
“El noticiero es adictivo, y más cuando el mundo es inestable”, decía el teórico de la comunicación Roger Silverstone.
Brenda Focas, investigadora de Conicet, lo retoma en su libro “El delito y sus públicos. Inseguridad, medios y polarización” (Unsam Edita) publicado a fines de 2020. En él refleja esa obsesión que causan los noticieros televisivos según la última Encuesta de Consumos Culturales, en la que es el elegido como el género preferido de los argentinos para informarse.
Detrás de esos datos creció la verdadera inquietud científica de Focas: estudiar la incidencia de las noticias de delito e inseguridad en la vida cotidiana de las personas, a partir del posicionamiento de la inseguridad como problema público.
“Las representaciones de distintos casos delictivos constituyen el eje en torno del cual se organiza la mayoría de los noticieros de la televisión abierta”, plantea en su estudio de cómo impactan esas noticias en la vida de las personas.
Para comenzar se remontó al surgimiento de la categoría inseguridad. “Es difícil establecer el comienzo de un fenómeno de esta magnitud -explica- aunque hay cierto consenso en que promediando los años noventa, y con algunos antecedentes en los ochenta, comenzó a gestarse una demanda de inseguridad que, eclipsada por la crisis de desempleo de 1995 y los sucesivos vaivenes que desembocaron en el estallido de 2001, sólo se hizo sentir cuando la situación económica estuvo controlada. Una vez iniciada la etapa de recuperación económica poscrisis 2001, la inseguridad se consolidó como problema central público -como tema controversial y de discusión cotidiana, con exigencia de una resolución urgente- y, a la vez, como sección fija y estable en la agenda de los medios”.







