La grieta nos partió al medio. Parece una perogrullada, pero es la forma en la que lamentablemente nos acostumbramos a vivir. Todo, pero absolutamente todo de lo que se hable tiene destino de ruptura. De separación. De rechazar lo que el otro piensa. Somos una sociedad indignada, rota, sin líderes impolutos, sin ejemplos. Una sociedad que discute sin bases, a la que todo la enoja. Somos incapaces de encontrar puntos de consenso. Y la pandemia, la presencia de ese maldito virus que nos ataca desde hace un año, no hizo más que profundizar todo lo malo con lo que ya convivíamos. Entonces, ¿cómo hacemos para ponernos de acuerdo para mitigar los efectos de una segunda ola, que según dicen los especialistas, será severísima? Estamos a las puertas de una avanzada que dejará víctimas y, por ahora, miramos para otro lado, como si la responsabilidad de lo que vaya a suceder, así como de lo que ya sucedió, no sea también en parte nuestra.
Basta con leer las conversaciones de los grupos de whatsapp, o los foros de comentarios en las notas de LA GACETA, o con escuchar las charlas en bares o hasta en el colectivo. La percepción general es que a muy pocos les importan las consecuencias que tendrá este nuevo ataque del enemigo invisible. Estamos indignados, con razón, con los casos de vacunatorios VIP que se conocieron en todo el país, incluyendo Tucumán, pero hasta discutimos cuando llega un avión que trae vacunas. Todo nos parece mal. Miramos lo que hacen fronteras afuera, y olvidamos lo que sucede dentro de nuestra propia casa. Un hombre muy respetado como el doctor Alfredo Miroli, que tiene consenso entre la sociedad, advierte que “tenemos que portarnos bien” si no queremos que se cierre todo de vuelta y las respuestas son, en su mayoría, críticas. Se puede entender que la discusión sea sobre una cuestión política, pero cuando el que habla es un hombre de ciencia que a lo único que apuesta es a salvar vidas, sea Miroli o cualquier otro que opine desde sus conocimientos sanitarios, contradecirlo o incluso criticarlo ya roza con lo inconcebible.
Tenemos un serio problema de liderazgo. Mientras en los hospitales ya están temblando por lo que viene, los políticos tucumanos están en otra. Es más importante la pelea intestina entre el gobernador y su vice que lo que está sucediendo con los ciudadanos en la provincia. Ayer, Angela Merkel dio un discurso a las 3.48 para explicarles a los alemanes que su país enfrenta un “nuevo virus más letal e infeccioso” y anunció medidas más estrictas de confinamiento durante 20 días. En plena madrugada la canciller estuvo reunida con líderes políticos y sanitarios y decidió brindar toda la información necesaria por el peligro que enfrentan, sin importar la hora. En Tucumán, los “oficialistas” (ahora hay que hacer un curso para saber qué es esa palabra) se sentaron sin mucha distancia social en un anfiteatro para ver al gobernador asumir como quinto vicepresidente del partido Justicialista. Menudo ejemplo. Pero no podemos quedarnos en la crítica sólo hacia los de arriba, que bien podrían comenzar a tener más empatía con el resto de los ciudadanos. Pero, ¿qué estamos haciendo nosotros para ayudar a aplanar esta curva de casos que asciende día a día? Hoy, hasta un chico de cinco años sabe de memoria cuáles son las medidas de seguridad que debemos seguir para que este virus no nos afecte. Frases como usar el barbijo, mantener dos metros de distancia, lavarnos las manos, ventilar los ambientes en los que nos movemos ya deberían ser parte de nuestra día diaria como levantarnos y cepillarnos los dientes. Es una cuestión de salud, ni más ni menos. ¿Las cumplimos? Claramente, no. Se entiende que la pandemia económica va a tener tantas consecuencias como la sanitaria, pero claramente no estamos haciendo lo que nos recomiendan para evitar nuevas cuarentenas. Y no hace falta mirar muy lejos para ver lo que viene. Brasil, Paraguay y Chile están sufriendo un colapso de la mano del aumento de casos.
Nuestra discusión pasa a diario por los errores (¿horrores?) que vienen cometiendo nuestros gobernantes a la hora de enfrentar esta pandemia. Que los hubo, y son muchísimos. Y criticamos y, por supuesto, arremetemos con qué hubiéramos hecho nosotros si estuviéramos en su lugar. Pero claro, después salimos a la calle y nos ponemos mal el barbijo. U organizamos fiestas clandestinas, o no abrimos una simple ventana en nuestro ámbito de trabajo. No podemos culpar al Estado por el amontonamiento adentro de un local comercial. Cada declaración de un funcionario público que pide que tomemos precauciones es acompañada por un coro unánime de críticas sin ponernos a pensar que al menos eso que nos está diciendo es para nuestro bien. El tiempo de plasmar en hechos las críticas en Democracia es cada cuatro años, cuando hay elecciones. En un día insoslayable para la historia como el de hoy, deberíamos tener en claro eso. Podemos indignarnos, podemos no estar de acuerdo, pero no todo depende de quienes nos gobiernan. Si no nos cuidan los de arriba, tenemos que cuidarnos nosotros. Al menos esa grieta deberían tratar de cerrarla.








