¿Estudiantes o estudiosos?

Por Juan María Segura, experto en Educación.

23 Sep 2020

La efeméride local marca que el 21 de septiembre se celebra el día del estudiante en Argentina en conmemoración de la repatriación de los restos de Sarmiento, en 1888, quien días antes había fallecido de un infarto agudo en Asunción del Paraguay, a los 77 años de edad. La conexión del deceso del prócer con la vida del estudiante es clara, pues Sarmiento resultó ser un gran protagonista en la creación en un sistema educativo nacional, colaborando en la construcción de más de 800 escuelas, entre muchos otros logros y concreciones en el área. Sin embargo, circunscribir la figura del ex Presidente a su edificación en el campo de la escolarización es tan impreciso como referirnos a un estudiante pensando solo en los habitantes del sistema de enseñanza institucional.

Es correcto afirmar que Sarmiento fue un gran protagonista de la construcción de las bases del sistema de enseñanza en nuestro país, y que sus ideas y acciones en este campo, desde su Educación popular, hasta el normalismo y los consejos escolares, ejercieron una influencia definitiva. Sin embargo, también es cierto afirmar que él fue un activo político, un escritor prolífico, un periodista desafiante, un exigente enseñador, un intelectual avasallante, un curioso desenfrenado y un militar de acción. Honrar su memoria debería llevarnos a comprender en profundidad todas sus dimensiones, razón por la cual Carlos Pellegrini sentenció frente a su tumba que había sido el cerebro más poderoso que había producido el continente.

De la misma manera que, variando el ángulo de análisis sobre Sarmiento, aparece un personaje de mayor jerarquía, complejidad y trascendencia, también variando el análisis sobre un estudiante, pienso que debería aparecer la verdadera cuestión de fondo sobre este sujeto, la que considero más transcendental: ¿qué significa ser un estudiante hoy en día? O, formulado de otra manera, ¿la condición de estudiante la otorga la institución que enviste el acto, o más bien el interés del aprendiz-ignorante hacia campos de estudio y disciplinas novedosas para él o ella? ¿Se puede ser estudiante sin casa de estudios? ¿Hay estudiantes posibles sin escuelas ni universidades? Una reflexión imprescindible para realizar en tiempos de pandemia, en ausencia de presencialidad, en momentos en donde la virtualidad se presenta como nuestra mejor alternativa para continuar persiguiendo nuestros propósitos.

Es cierto que un estudiante es quien profesa la acción de estudiar, y que eso es lo que se pretende que ocurra regularmente dentro de casas formales de enseñanza. Escuelas, universidades y todas las instituciones educativas son materializaciones de conceptos, diseños y procesos concebidos para crear aprendizajes a partir del acto sostenido de estudiar, provocado por la acción deliberada de enseñar. No existen escuelas sin estudiantes, de la misma manera que no existen aprendizajes sin estudio. Es por eso que el día del estudiante está tan asociado con la juventud, con el alumnado, con eso que ocurre dentro de las escuelas (en el ciclo de la secundaria) y en las universidades. Para hacerla completa, ese día coincide con el inicio de la primavera en el hemisferio sur, con esa explosión de la naturaleza que nos trae coloridos, aromas y abundancias. La conexión entre las hormonas de la juventud y la explosión de polen que nos trae el comienzo de la primavera, fija aun más la atención de todos en los estudiantes institucionales jóvenes, y no tanto en el acto de estudiar.

Siendo de esa manera, ¿qué queda, entonces, para los demás, para los no tan jóvenes? ¿Acaso uno no puede incluirse dentro de la categoría de estudiante, aun cuando haya completado la educación obligatoria hace décadas, aun cuando no asista hace años a un programa de enseñanza institucional? La respuesta es un rotundo sí. ¡Todos podemos ser estudiantes! ¡Todos debemos ser estudiantes! Todos tenemos la posibilidad de ser estudiosos de un tema, de cualquier tema, de aquello que nos agrada, o inquieta, o atrae. De aquello que deseamos ser, o de aquello otro que rechazamos profesar. Todos estamos llamados a aprender en cualquier momento de nuestras vidas, porque nuestros procesos cognitivos y nuestra propia biología lo permiten, porque la construcción de nuestro propio destino es un viaje que no finaliza nunca, y que nos desafía en todo momento.

Abrazar la condición de aprendiz nos obliga a estudiar. Si aprender nos transforma la conciencia, entonces estudiar es la fiesta en la cual conocemos a los amores de nuestra vida. Un gran filósofo argentino alguna vez lo dijo: ¡estudiar es una fiesta! Qué poderosa verdad, qué sencillo y profundo a la vez. Y no hacía referencia a la fiesta que vemos en los parques el 21 de septiembre de cada año, sino al trajinar paciente, dedicado y silencioso del estudioso, del estudiante sin edad, del enamorado de la travesía de comprender, del que se anima a avanzar sin mirar hacia atrás, sin buscar los conforts del dominio sino más bien los interrogantes de la complejidad.

La conexión entre el Sarmiento en constante elaboración, inquieto y exigente consigo mismo la debemos hacer con el estudio más que con el estudiante. El estudio es por definición incompleto e imperfecto y siempre invita y desafía, sin importar cómo pensamos, la edad que tenemos ni de dónde venimos. El estudio, de lo que sea y a nuestro propio ritmo, nos hace estudiosos, inunda de virtudes nuestros pensamientos y argumentaciones, y nos dispone de una mejor manera para servir y servirnos.

Regularmente recuerdo a Sarmiento, pero no durante estas fechas, sino cuando voy a ese rincón de mi jardín en donde crece frondoso un árbol de nuez pecan. Las primeras semillas de esta especie, originaria de los Estados Unidos, fueron traídas a nuestro país en el siglo XIX por el prócer. Eso lo grafica en toda su dimensión, reunido con presidentes y ministros, visitando escuelas, asistiendo a cenas de gala y agasajos oficiales, y, a su vez, metiéndose semillas de especies exóticas para la Argentina en el bolsillo, con el fin de experimentarlas en otras condiciones climáticas y edafológicas. Sarmiento, ese estudioso incansable, debe animarnos a mirar más allá del estudiante escolar, más allá de titulado, más allá de nuestras zonas de dominio.

Puedo imaginar a Sarmiento y a los estudiosos de cada época, fascinados con las oportunidades de aprendizaje que ofrece la virtualidad, pero eso es harina de otro costal.

¡Salud, prócer!

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