¿Qué pasaría si se tratara de autos? - LA GACETA Tucumán

¿Qué pasaría si se tratara de autos?

13 Ene 2021
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PRODUCCIÓN FEDERAL. Se considera a la actividad agropecuaria.

Marcos Enrique Mirande

Lic. Administración de Empresas Agrarias

Una vez más, un gobierno kirchnerista insiste con el cierre de exportaciones agrarias. Más allá de las cuestiones puramente económicas (tanto a nivel micro como macro), la producción agraria en nuestro país involucra cuestiones sociológicas, tecnológicas, sicológicas, históricas, alimenticias, y está íntimamente ligada al origen y la vida de los pueblos del interior. Su desarrollo tiene origen en la inmigración europea, cuando una marea de colonos pobló de chacras cada rincón productivo de la Argentina. Por ello cabe afirmar que no debe existir una actividad más federal que la de la producción agropecuaria. Libros, opiniones, entrevistas, notas técnicas y periodísticas, sólo para hablar del medio gráfico, derramaron ríos de tinta sobre el tema, por lo que su tratamiento excede ampliamente las posibilidades de este espacio.

Cabe, para resumir, describir la idiosincrasia de los productores en general. Esfuerzo, simpleza, eficiencia, tenacidad, capacidad empresarial, avidez para adoptar nuevas tecnologías; indiferencia por la política y orgullo por los frutos de su trabajo, además de un empecinado optimismo, caracterizan en mayor o menor medida, a los cientos de miles de productores argentinos. No recibir subsidios ni depender del Estado los hace independientes. Una osadía que ciertos gobiernos no están dispuestos a soportar. Ellos sólo piden (y exigen) una sola cosa: que los dejen trabajar mediante la implementación de reglas claras. La producción agropecuaria exige planificación ya que las labores tienen que respetar fechas estrictas en el calendario y para ello deben sortear múltiples variables inmanejables como la sequía o el exceso de lluvias; las heladas o los calores excesivos, el granizo, las plagas y las inundaciones. El precio de su producción también resulta un factor ajeno a ellos, ya que son los mercados interno y externo los que fijan los valores de venta. No ellos. Ante esta realidad que deben enfrentar, en la que los factores que no pueden controlar son más numerosos que los que dependen de ellos, lógicamente, aborrecen la aparición de nuevos factores de distorsión como los impuestos a la exportación (retenciones), o el cierre de exportaciones. La medida tiene como efecto automático reducir drásticamente la demanda del producto en cuestión, dado el alto porcentaje de la producción que tiene destinos externos y porque la producción excede ampliamente la demanda del mercado interno. Ante este panorama, no caben dudas de que la superficie sembrada tenderá a reducirse, ya que nadie está dispuesto a producir algo que no tiene mercado. De ahí que el resultado inevitable del cierre de exportaciones –lejos de lograr la baja de precio de los alimentos- redundará en una menor producción de maíz. Menos riqueza, menor ingreso de dólares, abandono de explotaciones, mayor pobreza. El gobierno parece no entender esto.

El sector agropecuario aporta a la economía unos 30.000 millones de dólares genuinos y netos, cifra que se podría ampliar en el mediano plazo con buenas medidas para el campo. El sector automotriz -para tener una referencia- exporta aproximadamente unos 3.000 millones (o sea una décima parte) pero importa otro tanto, por cual el ingreso neto de divisas es neutro; levemente superavitario o deficitario. ¿Qué pasaría si el gobierno decidiera el cierre de exportaciones de automóviles? Sin duda la producción se achicaría como respuesta inmediata a la medida dictada.

Es básico: ningún gobierno puede obligar a la actividad privada a producir más. Pero sí puede incentivar la mayor producción con reglas claras y estables. O puede desalentarla con medidas equivocadas, imprevistas, poco claras y/o injustas. La producción agropecuaria argentina no es la excepción a esa regla.

El campo, alentado por la confianza que le significaba la asunción de Mauricio Macri, respondió con una mayor producción. La campaña 2016/2017 (según datos de la Bolsa de Cereales) representó un récord absoluto, con un total de 123,7 millones de toneladas de granos. Un 14% más que en la campaña anterior y un 22% más que el promedio de los últimos cinco años anteriores. La producción de maíz aumentó un 30%; la de trigo un 52%; la de soja un 3% y la de girasol un 18%. El impacto en el Producto Bruto de la producción de esos cuatro granos, fue de 29.886 millones de dólares. Lamentablemente, la campaña siguiente se vio afectada por una sequía histórica que permitió sembrar sólo 32,5 millones de hectáreas en vez de los 33,1 millones de hectáreas de la campaña 16/17. Además, por el mismo motivo los rendimientos fueron también menores y el monto producido bajó a 25.936 millones de dólares.

La revolución tecnológica que significó la siembra directa, ya hace años, requiere como condición la cobertura vegetal de los suelos para retener humedad disminuyendo la incidencia de los rayos solares. El cultivo de maíz es el que más rastrojo deja en el campo. Desde Córdoba hacia el Norte del país, los suelos son más pobres, por lo que la siembra de maíz (alternando o no con soja) resulta imprescindible. Medidas como la suspensión de exportaciones no harán otra cosa que empobrecer a las provincias productoras, y con mayor razón a las del Norte.

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