
El miércoles pasado, víctima de Covid-19, falleció mi cuñado, Daniel, de 48 años, que tenía el Síndrome de Down. El golpe para toda la familia es durísimo. Quienes tienen un familiar de esta condición, comprenderán la verdad de lo que expreso. Si debo confesar lo que siento, debo decir que la vida me hizo un despojo muy grande, que me arrebató en pocos días una de las mejores personas que conocí y con la cual compartí los mejores momentos de mi vida. Que estoy quebrado interiormente y que mi tristeza pareciera no tener nunca más final. Que me metieron la mano en el pecho y me arrancaron el corazón, llevándose para siempre mi alegría. Que en mis 31 años de casado, mi cuñado fue tan protagonista de mi historia personal, como lo fue mi novia y actual esposa. Cuando éramos novios, yo paseaba por el barrio donde vivía mi señora, tomada una mano por ella y la otra por él. Muchísimas cosas pasan por mi mente en este momento, pero no quiero responder con mi más humano pensamiento. Quiero involucrar ineludiblemente en este hecho a Dios. Y responder con la fe que me enseñó a tener. Quiero repetir junto al santo Job, que “Dios me lo dio, Dios me lo quitó, gloria a Dios”. Hace mucho tiempo, aprendí una frase muy significativa para este caso, que dice: “Somos enviados por un Dios que nos manda, con un Dios que nos acompaña, hacia un Dios que nos espera”. Tal es nuestro tránsito en la vida. Ahora, sólo me queda, decirle a Daniel: “Tu alma pura, transparente, inmaculada, se elevó a Dios a quien le pertenece. Viviste 48 años en un mundo de violencia extrema, como un símbolo de paz. De la paz que viene de Dios. Regresa ahora a Él, porque ‘suyos somos y a Él pertenecemos’. Gracias, Dios, por permitirnos disfrutarlo tanto tiempo. Te quiero, mi viejo. Y te seguiré amando mientras viva y más allá, si también allí se puede amar.
Daniel E. Chavez
Pasaje Benjamín Paz 308
San Miguel de Tucumán







