Llegó “el nuevo amigo de los tucumanos”, monseñor Roberto Ferrari - LA GACETA Tucumán

Llegó “el nuevo amigo de los tucumanos”, monseñor Roberto Ferrari

El cordobés es el obispo auxiliar que colaborará con el arzobispo.

05 Feb 2021 Por Magena Valentié
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QUIERE RECORRER LAS PARROQUIAS. Monseñor Roberto José Ferrari desea visitar cada capilla y a los vecinos.

Llegó hace dos días a Tucumán y no conoce casi nada de la Provincia. Pero desea fervientemente ser amigo de los tucumanos. Y lo deja expresado al pie de su escudo episcopal: “Yo los llamo amigos” (Juan 15,15). Monseñor Roberto José Ferrari, el nuevo obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Tucumán, ya acompaña a monseñor Carlos Sánchez, el arzobispo titular. Monseñor Ferrari se ordenó obispo antes de venir a Tucumán, el 2 de enero, en la diócesis de Villa de la Concepción del  Río Cuarto, Córdoba.

“No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”, dice el Evangelio. A monseñor Roberto siempre le impresionó que Jesús diga eso (“uno se imagina que el amor más grande sería el de una madre hacia su hijo, ¿no?”). Monseñor piensa que ese amor de amigo es el que tanto se necesita en estos tiempos de grieta y desencuentros que nos toca vivir. Este amor “genera la amistad social que no excluye a nadie y la fraternidad abierta a todos” cita a Fratelli Tutti, última encíclica de Francisco.

Cordobés hasta la médula, el padre Roberto (allá le llaman padre Boby, pero en Tucumán le dijeron que es “nombre de perro”) nació en el pueblito de Ucacha. Cumplió 55 años el 29 de noviembre y fue ordenado sacerdote el 19 de septiembre de 1993. Su primer destino fue en Los Sagrados Corazones de Jesús y de María y de Jesús Resucitado. Después fue párroco de Nuestra Señora de la Merced (a quien se encomienda y reza desde que se enteró que venía a Tucumán), fue formador y rector del seminario Jesús Buen Pastor, de Villa de la Concepción, Río Cuarto (2018-2020). Antes (2010 al 2017), otra vez fue párroco de Nuestra Señora de la Merced, esta vez del pueblo de Monte Maíz.

- Me parece que va a extrañar un poquito Córdoba ¿no?

- (Sonríe) A decir verdad es la primera vez que me voy tan lejos de Córdoba. Pero mirá, he sido feliz en la diócesis de Río Cuarto y espero ser feliz acá también. Quiero amar a esta Arquidiócesis y al pueblo tucumano. De hecho desde que me he enterado que venía para acá he empezado a rezado mucho por ustedes, preparando el corazón. Claro que uno siempre extraña lo que ha querido, y cuando me toque irme, si me voy, también me va a costar.

- ¿Cuál va a ser su tarea como obispo auxiliar?

-  Ayudar a monseñor Carlos en todo lo que haya que hacer, compartir la tarea, porque la Arquidiócesis es grande. Muchas veces se superponen actividades y el obispo no puede ir a todos lados entonces el auxiliar le colabora. He llegado hace un día y medio así que todavía no hemos hablado mucho sobre las actividades. Pero me gustaría ir  recorriendo las comunidades, los barrios, de a poquito. Ahora creo que tienen la fiesta de la Virgen de Lourdes en una localidad del interior (San Pedro de Colalao). Quisiera visitar a los vecinos de los alrededores de las capillas de los barrios porque esto es lo que nos pide el Papa, una Iglesia en salida.

- ¿Dónde nació su vocación?

- Terminé el secundario y luego hice el servicio militar, en el 84. Ahí descubrí algo muy hermoso, una gran vocación, me preguntaba para qué Dios me puso acá. Sentía que mi vida tenía que ser útil a los demás, hiciera lo que hiciera. Yo no pensaba ser cura en ese momento, pensaba estudiar, de hecho al otro año, cuando salí del servicio, empecé la carrera de Geología. Pero ya me quedó esa idea de pensar que mi vida debía tener un sentido para  otro y que me hacía mucho bien cuando yo ayudaba a los demás.

- ¿Y usted qué hacía en el servicio militar que pensaba todas esas cosas?

- (Ríe) ¡Qué pregunta! Bueno, primero pasé por la instancia de instrucción, donde nos enseñaban a manejar un fal, tácticas de combate y después me tocó ser cocinero. Estuve un año en la cocina, al principio cocinábamos para 400 personas y después se fue reduciendo el número y quedamos 70. Pero éramos dos nomás los que cocinábamos para 70 todos los días, almuerzo y cena, y después había que lavar los platos y limpiar el comedor. Tenía que manejar esas ollas inmensas y de ahí me quedó una dificultad en la columna. Siempre nos venían a pedir de las escuelas que les hiciéramos locro, y les preparábamos 700 porciones.

- ¿Y aprendió? ¿Le gusta cocinar?

- (Respira hondo) Más o menos. Me doy maña, pero no es algo que me apasione.

- Entiendo. ¿Y cómo se fortaleció esa vocación?

- Cuando salgo del servicio militar, tenía 20 años, me conecto con la Pastoral Universitaria y con el movimiento de Eslabón. En mi pueblo, el cura párroco, Basilio Podoroska, nos hacía arreglar el techo de algún vecino, a otro construirle una piecita para que viva, visitar los hospitales con la guitarra con la que más o menos me defendía. Todo eso hacía que yo sintiera que mi vida tenía un sentido, que podía hacer el bien y eso me daba mucha felicidad. Y después eso se fue transformando en ‘yo quiero hacer esto siempre’, estar al servicio de la gente. Así surgió mi vocación.

- ¿Qué experiencia tiene en el trabajo con jóvenes?

- En Río Cuarto ni bien salgo como diácono el obispo me encarga la Pastoral Juvenil Diocesana, el movimiento Eslabones, y luego en el seminario seguí la tarea juvenil en las parroquias y trabajé con los jóvenes.

- ¿Cómo ha cambiado la juventud dentro y fuera de la Iglesia?

- Las redes de la comunicación virtual plantean que todo sea rápido, al instante. Hace que nos sintamos invadidos de opiniones y, a veces, influenciados por algún famoso. Adherimos a modos de pensar, a cierta identidad. Los adolescentes cada vez tienen más decisión pero no dejan de tener muchos valores como la solidaridad. Los jóvenes se animan a decir yo decido esto para mi vida. Nuestra generación tenía más temor al decidir, al optar por algo. Ahora ellos deciden y nadie les puede imponer nada.

-¿Cómo explica la decisión de jóvenes, aun de iglesia, de apoyar el aborto?

- En cierta etapa el joven dice yo soy de tal colegio, de tal barrio. Hasta que madura y dice yo soy yo. En cierto ámbitos el adolescente tiene necesidad de ser protagonista, y está bien. Pero cuando llega el momento de decidir también llega el momento de ser responsable de su propia vida. Por eso veo que hay muchos valores en la juventud.

En cuanto al aborto, que esto no nos divida. Ya tenemos tantas divisiones de todo tipo. Mejor veamos que detrás de un pañuelo verde o celeste atado en la colita del pelo o en la muñeca, hay una persona, un joven, un ser humano, con dolores, con tristezas, con luchas. A veces nos ponemos de un bando celeste o verde y nos olvidamos de que hay una persona que ha pasado cosas difíciles que le llevan a tomar ciertas opciones en la vida. Por eso más allá de la postura de la iglesia que es la defensa de la vida, pensemos que el otro no es un enemigo. Por eso, qué lindo que los jóvenes puedan ir optando, sintiéndose libres y más responsables, porque la libertad siempre va unida a la responsabilidad. Una libertad sin responsabilidad puede ser catastrófica porque uno puede hacer cosas que dañen al otro. En eso tiene que crecer uno cuando es joven.

- ¿Le cuesta a la Iglesia llegar a jóvenes?

- A veces nos cuesta pedagógicamente llegar a los jóvenes pero me parece que Jesucristo sigue siendo una imagen que cautiva, Jesús, la Virgen, el mensaje y el estilo de vida que nos propone Jesús. En la predicación nos cuesta llegar a los jóvenes en estos tiempos de virtualidad que hace que haya otras cosas que atraigan más, que tienen que ver con los sentidos y con la inmediatez.

- ¿Dónde quedan los ideales de los chicos castigados por la inmediatez y a veces la delincuencia?

- Quedan en realidades muy concretas, en la necesidad de un trabajo, del acceso a la salud, de tener una casa. A veces estas cosas son buscadas en forma inmediata por caminos que no son los correctos. Entendiendo el dolor y la desesperanza. Ven muy lejana la posibilidad de ganar su propio dinero y tener un lugar donde vivir. A veces la droga aparece como un modo de evasión de esa realidad (propiciada por quienes están interesados en ese negocio). Por eso el trabajo es tan importante, porque ayuda a tener una mirada distinta sobre la vida y a desarrollar los dones, las cualidades que uno tiene. Y cuando Jesucristo se hace conocido trae todo lo demás. Nos aferramos a su mensaje y de allí se desprenden todos los valores que se necesitan para vivir dignamente.

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