Chaqueño Palavecino: “el sonido de una guitarra me cambia el ánimo”

En un breve diálogo con LA GACETA, el músico dijo que se siente mejor del coronavirus. Antes de su internación habló sobre su carrera artística.

29 Sep 2020 Por Ricardo Reinoso
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CONVALESCIENTE. El Chaqueño Palavecino está internado desde el viernes 18, infectado de coronavirus.

“Ya estoy saliendo pero no puedo hablar mucho, porque no estoy bien”, comentó ayer brevemente el Chaqueño Palavecino, desde el sanatorio de Rosario de Lerma donde se encuentra internado por coronavirus, en una comunicación por whatsapp con LA GACETA.

El folclorista se lamentó por haber tenido que suspender su actuación por streaming en el Festival de la Nuez, de San Pedro de Colalao. Días antes de su internación, había charlado telefónicamente en exclusiva con este diario sobre su presente como músico y su singular historia, que se inició como hijo de un hogar muy humilde en un paraje del Chaco salteño, en el límite con Bolivia y Paraguay.

“Cuando suena una guitarra a uno le cambia el ánimo”, dijo en esa oportunidad el Chaqueño, antes de enfermarse y terminar internado. La entrevista tiene plena actualidad, ya que reconoce que los músicos no resignan sus ganas de actuar, a pesar de que no puedan tener contacto con el público. Desde su casa en Finca El Carmen, a 30 kilómetros de la capital salteña, continuaba en actividad, aunque reconoció que lo afectaba una gran incertidumbre sobre el futuro.

- ¿Sentís que va a ser difícil volver a la normalidad?

- Así es. A veces pienso que todo va a cambiar, pero si tengo que volver a ser transportista no tengo drama. No sé qué irá a pasar con todo esto. Los espectáculos masivos o festivales por streaming tienen muchas limitaciones. Yo lo puedo hacer, pero otros colegas no, porque es costoso y uno se juega. Además, no es lo mismo que el clima del festival, donde la gente sale, se encuentra, lo vive de otra manera. De todas maneras, apenas suena el acorde de una guitarra, cambia el ánimo de uno, aunque no esté viendo al público. Los artistas somos como los caballos cuando les abren la puerta de la gatera. Hay muchos que están pasando mcha necesidad. Por suerte, en Salta salió una ley de emergencia para ayudarlos económicamente. Ojalá lo hagan en las otras provincias.

- ¿Continúas grabando e incorporando temas nuevos?

- Sí. Mi último disco, “Soy y seré”, no se pudo editar físicamente y salió en las plataformas. Siempre estoy grabando, porque a veces me entusiasmo con algún tema viejo y tengo el estudio a mano. Convoco a los músicos que están cerca y vamos archivando. Para los temas nuevos, muchas veces elijo obras de compositores como Yuyo Montes, Roberto Fernández o Jorge Milikota. No busco que la canción sea comercial, sino lo único importante es que me guste a mí.

Origen muy humilde

Nacido en el paraje Rancho El Ñato, el Chaqueño -después de su éxito artístico- colaboró con el progreso del lugar y sigue impulsando la urbanización de 15 hectáreas de ese suelo donde están sepultados su madre y sus abuelos. “Conseguimos luz, hicimos pozo de agua, escuela, cancha de fúbol... Todo eso armé ahí donde yo nací. Hoy tienen energía eléctrica y les llega internet. Antes eran dos o tres casas. Ahora ya se hizo un pueblo”, resumió.

- Te fuiste muy chico...

- Nos fuimos cuando mi madre se enfermó, muy joven, y no había médicos en el lugar. Mi madre era viuda, a mí me habrá tenido a los 34 años y se enfermó a los 40. Aunque nos fuimos del pueblo, he vuelto siempre a buscar el porvenir, trabajando de lo que venga. A nosotros no nos dieron nada de tierra hasta ahora. Pero conseguimos que se haga la ruta provincial y muchas otras cosas en esa zona que estaba olvidada. También se sumó Jorge Rojas a la iniciativa.

-¿Cómo era antes la vida en ese lugar?

- Había mucho analfabetismo, pocos pobladores tenían apenas algunos grados de primaria y sabían leer y escribir, pero la mayoría vivía de su campo y sus animales. Cuando conseguimos mejoras para el pueblo, les cambió la vida tanto al criollo como al nativo.

- En tus actuaciones te acompaña un grupo numeroso de músicos.

- En un comienzo éramos cuatro músicos y yo. Entrábamos en un auto. Había muchas ganas, fuerza y juventud. Hacíamos de choferes, de cobradores, escribíamos los contratos y hasta arreglábamos los vehículos. Con el tiempo se agregó el violín. Después, para mejorar la armonía decidí que fueran tres violines, y así cuando había que tocar en un teatro incluimos un bajo, después un asistente para llevar los instrumentos... De cinco nos fuimos a 24. Y hoy estamos con esa presión de solucionar todos los problemas laborales del grupo.

- Hace poco, en un festival, hubo un incidente con un cantor que se subió al escenario.

- Yo tenía el show armado con invitados, no había espacio para incluir a nadie más, pero él me obligó. Gritaban, él y unas mujeres, así que subió y cantó dos temas. Me ocupó un espacio de diez minutos. Uno de los chicos invitados no pudo cantar a causa de eso. Es común que vaya gente con ese propósito, pero a veces se puede y a veces no.

Raíces y tradiciones

A sus 60 años, Oscar Esperanza Palavecino se siente un privilegiado por la trayectoria que desarrolló en el folclore y por haber difundido los ritmos que escuchaba en su niñez.

“Hemos hecho algo por la música argentina y por hacer conocer la música regional que se cultiva desde hace más de 100 años en la frontera con Bolivia y Paraguay -dijo-. En esa zona no había otra cosa que el violín y el bombo. Al que aprendía a tocar el violín se lo cuidaba como oro. Había muchos descendientes de españoles. Se escuchaban zambas, chacareras y también guarañas y polcas de Paraguay o las cuecas chapacas, por estar cerca de Bolivia. Algunas mujeres, nuestras bisabuelas, tocaban el mandolín. Un instrumento de cuerda que era típico de los inmigrantes”.

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