El adoctrinamiento es un verso, la pobreza no

El adoctrinamiento es un verso, la pobreza no

Por Juan María Segura. Experto en Educación.

El adoctrinamiento es un verso, la pobreza no
13 Diciembre 2020

Como en las malas series de Netflix, los capítulos de esta temporada educativa se siguen sucediendo, sin llegar a ser ni originales, ni cautivadores. Mismos actores, argumentos similares, actuaciones poco convincentes, resultados cantados.

En los últimos días, y a raíz de unas desacertadas expresiones de la titular de Educación de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, apareció un nuevo episodio, el de la manipulación ideológica. Otra vez sopa, diría Mafalda (que en paz descanses, JSL). Una reedición del debate del ‘Nestornauta’ de hace diez años, esta vez sin revista, ni personaje, ni épica, ni siquiera con una estrategia. ¿Acaso el adoctrinamiento ideológico dentro del sistema educativo es algo de lo que la sociedad debería cuidarse? ¿Posee entidad suficiente el tema como para que le dedicamos energía, máxime en este momento en donde ni siquiera estamos pudiendo hacer lo obvio? No estoy tan seguro. Veamos.

Lo primero y más importante en este debate, es comprender y aceptar las características socioculturales de los habitantes del sistema educativo. Se denomina centennial o Z a la generación de jóvenes nacidos entre 1998 y 2012 aproximadamente. O sea que, con la excepción de los primeros grados escolares, la gran mayoría de los alumnos del sistema educativo argentino y mundial corresponden a esta generación. Marco este punto, pues los Z son activos usuarios de la tecnología remota y de los contenidos de la nube y, por consiguiente, consumen cultura de múltiples formas y sin intermediaciones, y desde allí generan significados e ideología. Los Z son, sin lugar a dudas, la generación menos manipulable desde el punto de vista ideológico de la historia de la humanidad. Argumentar lo contrario es no comprender ni la época, ni los rasgos de los estudiantes escolares actuales, ni el poder la tecnología.

Adicionalmente, se sabe que la escuela que vemos actualmente en funcionamiento fracasa en su intento de provocar apropiación de saberes y contenidos. Dicho en sencillo, poco de lo que enseña se transforma en aprendizaje. Esto es verificable no solo a través de los operativos de medición de aprendizaje de contenidos curriculares centrales, sino también a través de investigaciones de organizaciones que regularmente nos indican que los datos de uso del material escolar es siempre insuficiente e incompleto. Hace ocho años, una investigación del BID indicó que los libros digitales regalados dentro de las computadoras portátiles también regaladas a un millón de alumnos en un país de la región, tres años más tarde prácticamente no registraban ningún uso. ¿Qué importaría llenarles el disco rígido de PDFs de tal o cual autor, si jamás harán doble clic sobre los mismos?

En este contexto, cuesta imaginar una estrategia de adoctrinamiento ideológico dentro del sistema escolar teniendo éxito, más allá de los cuadernillos que se puedan distribuir, más allá de los manipulados personajes caricaturescos de las señales televisivas educativas, más allá de la acción puntual de cualquier docente dentro del aula diciendo que Macri tal cosa y que Cristina tal otra, o que el capitalismo es esto y que el socialismo es esto otro. Por supuesto que ninguno de los protagonistas de estas iniciativas reconocerá la falta total de eficacia de estas acciones, pero tampoco podrá demostrar lo contrario.

Por supuesto que algunos militantes argumentarán que los procesos internos de elección de contenidos, las políticas pedagógicas y el sistema todo les pertenece, y que ello les garantiza éxito en la pretensión y acción cotidiana de adoctrinar. Alguna vez, una dirigente del gremio liderado por Baradel, en un mensaje cargado de rencor, sostuvo que “nosotros seguiremos en las aulas y las calles. Porque las aulas y las calles nos pertenecen, y en ellas no hay lugar para los miserables”. Si es verdad que las escuelas son de alguien en particular, no las imagino propiedad de ningún gremio (y menos aún de aquellos con dirigentes rencorosos sedientos de venganza), sino más bien de los padres de los alumnos y de todos quienes pagamos impuestos. Y ese colectivo, que es mucho más amplio, mucho más heterogéneo, y que además no anda a la caza de ninguna caja del Estado, desea que los niños aprendan y que se preparen para ejercer una ciudadanía responsable y una vida adulta plena de realizaciones.

Claro que se podría intentar una vinculación entre adoctrinamiento, fanatismo y militancia, tratando de montar el argumento de que la manipulación ideológica dentro de la escuela, en el largo plazo, logra su cometido de crear activistas de tal o cual causa. Sin embargo, poco costaría demostrar que el fanatismo encuentra su origen en la ignorancia y no en la manipulación ideológica, y que esta está asociada con la pobreza más que con cualquier otra condición. Voltaire sostenía que cuando el fanatismo gangrenaba el cerebro, la enfermedad era casi incurable, mientras el enciclopedista francés Diderot sostenía que solo había un paso entre fanatismo y barbarie.

Si es cierto que el fanatismo es el hijo predilecto de la ignorancia, y que dicha condición la crea el desinterés por los argumentos de otros y por los datos de la realidad que crea la condición extrema de la pobreza, entonces debemos trabajar por una sociedad sin enfrentamientos sordos, con menos apasionamiento e irracionalidad y más escucha y reflexividad. Solo así podremos hacer de la educación y la escolarización la principal política de Estado de los próximos 20 años, más allá de cualquier intento de adoctrinamiento, más allá de cualquier gobierno de turno.

En síntesis, no nos preocupemos tanto por el “relato” del adoctrinamiento escolar, ambicionado por manipuladores torpes, dirigentes egoístas y educadores ignorantes, sino más bien por la tragedia de la pobreza, que lo rompe todo. La educación debe ponerse de pie especialmente para asistir a ese 50% de la población escolar pobre, es nuestro deber.

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