“No me siento una gran estrella, soy yo misma”

Junto a Billie Holiday y Ella Fitzgerald fue una de las tres grandes cantantes del jazz. De una infancia feliz al miedo a que la lastimen.

Roberto Espinosa
Por Roberto Espinosa 20 Abril 2021

Cada vez que la tristeza o la alegría lo acorralan, Asbury abandona la carpintería, abraza la guitarra y comienza a despeinar unos blues. Para Ada es más fácil, porque mientras lava la ropa de los vecinos, puebla la primavera con las plegarias de su canto, al que también hace resucitar los domingos en la iglesia Mount Zion Baptist. Newark queda en Nueva Jersey. Ese domingo 27 de marzo de 1924, el carpintero y la lavandera se besan con algarabía porque su changuita acaba de nacer.

“Tuve una infancia muy feliz. Fui hija única. No teníamos plata, pero siempre estábamos muy contentos. Como mi mamá, comencé cantando y tocando el órgano en la iglesia… Ella estaba un poco decepcionada de mí, quería que yo continuara en la escuela y me convirtiera en maestra o directora de coro o algo respetable. Mientras tocaba el piano en la banda de la escuela, aprendí a desarmar la música, analizar las notas y volver a armarlas. Al hacer esto, aprendí a cantar de manera diferente a todos los demás cantantes… A los 18 años mis amigos me alentaron para que me presentara en el concurso de cantantes que el Teatro Apollo organizaba en Harlem. El premio consistía en U$S 10 y pensé que por ese dinero valía la pena intentarlo. Además allí habían surgido Ella Fitzgerald y Billy Eckstine”, recuerda. Debuta como telonera de Ella.

Earl Hines, pianista, siente que la calidez de esa voz le abofetea con dulzura el corazón. La contrata. En la banda conoce a Charlie Parker y a Dizzy Gillespie. Billy Eckstine y John Kirby no tardan en llevársela. Éxito, discos, millonarias ventas, la bendición de Marian Anderson y también el sobrenombre de “Sassy”. “Me bautizaron así en la orquesta de Eckstine. Nunca supe bien por qué; tal vez habrá sido por mi manera de cantar que sube y baja yendo de lo más alto a lo más bajo. No podría decir que haya influido en mí algún cantante, en mi estilo influyeron los músicos como Parker (él fue fundamental para mi música) o Gillespie. No me interesaría cantar si no existiera el desafío de competir con otros intérpretes”, comenta.

No puede estar sola

La mano del trompetista George Treadwell, su representante, la lleva a sus primeros contratos solistas. También al altar, el 16 de septiembre de 1946. Al año siguiente, los elogios la acarician: obtiene el premio New Star Award de la revista Esquire, así como los de las publicaciones Down y Metronome.

1949. Hay lugar para la lavandera y el carpintero en la casa de tres pisos que han adquirido en Newark. La exitosa relación profesional va eclipsando a la marital. El divorcio llega en 1958. No puede estar sola. ¡Un amante, por favor! “Acá estoy”, dice Clyde Atkins. Se casan un año después. Se instalan en Nueva Jersey. Deseo de ser madre. Adoptan a Deborah Lois. Él es también su representante, pero su personalidad violenta destruye la pareja. Divorcio en 1963.

“Cuando canto, los problemas pueden sentarse justo sobre mi hombro y ni siquiera me doy cuenta. La letra es importante para mí. A la mayoría de las letras estándar las conozco bien. Y tan pronto como escucho un arreglo, se me ocurren ideas, algo así como tocar una bocina. Supongo que nunca canto una melodía de la misma manera dos veces”, explica.

1977. Graba para Atlantic un disco con canciones de Los Beatles, que finalmente ve la luz en 1981. El contrato con el influyente Norman Granz, dueño del sello Pablo Records, la empuja hacia la cima. Con músicos brasileños graba en Río de Janeiro “I Love Brazil!” y se gana una postulación al Grammy.

1980. Obtiene el premio Emmy por su interpretación de Gershwin con la Sinfónica de Nueva Jersey.

1982. Con el director y pianista Michael Tilson Thomas y la Filarmónica de Los Ángeles graba “Gershwin Live!” y se lleva a casa un Grammy por “la mejor interpretación vocal de jazz femenino”.

1985. Se hace acreedora a una estrella en el paseo de la fama de Hollywood. Tres años después se gana un lugar en el salón de la fama del jazz americano.

El tabaco ensombrece su color contralto. Dicen que cuando pasea por sus graves el revoque de las paredes tiembla con las vibraciones. Intenta ser simple. Evita las complicaciones: “no hago declaraciones políticas, no me gusta hablar de mi país fuera de él. Está mal hablar de los problemas familiares fuera de la casa de uno... Quiero a todo el mundo, no tengo miedo de nada si exceptuamos a los seres humanos... Bueno, estoy hablando en broma, francamente quiero a todo el mundo”.

Demasiado sensible

Buenos Aires la ovaciona en cuatro ocasiones. En 1972, los tucumanos se pierden su canto. “El día que me muera quisiera que su voz me esté esperando”, dice Frank Sinatra sin sospechar que su deseo se cumplirá. Los aplausos la persiguen a donde va, pero ella no deja escapar a la humilde muchacha de Newark. “Aparte de cantar, me gusta coser, pasear por el campo, vivir, jugar al golf y bailar, bailar hasta agotarme. No me siento una gran estrella. Simplemente soy yo misma… supongo que soy demasiado sensible, pero tengo tanto miedo de que me lastimen… me han lastimado mucho”, dice.

1990. “La Divina” es operada de cáncer. Martes 3 de abril. “Solo subo al escenario y canto. No pienso en cómo lo voy a hacer, es demasiado complicado… es una sensación agradable saber que la gente te recordará después de que te hayas ido, que lograrás ser un poco de historia”, piensa. La muerte es un chasquido. Su corazón trastabilla en lo oscuro. Un blues de Asbury se desliza desde una nube acariciándole los ojos. Noche agotada de tristeza. Sarah Vaughan ha partido.

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