego. Lo que te hace poner mal es el ego. Hay que aceptar las cosas que pasan. En ese sentido, el karate es muy concreto. Es simplemente hacer ejercicios, estar ocupando el cuerpo en ese momento. Es como una meditación. Te olvidás de todo. La falta de karate fue una de las cosas que más afectaron en la cuarentena.

- Solés hablar de las trampas del capitalismo.

- Porque me afecta que haya gente, y desde antes de la pandemia, que no tiene ni para comer. Cada vez hay más problemas porque hay un sistema muy injusto, que es el capitalismo. El verdadero virus es el capitalismo, que es demoledor. Incluso ahora, con las vacunas para el Covid… hay como un shopping de las vacunas. Algunos van a quedar afuera.

- ¿La lectura te ayuda a sobrellevar momentos?

- Sí. Y la literatura más potente está en las editoriales independientes. Porque de alguna manera son las que se juegan en apostar por lugares nuevos, no formateados. Tengo la suerte de que mucha gente me manda sus libros y así descubro nuevos escritores. Me encanta eso; me estimula. Me inspira.

- ¿Qué sentiste ante la noticia de la muerte de Maradona?

- Me produjo tristeza en general porque convivió toda su vida con nosotros, conmigo: su vida fue como una especie de señalador. Me entristeció un poco la forma en que murió, preguntándose si la gente se acordaría de él. Fue una persona con una vida muy intensa y murió solo. En realidad, todos estamos solos.

PERFIL

Fabián Casas nació en Buenos Aires en 1965. Publicó, entre otros libros, Los Lemmings y otros (relatos), Ocio (novela), Horla City y otros. Toda la poesía, 1990-2010, La supremacía Tolstoi (ensayos) y Titanes del coco (novela). Fue guionista del film Jauja, dirigido por Lisandro Alonso y protagonizado por Viggo Mortensen, que se presentó en el Festival de Cannes. En 2007 obtuvo en Alemania el premio Anna Seghers y en 2011 fue elegido por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara como uno de los autores que garantizan el relevo de los grandes escritores latinoamericanos del siglo XX.

Cosas extrañas*
Por Fabián Casas

Pero nosotros teníamos a Eduardito Pezzano. Corte taza, cachetes colorados. Una tarde le dijo al profesor de Historia que el Che Guevara era jesuita. Todos, incluyendo al profesor, nos quedamos duros. ¿Qué quería decir? Vivía en el barrio Cafferata, en Parque Chacabuco, en una casa hermosa de las muchas que hay en esa zona. Tenía una hermana menor y un padre gordo. No recuerdo si tenía mamá. Cuando terminamos el secundario lo seguí viendo. Yo había estado saliendo con una compañera de Filosofía y la chica me había pedido un tiempo “para pensarlo”. Se fue a pensarlo con su novio anterior, a Mendoza. Ahí se separó y volvió a la Capital. Yo había quedado enganchado pero no quería llamarla, por orgullo. Le conté esto a Eduardito mientras tomábamos un trago en el Tío Fritz de Flores. “¿Cuánto pensás que vas a vivir?”, me dijo. “No sé”, le dije. “¿Creés que vivimos mucho tiempo?”, me dijo. “No”, le dije. “Entonces tenés que ir a verla hoy”, me dijo. “No puedo”, le dije. “No tenés que ir físicamente”, me dijo. Otra vez no entendía nada. Continuó: “Tenés que ir de forma astral”. Esa fue la primera vez que escuché esa palabra. Continuó: “Esta noche te encerrás en tu pieza, con un vaso de agua para tomar y que te dé energía para el viaje. ¿Conocés la casa, sabés cómo llegar caminando? Bueno, salís mentalmente y recorrés cada una de las calles hasta llegar a la puerta de su casa, la abrís, subís las escaleras hasta llegar a la puerta de su pieza, la abrís, está ella durmiendo, te acostás a su lado, sin hacer ruido. Y te dormís oliendo su hermoso olor. Listo”. Un genio. Hice eso. Paso por paso. Cuando ella despertó fue mi novia dos años. Lo que Eduardito Pezzano me enseñó es una cosa de todos los días para los brujos de Sonora que visitó Carlos Castaneda. Jorge Luis Borges le dedicó a esta práctica un ensayo fundamental: El arte narrativo y la magia. La vida, sin ficción, es un infierno.

* Incluido en Papel para envolver verdura.

Por Alejandro Duchini
Para LA GACETA - BUENOS AIRES

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