
Marcelo Martino, doctor en letras.-
El jardín de mi mamá
Por Luciana García Barraza
mamá cuida sus plantas como quien rescata el corazón del ciervo en la última noche:
yo miro sus gestos huérfanos (ningún signo es digno hoy para pedir perdón);
yo miro la consistencia de su silencio como el latido que da vida a todos los frutos;
yo miro -siempre de lejos- el sobrevivir sin corrupciones y la herencia de sacrificios invisibles.
ah, este jardín hondamente se me cuelaquieta mi madre, salva
Tomar distancia para el disfrute
“El jardín de mi mamá”, de Luciana García Barraza (nacida en 1996, integrante del colectivo poético Perfectxs Desconocidxs y del grupo de narradoras orales Trótulas), forma parte de su poemario “broza”, publicado en 2018 por la editorial independiente La Cimarrona. Una actitud contemplativa, intimista, le da cohesión al poema. El yo poético mira, desde cierta distancia, los gestos que su madre despliega en el cuidado de sus plantas. Gestos delicados, dotados de sacralidad y pureza. Es necesario, paradójicamente, estar lejos para contemplar ese ritual silencioso e íntimo, y dejarse penetrar por él, dejarse embelesar por esas manos en movimiento que, sin embargo, salvan en su quietud, en la calma profunda que transmiten.
Para contemplar el texto de Luciana y aprehenderlo con mayor intensidad tal vez sea recomendable tomar distancia también, mirarlo desde arriba para captar el delicioso conjunto en el que se engarza. “El jardín de mi mamá” integra la sección de su libro titulada “el velorio de las flores”, compuesta en su totalidad por poemas en prosa. Desde el título están presentes esas flores que suponemos en el jardín de la madre y que atraviesan, incluso en su ausencia, todo el apartado. Pero también ahí está esa idea de la muerte, del marchitarse, de la ceremonia de la despedida, de la última contemplación. Al “velorio de las flores”, que le da lugar también a la “nostalgia del padre” (reforzando todas las posibilidades de sentido que habilita la preposición), se accede a través de un epígrafe de Inés Araóz: “No quiero deberle nada / todo he de decir / y será nada”. Estos versos, bellos y elocuentes en su condición paradójica, marcan el tono existencialista y melancólico de los poemas de Luciana, y desembocan circularmente en la última prosa poética, sin título, que cierra también el libro. Los primeros versos de este texto (“broza mi palabra, su cadáver baldío”) retoman las imágenes de la muerte, del vacío, de la inutilidad del decir, y lo hacen, nuevamente, a través de imágenes vegetales.
Para contemplar el jardín, decía más arriba, hay que tomar distancia, y así poder percibir que está rodeado por malezas, por broza, por residuos, que lo delimitan y destacan. Recién entonces hay que volver a acercarse, pero sin olvidar que aquello que ha sido desechado, la broza, es en realidad lo valioso, que allí reside el punto de contemplación. Que el jardín, en definitiva, que la madre y la nostalgia no existen sino en función de esa broza, que es nada, después de haberla puesto, toda entera, en palabras.







