
¿Somos capaces de despegar la mirada de las pantallas durante una hora? ¿Tanto nos cuesta apagar las luces y el televisor durante no más de 60 minutos? Parece poco, casi nada, pero es muchísimo tratándose de hábitos incorporados, con el agregado de que se trata de un sábado, cuando el descanso manda y el ocio demanda. Esa pequeña acción personal -desenchufarse de la electricidad y de la tecnología entre las 20.30 y las 21.30- se convierte en una poderosa movida internacional cuando millones de voluntades lo hacen al mismo tiempo. Es la invitación-desafío que plantea hoy “La hora del planeta”.
Combatir el cambio climático disminuyendo la emisión de gases de efecto invernadero, ahorrar energía y darle un respiro a la contaminación lumínica son los objetivos que persigue esta iniciativa impulsada por la ONG World Wide Fund for Nature (WWFN) y la agencia publicitaria Leo Burnett. Creada en 1962, WWFN se cuenta como la organización ambientalista más grande del mundo. Su web explica que WWFN está presente en más de 100 países (la central latinoamericana funciona en Ecuador) y que desarrolla más de 3.000 proyectos, con una inversión global superior a los 1.000 millones de dólares. El aporte mayoritario a la ONG es de particulares interesados y preocupados por la crisis medioambiental que cruza continentes y clases sociales. Muchos la conocen por el animal que eligió como símbolo: el oso panda, siempre acechado por el peligro de extinción. Su actual preseidente es el economista indio Pavan Sukhdev.
La idea de “La hora del planeta” surgió en Australia, país que mantiene altos estándares de calidad de vida para su población, pero no por eso está exento de serios conflictos ligados con el medio ambiente. Los incendios que suelen devastar su territorio figuran entre los más afligentes. Allá por 2007, buscando propuestas que sirvieran para crear conciencia entre la población, a WWFN Australia y a la agencia Burnett se les ocurrió propone un apagón energético de una hora en la ciudad de Sydney. Funcionó tan bien que se registraron picos de ahorro de energía de hasta un 10%. Ese mismo año San Francisco replicó el modelo y generó su propio apagón de una hora, con resultados similares.
A partir de allí la bola de nieve no paró de crecer y lo que había surgido como una iniciativa acotada a un par de ciudades se transformó en un fenómeno mundial. A medida que “La hora del planeta” avanzaba, iluminaciones emblemáticas fueron interrumpiéndose, una a una, hasta que en 2010 quedaron a oscuras el Big Ben, el Empire State, la Torre Eiffel, el Partenón y la Puerta de Brandenburgo. La del año pasado fue una movida de lo más particular, ya que por primera vez el apagón se realizó en pandemia. Para que no perdiera fuerza se pidió el respaldo de personalidades influyentes y la respuesta fue inmediata, con el papa Francisco, el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, y la siempre inquieta Greta Thunberg a la cabeza.
Argentina viene participando de “La hora del planeta” desde 2009. Lo hace de forma consensuada con el resto de América Latina y este año los temas elegidos para el análisis y la reflexión son biodiversidad, cambio climático y contaminación plástica. Quienes se anotan en la web https://horadelplaneta.org/#/registro pueden participar de una marcha virtual, que se inició hace algunos días y concluirá hoy a las 20.30, cuando se produzca el apagón.
“Hace una década, antes de que surgiera ‘La hora del planeta’, la gente no sabía que el cambio climático les afectaba. Pensaba que sólo ocurría en los polos o a los osos polares. Sin embargo, cada vez somos más conscientes de que los efectos del cambio climático nos afectan a nosotros como comunidad”, sostiene Susan Díaz, una de las directoras de comunicaciones de WWFN.
Muchos tucumanos vienen sumándose a “La hora del planeta”, aunque hacen falta muchos más para que el impacto resulte realmente significativo. Se trata de un “sacrificio” minúsculo en el contexto del bien mayor que se persigue: aportar al mejoramiento de la salud de nuestro planeta. Toda movida que apunta a crear conciencia sobre la necesidad de cuidar y mejorar la Tierra redunda, inevitablemente, en ganancia neta para la vida, en todas sus maravillosas manifestaciones.







