Entrevista a Guillermo Arriaga: “Los seres más cercanos son los que te provocan más dolor”

Está acostumbrado a los premios. Es el guionista de una película como Babel, que recibió 14 candidaturas al Oscar y al Globo de Oro (ganando en mejor película). Acaba de obtener el Premio Alfaguara, uno de los más destacados de habla hispana, con Salvar el fuego, su última novela. Aquí habla sobre su relación con la escritura (“¡Mataría por escribir como Borges!”, confiesa) y los libros (“El libro es una lucha contra la muerte”). Y nos abre la puerta a su última historia.

13 Sep 2020
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Alejandro Duchini

PARA LA GACETA / BUENOS AIRES

Salvar el fuego, del mexicano Guillermo Arriaga, es la novela ganadora del Premio Alfaguara 2020. 659 páginas. Pudieron ser 1.500. Cuatro años y cuatro meses de escritura y reescritura. Se lo cuenta Arriaga a LA GACETA Literaria desde su casa de México DC. Bien vale leer la historia del condenado José Cuauhtémoc, asesino del padre y justiciero a la manera en que se puede ser justiciero en el mundo narco mexicano. Es también la historia de Marina, una bailarina de clase acomodada, casada, con hijos, aburrida de la vida que lleva y que cae ante el encanto de Cuauhtémoc en el corazón del mundo carcelero. La tercera historia es la de Ceferino, un padre que estira las exigencias de la educación hasta generar odio en los hijos. Hay más personajes. El ritmo del relato es acelerado, intenso. Genial. Basta con leer las dos primeras páginas. “El tipo levanta el cañón del arma y le apunta a los ojos. ‘Hasta acá llegaste, pendeja’”, se lee. El viaje es de ida. Sin paradas intermedias.

Arriaga nos cuenta que sus novelas suelen llevarle más tiempo y más páginas de lo que podría considerarse normal. El salvaje le llevó cinco años y medio. Para el cine, lo mismo. Con Amores perros estuvo tres años, antes de que se convierta en la trilogía cinematográfica que hizo junto a Alejandro González Iñárritu y se continuó con 21 gramos y con Babel.

“Reescribo y reescribo y reescribo. Soy muy detallista”, susurra desde su estudio, rodeado de calaveras de distintos tamaños. “Las calaveras me recuerdan que me voy a morir y entonces más vale que deje una obra”. Por eso pretende que sus textos le cierren por todos lados. Escribe todos los días y en todo lugar. “En Navidad y en aviones y en cafés y en hoteles y hasta en taxis”. En esa búsqueda de perfección incesante encuentra su sentido a la vida. “El libro es una lucha contra la muerte”, dirá. Y también: “Para los Bantú no mueres mientras alguien pronuncie tu nombre”. Sin embargo, no cree en la reencarnación. “No soy creyente. Para mí la vida se acaba y se acaba. Más vale entonces que hagas algo con ella. Así como el creyente encuentra su sentido en la creencia de la vida eterna, yo necesito un sentido de muerte”.

En su estudio hay unos 5.000 libros repartidos en bibliotecas, mesas y hasta en el piso. Tiene materiales de cine y psicología, pero sobre todo ficción. “No todos fueron leídos, pero me gusta saber que están. A la vez, es la mejor herencia que puedo dejar a mis hijos”. No tiene problemas en abandonar libros si no le gustan. Otro de sus hábitos es la relectura. Al momento de esta entrevista está volviendo a Pedro Páramo y a Cien años de soledad. Ama la lectura desde chico, cuando por déficit de atención la escuela le costaba demasiado.

La lectura le enseñó que se organizaba mejor contando historias. El cine y la literatura se lo confirmarían luego. Entre los escritores argentinos admira a Jorge Luis Borges: “Tiene una gran influencia en mi obra”. También a Ernesto Sabato y Eduardo Sacheri. “Pero las escritoras argentinas están haciendo un papel extraordinario”, dice antes de mencionar a Samanta Schweblin, Mariana Enríquez y Selva Almada. Dice que tiene “un profundo amor” por Argentina y que espera volver. Cree que tanto su México como nuestra Argentina “tienen muchos otros países dentro de un país más grande”.

Una operación mal hecha a sus cuatro años le provocó la pérdida del olfato. Lo único que puede oler son animales salvajes. Viene de una familia trabajadora y creció en un barrio en el que varias veces había que dirimir cuestiones a los puños. A sus 13 años ya medía 1.88. “Venían tipos de 25 años y había que pelear. Eran golpizas brutales”, recuerda.

“En el arte se hace lo que se puede, no lo que se quiere”, dice uno de sus personajes en Salvar el fuego. Le pregunto por esa frase y contesta: “Si hiciera lo que quisiera hubiese escrito una obra maestra. Pero no todos podemos jugar como Messi. Hay cosas que no están en uno”. Y agrega, en términos futboleros: “Me hubiese gustado jugar como Zidane, que era de mi estatura, o Sócrates o Platini. Pero no se me dio. No tengo el punto de gravedad que tiene Messi o que tenía Maradona”. Y luego, en lo suyo: “También hubiera sido lindo escribir como Borges. ¡Mataría por escribir como Borges! ¿Entiendes? En el arte, entonces, se hace lo que se puede”.

Ceferino, el padre déspota que muere quemado por su hijo José Cuauhtémoc, es uno de los personajes que más llama la atención de la novela. El dolor que provoca en sus hijos, quienes crecen a la silenciosa sombra de sus exigencias, mascullando una bronca que no se detiene, nos lleva a, como dice Arriaga, “los dramas shakesperianos o de los griegos”. Y remata: “Es que los seres más cercanos son los que te provocan más dolor, rabia y rencor. Cuando es tu propio padre el que te humilla, el que te aplasta, el que te destruye, pues te va generando un rencor absoluto. No es lo mismo que lo haga alguien ajeno, que puede darte rabia, sí. Pero cuando el dolor te lo provoca alguien que debe dar afecto lo que se genera es una mayor efervescencia”. No se pierdan la vida de Ceferino.

Entre sexo, asesinatos, desesperación y hasta honor se nos van las más de 600 páginas de Salvar al fuego. Pero de todo eso, Arriaga quiere destacar el amor. “Porque ése es mi tema”, dice. “Mi obra es una reflexión sobre el amor… El amor en todas sus manifestaciones: el materno, el paterno, la amistad, el amor romántico, el amor a los hijos. El amor”.

© LA GACETA

Perfil

Guillermo Arriaga nació en la Ciudad de México en 1958. Narrador y cineasta, estudió Comunicación Social, fue profesor y coordinador académico de la licenciatura en Comunicación de la Universidad Iberoamericana. Obtuvo el Premio Mazatlán de Literatura 2017 por El Salvaje. Es el guionista de la trilogía Amores Perros (2000), 21 Gramos (2003) y Babel (2006). Las tres películas se llevaron un total de 18 nominaciones a los Oscar y los Globo de Oro (Babel ganó el Globo de Oro a la mejor película).

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