
No bajar los brazos en el trabajo evangelizador. ¡Cualquiera sea la circunstancia o pandemia debemos seguir trabajando por el Reino de Dios! “En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: el Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña...”
La circunstancia de la pandemia puede traer un riesgo y es el de bajar los brazos en la tarea evangelizadora. Los pastores hemos sido llamados a anunciar el Reino, pase lo que pase y suceda lo que suceda.
El virus existe pero la Vida no puede pararse, la enfermedad camina pero los países deben continuar viviendo, la pandemia existe pero la Iglesia no puede pararse. ¡Hay que seguir evangelizando! Este evangelio dominical nos impulsa a servir en el trabajo evangelizador cualquiera sean las circunstancias que nos toque vivir. Los pastores no podemos estar esperando que lleguen tiempos mejores, nos debemos a nuestro pueblo y con él debemos estar.
Reflexionemos las lecturas. La gratuidad y la grandeza de la recompensa que Dios reserva a los que trabajan por la extensión del cristianismo forman parte de los pensamientos de Dios que, se nos dice en la 1ª Lectura, no coinciden con los nuestros. No hay arbitrariedad en la conducta de Dios al igualar a todos con un denario porque “el Señor es bueno con todos”, según leemos en el Salmo Responsorial, y porque el denario es un tesoro inmenso: la vida eterna.
La recompensa divina, un denario, excede de tal manera el esfuerzo realizado por nosotros. Quien ha sido llamado al alba no puede pensar que tiene más méritos que quien fue convocado a mediodía o en el crepúsculo de su vida. Este último no debe creer tampoco que es demasiado tarde para rehacer su vida cristiana. Un buen hijo no debe pensar que su padre le debe algo porque cumplió lo que le mandó: “cuando hayáis cumplido todo lo que se os mandó, habéis de decir: somos siervos inútiles, no hemos hecho más que lo que teníamos obligación de hacer” (Lc 17,10).
Escribiendo a los cristianos de Filipo, San Pablo les decía: “para mí, la vida es Cristo y una ganancia el morir” (2ª Lectura). Trabajar porque Jesucristo sea conocido y amado debe ser para nosotros también un honor, la razón de nuestra vida. No un peso sino un gustoso deber. Si hay quien tiene el orgullo y la satisfacción de trabajar en puestos de alta dirección política o financiera, de gestión empresarial o deportiva, etcétera, ¿no produciría extrañeza el considerar gravoso el empeño por el Reino de Cristo?
“Id también vosotros a mi viña”. Ninguno de nosotros tiene derecho a pensar que nadie le ha contratado. La Iglesia nos llama en esta hora del mundo. Jóvenes y viejos, ricos y pobres, incluso los niños, como recuerda el Concilio Vaticano II (Cfr A. A.,12), ¡todos! son útiles en el trabajo de cuidar la viña: ararla, abonarla, protegerla de las plagas, podarla, recolectar los racimos con los que elaborar el vino que alegra el corazón, anticipo del que el Señor servirá al final, como en Caná, premiando nuestro modesto servicio.
Estos son los tiempos de Dios para su Iglesia. No podemos quedarnos de brazos cruzados y con las puertas de nuestras Iglesias clausuradas por miedo al virus. ¡Es hora de puertas y brazos abiertos para anunciar el Reino!
Preguntémonos desde estas enseñanzas de Jesús: ¿hago míos los objetivos de la Iglesia? ¿Me preocupa la gente, la confusión e incertidumbre con la que vive, su vacío, su tristeza? ¿Procuro ayudar material y espiritualmente a quienes veo necesitados o me he ido acostumbrando a que como todo es pandemia no tengo obligación de ayudar? ¿Que la realidad es algo irremediable y esto no tiene solución?
El Señor nos llama. No quiere vernos parados y diciendo que nadie nos ha contratado. Hoy, en esta celebración dominical, Jesús se dirige a cada uno de nosotros: id también vosotros a mi viña.







