“No veo crisis de vocación en estudiantes y médicos, pero sí preocupación y miedo” - LA GACETA Tucumán

“No veo crisis de vocación en estudiantes y médicos, pero sí preocupación y miedo”

La Facultad de Ciencias de la Salud no está dispuesta a entregarle a la sociedad profesionales que no ofrezcan las garantías mínimas, subraya su decano, Mateo Martínez. Y mientras tanto, ¿cómo está actuando la UNT?

11 Abr 2021 Por Guillermo Monti
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Los spots apuntan a la Facultad de Medicina desde el inicio mismo de la pandemia, pero sobre el escenario se mueve la universidad pública en su conjunto y de allí la necesidad de una mirada mucho más abarcadora. ¿Qué rol les toca afrontar en estos tiempos históricos? Mateo Martínez, decano de la Facultad, propone varias respuestas que involucran numerosos frentes. Algunos polémicos. Pero hay un concepto que reitera, como un mensaje puertas adentro y afuera: el de la universidad pública como un faro que guía a la sociedad.

- ¿Qué papel debe desempeñar la universidad pública en una situación como la que vivimos?

- Una crisis de cualquier naturaleza impacta directamente en la Universidad, porque la Universidad se debe a la sociedad, y por eso su rol es central. Ahora bien, hay variedades de crisis. Si estuviéramos viviendo un golpe de Estado todos miraríamos a la Facultad de Derecho, esperando que impulse habeas corpus colectivos, analice la validez de decretos y DNU, y opine sobre lo que está sucediendo. En resumen, para que nos proteja. Al tratarse de una epidemia, buena parte del peso de la responsabilidad social universitaria ha caído en la Facultad de Ciencias de la Salud. Eso lo asumimos como tal.

- ¿De dónde parte ese peso?

- El primer punto en la estrecha relación entre sociedad y Universidad se ve en la formación de recursos humanos calificados. En ese sentido debo decir que la primera línea de batalla en la lucha contra la pandemia está dada por médicos, enfermeros y kinesiólogos que son egresados de la universidad pública. Es una satisfacción y tristeza al mismo tiempo, porque no siempre son tratados como querríamos, tanto por la sociedad como por los poderes públicos.

- ¿Cuál son los aspectos principales en ese rol central que le toca a la Universidad?

- Planteo cuatro aspectos. El primero es la formación de recursos humanos calificados en función de la demanda que la crisis está haciendo, desde la sociedad, a la Universidad. Por eso nuestra Facultad no puede parar, los docentes y no docentes formamos parte de una fábrica de médicos que no se cierra. De hecho trabajamos durante todo el verano y por eso sólo tengo agradecimiento para ellos. Entre diciembre, enero y febrero entraron grupos de estudiantes a hacer sus prácticas.

- ¿Y después de eso?

- Otro campo es el apoyo a la investigación. La Universidad tiene grandes institutos, muy calificados y con científicos de primer nivel, pero no es lo mismo alguien que esté hoy haciendo investigaciones en el Insugeo –sin un cataclismo geológico inminente- que quien está investigando ciencias biológicas. En ese terreno hemos apoyado fuertemente al Immca (Instituto de Investigación en Medicina Molecular y Celular Aplicada). Después, si hablamos de extensión la Universidad hizo algunos aportes. Hemos prestado nuestra Escuela de Kinesiología y el Siprosa sigue usándola desde hace un año, ocupada por camas. Por eso estamos sin Escuela de Kinesiología, viendo dónde y cómo damos las clases. También se prestó el predio de Horco Molle, en su momento también La Usina. Además, por iniciativa nuestra se ofrecieron equipos de vacunadores, integrados por alumnos del último año de Medicina, Enfermería, Kinesiología y Bioquímica, para que la Provincia no distraiga sus recursos humanos en una tarea relativamente sencilla.

- ¿No hay algo más, aparte de estas cuestiones netamente prácticas?

- Sí, la cuestión del deber ser. Ahí parece la Universidad como un faro que guía a la sociedad. Y si la sociedad no funciona bien uno tiene que plantearse, como universitario, qué no estamos haciendo. La misión es la palabra, la guía, el decirle a la sociedad permanentemente cuál creemos que es el camino adecuado en general, y en esta crisis en particular. Eso excede a la investigación y a la extensión, pero es docencia también.

- ¿Y eso está funcionando?

- A veces la Universidad se vuelve endogámica, reproduce sus propias prácticas, atiende sus propios problemas y necesidades, que no son pocas. El desfinanciamiento de la universidad pública no es un tema menor. Pero nunca debemos olvidar que es la sociedad la que sostiene a la Universidad. Por ejemplo, la extensión no es una dádiva; es una responsabilidad moral, una devolución de todo lo que la sociedad hace por la vida universitaria. Y ahí creo que podríamos hacer mucho más.

- A más de un año de la declaración de la pandemia, ¿cuál es su análisis de la situación?

- Lo que estamos viviendo no es un problema de salud, es un problema de seguridad sanitaria. Un terremoto, una guerra civil, un derrame químico masivo, un accidente como el de Chernobyl o una epidemia producen lo mismo: se pierde la salud y la gente puede morirse, se rompe la cadena productiva y se cercenan libertades personales porque el Estado se ve obligado a establecer restricciones. Las causas son distintas, pero el efecto es el mismo: la pérdida de seguridad sanitaria. Una epidemia de dengue sí es un problema de salud pública, donde entran médicos, descacharradores y fumigadores para atacar el problema. Esto es otra cosa, que involucra y exige la intervención de todos los sectores del Estado y de la sociedad. El Estado -con la Universidad pública como parte de él- es el eje de la lucha contra la pandemia, pero sin el concurso del sector privado y de la comunidad organizada no hay forma de frenar esto.

- ¿Cómo se procede ante la pérdida de la seguridad sanitaria?

- En el momento en que la curva va ascendiendo no queda otra cosa que garantizar seguridad física (retenes policiales, toque de queda), seguridad biológica (respiradores, insumos) y seguridad alimentaria (IFE, reparto de comida). Un ejemplo: nuestra Facultad lanzó una diplomatura en Terapia Intensiva gratuita –los posgrados no son gratis en la Argentina- y partimos con más de 1.000 inscriptos de todo el país. Es decir que la estructura del Estado trata de garantizar todo esto.

- Pero, ¿qué pasa con la economía y con la educación?

- Rebrotan cuando la curva empieza a estabilizarse y luego a bajar. Pero en nuestro país no siempre se actuó así. Nosotros hemos opinado fuertemente el año pasado, cuando la curva iba en ascenso, que no era prudente abrir bares, restoranes y gimnasios, al ser lugares de mucho contagio. En esta Semana Santa dos millones de personas se desplazaron por el país y lo que estamos viendo está estrechamente vinculado con eso. En el caso del coronavirus el contagio viaja con las personas. En el campo o en la industria, donde se respetan los lugares en las cadenas de producción, no está el problema. El que sufre es el sector de servicios, sobre todo el comercio y el turismo. En este caso, en el análisis macroeconómico, la Universidad también puede dar respuestas, como sugerir al Gobierno qué se puede hacer.

- ¿Y qué se puede hacer?

- Respondo a título personal: que los sectores que están ganando, como los de la producción primaria o las farmacéuticas que están haciendo fortunas, ayuden a sostener a aquellos que están perdiendo. Porque si nosotros abrimos ciertos sectores -bares, restoranes, casinos, etc-, algo con lo que no estoy de acuerdo, estamos dando lugar a nuevas olas de contagios y a potenciar el cierre de la economía. Es un círculo vicioso. Entonces creo que la Universidad puede intervenir en estos procesos. Cuando se rompe el concepto de seguridad sanitaria, además de médicos y de enfermeros hacen falta economistas que fijen el rumbo.

- Esto entra en tensión con las necesidades de cada sector.

- La gente de la Cámara dice que las restricciones son devastadoras para los bares y que no van a obedecerlas. Me pregunto: ¿y si yo como médico de terapia intensiva, donde ya hemos perdido varios, digo “esto es devastador para mí” y dejo de ir a trabajar? Si cada sector de la sociedad va a hacer planteos duros en función de sus propios intereses y no mira el conjunto esto puede ser caótico.

- ¿Cómo encontró la pandemia a la Facultad de Medicina?

- Como encontró a la sociedad: de sorpresa. Nosotros cerramos la Facultad el 13 de marzo del año pasado, porque veíamos venir el huracán. Después empezamos con las clases virtuales. Hubo un proceso de aprendizaje. Pero mientras tanto la pandemia nos impactó de lleno, porque la sociedad empezó a mirar los sistemas de salud y la fábrica de médicos, y eso genera una tensión interna. Yo estoy obligado a dar una respuesta sin poner en riesgo la salud ni la vida de los trabajadores de la Facultad, médicos y no docentes. Hemos perdido varios profesores titulares por la covid, son cosas que la sociedad a veces no vislumbra. Para nosotros el acto médico es sinónimo de acto docente.

- ¿Y qué hicieron?

- Nos pusimos en campaña. El rector nos pidió que representemos a la Universidad ante el COE y creo que mi palabra ahí es respetada, aunque no siempre se consideran nuestras opiniones. Lo interpreto porque el COE puede tener más información que nosotros o atender aspectos a los que nosotros no les ponemos tanto cuidado. En tanto, durante el primer semestre de 2020 nos adaptamos a una enseñanza totalmente virtual y recién pudimos reincorporar las clases presenciales prácticas durante la primera semana de diciembre.

- ¿Cuál será el impacto de la pandemia en la vida universitaria?

- La Universidad va a perder alumnos y los estudiantes van a perder aprendizajes. Si estudio Arqueología, ¿cómo viajo para hacer las prácticas de campo? También habrá pérdida de graduados, porque la crisis social y económica tiene como consecuencia que el estudiante reoriente su vida hacia otro lado. Y lo más triste es que se está acentuando la brecha de la inequidad. El estudiante con mejor pasar es el que soporta la situación. Piensen en los problemas de conectividad, en la realidad de los pueblos originarios… Sostener nuestro programa en los Valles Calchaquíes es una patriada sin nombre.

- ¿Cuáles son los problemas de fondo?

- Por un lado está el tema de la conectividad. La pandemia desnudó la insuficiencia que hay por falta de inversión del Estado y por el escaso acceso de quienes tienen bajos recursos. Pero además tenemos la cuestión de la bioseguridad, que era algo de lo que no se hablaba hasta hace un año y que debemos garantizar a todos. La atención de estos dos frentes va a remodelar la educación superior.

- ¿Y qué deudas tienen ustedes como Facultad?

- Tenemos un campus virtual que es un lujo, dicho por otras Facultades, pero la gestión informática no es buena, a mí no me gusta. Así que estamos invirtiendo en eso. En cuanto a la seguridad biológica, tuvimos que cerrar las 11 Cátedras que trabajan en la quinta agronómica porque las instalaciones no están en buenas condiciones.

- ¿Cómo analizan el comportamiento de los estudiantes, sobre todo de los que están próximos a recibirse?

- No veo crisis de vocación, no interactué ni con médicos ni con estudiantes que me hayan dicho “¿para qué elegí esto?” Sí veo preocupación y miedo. Yo mismo lo he sentido, tengo 64 años y asma bronquial desde hace 30 o 40. Me hubiera encantado cerrar el boliche y quedarme en mi casa. El estudiante se está planteando cómo van a ser sus futuras condiciones de trabajo, ya que está viendo un escenario muy complejo.

- Y mientras tanto está la obligación de mantener la calidad educativa...

- La Facultad quiere que sus alumnos se gradúen, Argentina pierde 6.000 médicos entre marzo del año pasado y mediados de este, una cohorte entera. Eso va a impactar en el sistema de salud en algún momento. Pero no vamos a graduar por decreto. Ya tenemos la experiencia de un Gobierno que dijo “los alumnos pasan de grado, nadie queda”. ¿Podemos hacer eso y entregarle a la sociedad médicos que no ofrezcan las garantías mínimas para el ejercicio de la profesión? Estamos haciendo lo mejor posible.

- ¿Cómo siente que la sociedad está viendo a los profesionales de la salud?

- La sociedad debería replantearse la representación que tiene sobre la figura del médico. Muchos tienen la imagen de una persona económicamente exitosa y eso no es cierto. Hay un segmento de un 10% a un 15% de profesionales de muy buen pasar porque las prácticas que realizan en los sectores que eligieron les resultan beneficiosas. Del resto muchos no llegan a fin de mes. Hay riesgo biológico, son malos los salarios, las condiciones de trabajo no siempre son las adecuadas, y ahora se nota un reconocimiento social como el de un trabajador medianamente calificado. Esto no es cierto. Quiero reivindicar la figura del terapista, que no tiene un consultorio que atender fuera del hospital. Es un trabajo estresante, prolongado, riesgoso, y con un altísimo nivel de exigencia, al punto de que no hay tiempo para pensar, se debe actuar. Y es una actividad poco reconocida. Los médicos no son sacerdotes ni mejores personas, sólo trabajadores calificados, dedicados y esforzados.

Sigue sin estar de acuerdo con el ingreso irrestricto, pero se respeta la ley

“La tensión del ingreso a Medicina ha sido resuelta desde lo formal con la decisión del Consejo Superior. Si esa solución es la mejor, lo dirán ellos. Yo no estoy de acuerdo. Nosotros somos respetuosos de la ley, veremos cómo podremos garantizar la calidad formativa. Estamos en un brete, pero la Facultad está motivada y esperanzada. Seguimos trabajando y vamos a pasar el bache”, destacó Mateo Martínez.
“La palabra cupo, que tanto ha sido vilipendiada como algo inhumano, antiderechos y restrictivo, representa el sentido de responsabilidad institucional que dice: yo puedo formar responsablemente 240 o 360 médicos -agregó-. Por eso mi responsabilidad es decir: ‘yo puedo hasta acá’. Y en la Facultad seguimos pensando igual”.

“Desde el año próximo no habrá examen en el ingreso y creemos que se podrá implementar el nuevo plan de estudios. ¿Cómo será la formación de los médicos en adelante? Esa es materia opinable -indicó el decano de la Facultad-. Para nosotros sería más cómodo decir ‘que entren los que quieran, veremos quiénes se pueden graduar’. Pero en el proceso de aprendizaje del estudiante están los derechos de terceros, que son los pacientes.                                                  

Le cuento algo: cuando en el Centro de Salud saben que están por ingresar docentes con alumnos, los pacientes se van al baño. No quieren ser invadidos, porque no es lo mismo una recorrida con cuatro alumnos que con 30 o 40”.

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