Malvinas: la batalla de Monte Longdon duró 12 horas y fue durante la que más muertos hubo - LA GACETA Tucumán

Malvinas: la batalla de Monte Longdon duró 12 horas y fue durante la que más muertos hubo

El choque más cruento.

02 Abr 2021 Por Álvaro José Aurane
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Las piedras dominan Monte Longdon. Hace 39 años, también lo dominaban las tropas argentinas del regimiento 17. Y desde la mañana del 12 de junio de 1982, quedaría en manos de los soldados británicos, luego de la más sangrienta batalla que tuviera lugar durante la guerra de Malvinas. Entre la mañana de ese sábado, y las últimas horas del día anterior, perdieron la vida 52 personas allí: 23 eran ingleses y los 29 restantes, argentinos. El saldo de víctimas se completaría con 97 heridos de ambos bandos.

El lugar es uno de los últimos puntos elevados antes de llegar a la capital de la isla, de la cual dista unos 10 kilómetros. Por ello era, a los fines estratégicos, un punto vital. Y para conseguirlo, la lucha desatada fue sin cuartel: duró 12 horas.

No hay camino para llegar hasta ahí. Así que hay que atravesar un campo plagado de cráteres todavía profundos, que son la inconfundible señal de que esa tranquila planicie es, en realidad, un campo de batalla. La guerra lo ha cambiado todo. Lo atestigua la enorme cruz, hecha en metal gris cromado, que corona la cima: el lugar no es otra cosa sino un gigantesco escenario de muerte.

También hay cruces, por decenas, en la base del monte. Todas tienen inscripciones en memoria de británicos caídos en combate. Justamente, Longdon es una sucesión de recordatorios de los soldados ingleses muertos en la aquella fatídica batalla. En el lugar hay un bronce con los nombres y las edades de los 23 abatidos. Dos tenían 17 años. Y tres tenían 18, pero porque uno cumplió esa edad ese día. Su último día.

“Nunca serán olvidados”, “Descansen en paz”, dicen la mayoría de las dedicatorias británicas escritas en un libro, protegido por un plástico grueso, guardado en una gran caja de metal rojo. También los argentinos dejaron su mensaje ahí. “No a la guerra”, garabatearon Pablo Caffe y Felipe de Luca, el 13 de marzo de 2007. “Hermanos, siempre con nosotros”, firmaron, en 2008, Horacio, Oscar, Pedro, Rodolfo y Francisco, de La Plata. “Siempre vivos en nuestra memoria”, anotó el historiador Felipe Pigna, el 7 de marzo de 2006.

Tanto al subir como al bajar, es bastante difícil caminar sobre las piedras, sumamente resbaladizas, así como entre ellas, a causa del traicionero musgo que cubre el suelo. Luego, imaginar allí una batalla estremece más que el gélido viento que parece venir de todas partes. Entonces se advierte que, en realidad, más que en un rocoso páramo, se está en las ruinas de un fuerte. Porque el monte Longdon es, en sí mismo, una fortaleza natural. Las piedras forman salientes y depresiones, y basta apilar unas cuantas para conseguir una posición de batalla. Aún permanecen en pie algunos de esos precarios baluartes improvisados por los argentinos. Ahí dentro no hace menos frío que afuera.

Estos puestos se suceden en todas direcciones. Unos más cubiertos, otros menos incómodos, y los hay también inaccesibles. Dentro de ellos, en 2008, aún quedaban mustios testimonios de la guerra. Como cajas de plástico que alguna vez contuvieron municiones. O una plantilla de goma de una zapatilla marca “Flecha”, con un jirón de su lona. Es talle 42. Dice “Industria Argentina”.

Cómo fue el enfrentamiento

“Los soldados británicos atacaron por el norte y por el oeste. Esperaban concretar un ataque sorpresa. Pero los argentinos habían colocados minas en el faldeo de la montaña. Y uno de los hombres del escuadrón que avanzaba por el oeste, pisó una de las trampas. La explosión alertó a los argentinos. Y la batalla de Longdon comenzó mucho antes de lo que los británicos esperaban. Duró toda la noche y parte de la mañana”. El relato es del guía isleño Anthony Smith, quien tenía 20 años y estaba en las Malvinas durante la guerra.

Los registros oficiales del Ejército Argentino acerca de aquella pelea consignan que ya durante las horas de luz del viernes 11 de junio se observaban constantes desplazamientos de helicópteros en la zona de Monte Kent, fuera del alcance de las armas de la posición argentina. A las 20.30, los compatriotas ya estaban bajo fuego y la comunicación por radio era parcial. El radar había dejado de funcionar.

A las 21:30, el subteniente Juan Baldini informaba que los ingleses habían alcanzado las proximidades y se combatía cuerpo a cuerpo. Él perderá la vida esa noche. Los argentinos carecen de visores nocturnos. La artillería cae de manera intermitente sobre las líneas enemigas, pero no se pueden evaluar los daños.

Cerca de la medianoche, hay contraataques argentinos y respuestas británicas. El avance inglés se estanca momentáneamente. Según los documentos militares argentinos, a las 2.00 de lo que ya es el 12 de junio, se organiza un contraataque hacia el noroeste. El choque se produce a las 3.00. Los ingleses deben replegarse, pero de inmediato empieza un intenso fuego de morteros, y los argentinos se ven obligados a buscar refugio. El enemigo reinicia su ataque con nuevos efectivos y el combate se generaliza nuevamente.

A las 5.00, los británicos atacan desde el norte, el noroeste, el oeste y el suroeste con entre cinco a seis compañías, y masivo apoyo de fuego de artillería y morteros. La posición argentina ha sido penetrada en varios puntos, pese a la sostenida oposición de sus defensores. No hay efectivos para contraatacar. Muchos no tienen municiones ya.  Y el fuego de la artillería argentina no logra aliviar la presión enemiga. Hay muchas bajas, especialmente en los cuadros de mandos.

A las 6:30 se ordena el repliegue de las fuerzas nacionales hasta la Cresta del Telégrafo, que los documentos oficiales llaman, al igual que los ingleses, Wireless Ridge. Sólo 90 hombres de los 300 que habían participado en los combates alcanzan la nueva posición. “El resto ha quedado herido, muerto o cercado”, dice la crónica militar. Desde allí se ordena la marcha hacia Puerto Argentino.

Las fuerzas ingresas entrarían a la capital de las Malvinas dos días después, cuando volverían a imponerle el nombre de Stanley.

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