22 Agosto 2020

Por Juan María Segura, experto en Educación.-

La educación para la ciudadanía mundial (ECM) o global, adecuadamente definida en el ODS de la Agenda 2030 de la Unesco, es un objetivo estratégico para cualquier sistema educativo del mundo. Este capítulo de contenidos y saberes incluye elementos tan importantes como son los valores para vivir en una misma comunidad y proyecto colectivo, cuestiones de globalización y diversidad cultural, equidad de género y las propias competencias del siglo XXI. Fallar en la adecuada integración de estos elementos al diseño curricular y a la práctica de aula es debilitar al perfil social, productivo, político y cosmopolita del aprendiz, perdiendo la oportunidad de formar ciudadanos sensibles con la diversidad cultural y activos en la preservación de la paz mundial y de la propia comunidad.

En esta sección en particular y en comparación con los otros sistemas de la región, Argentina muestra una notoria debilidad en el área de las competencias del siglo XXI, con ausencias preocupantes de pensamiento crítico, responsabilidad personal, creatividad, tolerancia y resolución de problemas, por mencionar las más importantes. A pesar de la existencia desde hace décadas de metodologías de aprendizaje que favorecen el desarrollo de esas competencias (como el sistema Montessori o la metodología Accelium, por mencionar algunos), nuestro país aún no ha logrado ni crear equipos pedagógicos expertos en esos nuevos saberes, ni ha logrado hacerle un espacio estructural dentro de la currícula oficial. Así, la decisión de cualquier escuela de sumar metodologías que habiliten esos aprendizajes termina siendo una pulseada entre el espacio curricular de la metodología ingresante versus el contenido que deba ser reemplazado o desplazado. Además, mientras los contenidos curriculares centrales de matemáticas y lengua muestren resultados subóptimos (verificables a través de cualquier examen estandarizado realizado en los últimos años), la escuela siempre estará incentivada para dictar más horas de contenidos curriculares centrales, y menos de ingredientes de ECM.

Desatender las competencias del siglo XXI en un mundo hiperconectado y de cultura digital, no solo es una preocupante omisión de diseño, sino que es una gran irresponsabilidad de la política educativa, más allá de lo que diga Unesco. Graduar alumnos débiles en estas áreas críticas para el mundo del trabajo y la producción es restringir el potencial de expresión de los niños, dificultar su tránsito por los niveles educativos y formativos subsiguientes, y, en última instancia, limitar sus oportunidades de movilidad social. Sin estas competencias, sin estos ingredientes, estaremos graduando ciudadanos mal equipados.

Hablar de saberes y destrezas es hablar de equipamiento, y hablar de siglo XXI es hablar de vínculo con el universo de problemas y recursos que ofrece la época. Esta aldea global entrelazada, encaminada hacia una novedosa (¿cuarta’) revolución industrial y productiva, en donde un virus filtrado en una punta del planeta genera un bloqueo mundial sin precedentes en tan solo 3 meses, demanda equipamientos particulares a los egresados del sistema educativo. Equipar a los egresados en destrezas transversales de pensamiento y razonamiento es tan importante como equipar adecuadamente una sala de operaciones o una fábrica. En ambos lugares se necesitan los mejores instrumentos y operadores para resolver problemas. Eso es lo que deberá hacer un egresado durante su vida adulta, resolver un problema detrás de otro, mientras se van moviendo y desplazando al ritmo al que lo hace el entorno en donde desarrolla su plan de vida.

Justamente días pasados escribía sobre la creatividad, y preguntaba por qué necesitamos que nuestros hijos y los alumnos de nuestras escuelas y universidades sean creativos. Estoy convencido que serán desafiados como nunca antes otras generaciones lo estuvieron. La creatividad, adecuadamente internalizada como proceso de pensamiento, favorece la adaptabilidad frente a cambios radicales de entorno, y habilita un diálogo de reflexión interior que da forma al carácter de la persona. Quienes deciden crear, tomar riesgo y salirse de la caja, con mucho de audacia y algo de pericia, emprenden un recorrido de iteración y aprendizaje que puede durar una vida entera. Y, en dicha aventura, seguramente encuentran la oportunidad de innovar en cada instancia laboral que enfrentan. Esta es la trascendencia que poseen los ingredientes de la ECM relacionados a las competencias del siglo XXI, este es el verdadero valor de alfabetización que cumplen.

Es importante señalar que el conjunto de competencias indicadas busca alfabetizar para un nuevo entorno de vida y de relaciones. No son un “recurso sofisticado” para ayudar a los emprendedores a lanzar unicornios, sino que son parte de la nueva matriz de destrezas básicas que debe dominar con naturalidad cualquier ciudadano, por más sencillo que sea su proyecto de vida y su actividad profesional. Dominar estas destrezas es manejar nuevos lenguajes habilitantes de un diálogo fértil y fluido con los problemas y las oportunidades de la época. Al final del día, de eso estamos hablando: lenguajes, diálogos, integración, realización individual y colectiva.

Así como la robótica y la programación ganaron territorio curricular en los últimos años, ahora debe llegar el turno de las competencias críticas del siglo XXI. El graduado del sistema educativo argentino debería crear su propio empleo, no demandarlo. Y para ello debe lograr autogestionarse, interactuar con naturalidad con la tecnología, y hacer del mundo su territorio de operaciones. Con las herramientas correctas y las destrezas pertinentes, difícilmente se quede sin combustible en la mitad de su trayectoria.

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