

Esta fiesta en la ciudad venía desde mucho tiempo atrás y, si bien en sus orígenes se vinculó al calendario religioso y al comienzo de la cuaresma, con los años adquirió características propias que la hacían única. Era una de las fiestas populares de mayor importancia ya que en ella se dejaban de lado las limitaciones que ajustaban la vida pública y privada, y se permitía todo. O casi todo.
En la sociedad de fines de la colonia y primeras décadas del XIX existían pautas rígidas de comportamiento y la vida social se circunscribía a ámbitos cerrados, privados y hasta clandestinos. El carnaval rompía esa formalidad y las calles y la plaza de la ciudad se colmaban de gente de toda extracción social que en esos días se dedicaba a divertirse abiertamente, sin represiones de ningún tipo "violando a conciencia lo que a lo largo del año estaba prohibido" (Ana María Bascary, 1999).
Hacia 1825, el médico inglés John H. Scrivener redactó unas Memorias incluyendo a Tucumán. Narraba que, al llegar a la ciudad, se alojó en una posada; a la noche abandonó su cuarto y en el patio de la casa vio a la posadera con unas lindas señoritas que le indicaron que se acercara. Así lo hizo y una de ellas "sin decir una palabra, sin la más mínima parsimonia, levantó su mano derecha sobre mi cabeza y dejó caer una cáscara de huevo llena de agua perfumada que, al quebrarse, echó su contenido sobre mi cara. Mientras tanto, con la izquierda me frotó la cabeza con almidón en polvo que se pegó con la consistencia de la grasa de oso y que transformó completamente todo mi aspecto". Recién después del susto, este extranjero se enteró de que era una costumbre que prevalecía en América.
Edmund Temple, viajero inglés, se refirió al carnaval en 1826. Afirmaba que en esos días se suspendían toda clase de labores y trabajos, y se abolía el orden “amo y criado”, “oficial y soldado”, “señora y caballero”: todos reunidos con gran entusiasmo y animación compartían actividades inusuales. Los pobladores acostumbraban a arrojarse agua entre ellos y a los que pasaban desprevenidos. Era corriente jugar con harina o almidón, y, por ello, todas las personas llevaban en sus bolsillos y esquinas de sus ponchos abundante cantidad de esta munición, cuyo precio aumentaba considerablemente en esos días.
El carnaval atraía a la gente del campo hacia la ciudad, que llegaban montados a caballo o en mulas, algunos con guitarras, otros con tambores. Gritaban y chillaban en proporción a la cantidad de vino, chicha, aguardiente que hubiesen ingerido. Muchos (algunas mujeres) galopaban frenéticos por las calles y corrían carreras de postas. Los excesos llevaron a las autoridades a tomar medidas e inclusive a prohibir estas celebraciones. No obstante, el gobernador Alejandro Heredia, en 1835, se mostró más tolerante. Aunque consideraba a este juego "en directa oposición con las luces y civilización, no es dable prohibirle absolutamente, por cuanto no es posible arrancar de pronto las profundas raíces que ha dejado la costumbre anticuada". Sólo restaba adaptar medidas destinadas a evitar males y desórdenes correspondientes a distintas clases. Por ello dictó un decreto el 28 de febrero de 1835 que permitía el juego de carnaval "en cuanto no ofenda la decencia y la moral pública". Se prohibían las correrías y galopes a caballo en grupo por las calles y se multaría con $ 3 o pérdida del caballo a quien no cumpliera. Asimismo sería apresado todo individuo en los días de carnaval con arma blanca, inclusive el cuchillo o de chispa, que, además, entregaría el arma. Sí se permitía cantar la vidalita sin causar desorden pues se consideraba pura diversión y entretenimiento. También se castigaría a aquel que en un instinto de guapeza, con armas o sin ellas, tratase de desarmar estas reuniones decentes (Carlos Páez de la Torre -h-, LA GACETA, 5-3-2019).
En febrero de 1844, Rosas prohibió el juego de carnaval por entender que no debían tener lugar en un pueblo trabajador prácticas paganas, inmorales y descabelladas que derivaban en excesos. En Tucumán, un decreto de 1849 prohibió el carnaval en toda la provincia. Años después, la epidemia de cólera suspendió todos los festejos.
Nuevos tiempos
Hacia mediados del siglo XIX sectores medios irrumpieron en estos festejos y aparecieron otras formas y nuevos protagonistas en el carnaval: murgas, comparsas y, a fines del XIX, los famosos corsos con desfiles de carrozas.
La llegada de inmigrantes italianos y españoles resignificó el carnaval. Al comienzo las comparsas eran solo pequeños grupos de vecinos que se disfrazaban y, encaramados en carros, recorrían las calles intercambiando serpentinas, papel picado o flores en horario vespertino. Más adelantado el siglo XX, las comparsas adoptaron luces y colores; a ellas seguían las carrozas y los bailes de disfraces de todo tipo, que las casas de comercio ofrecían al público. En 1902, el diario El Orden decía: "muchas serán las niñas que luzcan vestidos de carnaval. Gran movimiento de las casas que venden telas o confeccionan toilettes". Aparecían así, pastoras, odaliscas, piratas, bailarinas y muchos personajes. El disfraz permitía en ocasiones despojarse de inhibiciones, y atrapaba a niños, jóvenes y adultos que concurrían disfrazados y con antifaz a bailes en clubes, salones, casas de familia, etcétera.
Los festejos del carnaval se expandieron hacia los barrios y a otras zonas de la provincia: la Trinidad, Lules, el ingenio San Juan, Banda, etcétera. La costumbre de las batallas con agua siguió vigente.
Todo lo que se describe corresponde a Tucumán en el llano, ya que en la zona serrana se incorporaron las costumbres de los pueblos originarios. Hoy todavía podemos encontrar algunos rasgos de aquellas celebraciones.







