
Con la ceremonia de la imposición de la Ceniza, el Miércoles pasado, comenzó la Cuaresma, tiempo de preparación para la gran Solemnidad de la Pascua del Señor, su paso de la muerte a la vida. Un tiempo litúrgico fuerte que recuerda los 40 años de peregrinación del pueblo de Dios por el desierto hacia la Tierra Prometida; los 40 días de Moisés y Elías previos al encuentro con Dios; los de Jonás para alcanzar la penitencia y el perdón; y, sobre todo, los de Jesús antes del comienzo de su ministerio público. Un tiempo, pues, de profunda renovación interior.
La Iglesia hace un llamamiento apremiante a cada uno de nosotros para que, así como Jesús se entregó por espacio de 40 días a un ayuno riguroso y rechazó las tentaciones del enemigo, de igual modo nosotros ayunemos de toda palabra u obra que no sea grata a Dios, preparándonos con sinceridad de corazón a las celebraciones pascuales, preludio de la Pascua eterna que disfrutaremos un día.
La Cuaresma es una oportunidad de oro para practicar por amor a Dios la oración, el ayuno y la limosna: oración para conocer y amar cada día más a Jesucristo; ayuno, no tanto del alimento cuanto de todo aquello que sabemos que desagrada a Dios; y limosna que, por ser un ejercicio de la virtud de la caridad, permite que nos acerquemos a la cumbre del vivir cristiano, porque la plenitud de la Ley de Dios es el amor.
La Cuaresma es una invitación a una profunda conversión que se traduzca en una piedad más sincera y constante. Conversión que se refleje en un trabajo hecho de la mejor manera que sepamos y podamos, con ilusión por la obra bien hecha. Conversión que nos lleve a afrontar con ánimo deportivo las contrariedades y roces propios de toda convivencia, no volcando en los demás el vinagre del mal humor, del resentimiento. En pocas palabras: en un empeño sostenido por apartar de nosotros pautas de comportamiento que desdicen de la conducta de un buen cristiano.
Este domingo se nos presenta el evangelio de las tentaciones. El Señor permite la tentación porque, al superarla con la ayuda de su gracia, ella hace a la persona más madura, más comprensiva, más realista, encaminándola así hacia la eternidad. “Dichoso el varón que soporta la tentación porque, probado, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que le aman” (Sant. 1, 12).
Siempre habrá tentaciones para alejarnos de Dios, las tendremos hasta el final de la vida, pero si logramos vencerlas, esas victorias son sinónimo de crecimiento y libertad en la gracia de Dios. La peor de las tentaciones es ya no sentirse tentado por nada, porque allí se refleja que la relación con Dios se ha perdido. Sentirse tentado no es pecado,“una cosa es sentir otra asentir”.
Decidamonos a acompañar estos días a Jesús contemplando su entereza al acercarse el momento de su Pasión y Muerte, valiéndonos de ese piadoso y estimulante ejercicio del Vía Crucis, de la consideración de los Misterios de Dolor del Santo Rosario, o de la lectura atenta de esas horas de dolor que nos ofrecen los Evangelistas.







