¿Qué pasa cuando muere un rugbier?

Por Carlos "Cacho" Valdez, ex jugador y dirigente de rugby.

01 Oct 2020
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Carlos "Cacho" Valdez ARCHIVO LA GACETA / FOTO DE INÉS QUINTEROS ORIO

Cancha inútil. Tribuna seca. Banderines tiesos. Haches mudas. Campo sin marca. Viento silencioso. Edificio aburrido. Grito sordo. Eco ahogado de una vieja charla. Murmullo diferido. Lúgubre silbo de hornero. Rastro de paso ausente. Estar sin mirar para no ver. No estar más. ¿Volver a cero? ¿Será así la historia gráfica de la muerte de un rugbier?

Empezar de cero. Cancha útil y estar los 30. Tribuna húmeda de llantos y cervezas. Haches complacientes o no para jugarle a suerte y verdad a la pelota. Campos referentes plateados de blanco. Delicado viento que al agitarse apenas, perfuma el pasto. Edificio que recobra su esplendor y gritos de ecos desahogados de charlas repetidas y de los murmullos ya olvidados. …Y el hornero retornando al nido del viejo ciprés con algo de comer para su compañera y sus pajarillos exigentes y chillones.

Rastro nuevo de pasos presentes para ensayar el nuevo camino de estar y ver cómo el alma que ayer nomás despegó, sigue de ronda entreverada en los sensibles corazones que estilan tu contagiosa simiente, viejo hombre del rugby.

Es que el rugbier muerto sólo muere un poco. ¡Sé por qué lo digo! Vi muertos, muchos de ellos, y cuando digo siento es porque vale mi palabra. ¿Cómo haría, si así no fuera, para saber de ellos? Invitaría al dubitativo más porfiado a preguntarme de cualquiera y me encontraría presto a responderle con exactitud de sus cosas, de las que no se ven… y yo sí las veo.

Están con nosotros en todas partes, particularmente en las que nos son comunes, en el deporte, en nuestras ocupaciones, mirándonos, protegiéndonos y dándonos el valor para no sentir que tengamos que comenzar de cero y si así lo fuera, aportándonos sus invisibles y extraordinarias fuerzas para emprender cualquier aventura de amor. Tengo mil cosas para contarles que las resumo, expresándoles mi aseveración: ¡Nunca me fui, me encontrarán en todas partes, nunca seré un ángel pero siempre un amigo leal. No se afanen por tocarme, sólo intenten el abrazo íntimo que sus manos alcanzarán sus hombros y ahí, en el medio, me sentirán.

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