El Ojo Crítico: “Ofrenda a la tormenta”

El esperado fin de la trilogía de Batzán llegó con altibajos.

30 Jul 2020 Por Nicolás Iriarte
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ÚLTIMAS VUELTAS DE TUERCA. Amaia Salazar (Marta Etura) y el juez Markina (Leo Sbaraglia).

BUENA

PELÍCULA / POR NETFLIX

“Las nueces simbolizan el poder de las mujeres en el Baztán”, explican durante “Ofrenda a la tormenta”. La referencia es al valle enclavado en Navarra, al noreste de España, lindante con Francia y dotado de tanta mística y oscuridad por Dolores Redondo, autora de las exitosísimas novelas que conforman, justamente, la trilogía de Baztán. Todas ellas fueron llevadas a la pantalla grande por Fernando González Molina, director y uno de los encargados de intentar lo que tanto cuesta en el rubro: reflejar fielmente en la película lo que sucede en el libro. Sobre todo en libros tan bien valorados como los de Redondo, ganadora del premio Planeta en Europa.

Pero volvamos a la frase del comienzo. Quizás no sirva para sintetizar la saga ni la película, pero la hechicería y los rituales que forman parte de la trilogía se basan en apreciaciones como esas. Pero sí ayuda -está pronunciada sobre el final- a darnos cuenta de que esta película tal vez sea la que más alejada del libro correspondiente parece estar. No porque se haya cambiado lo que escribió Redondo, sino porque González Molina se arriesgó a abarcar más de lo necesario. Está claro que las novelas difícilmente quepan con todos sus detalles en un largometraje, pero “Ofrenda a la tormenta” lo intenta y los resultados no han resultado los mejores.

La película debería haberse estrenado en los cines pero forzó su aterrizaje en Netflix por la pandemia y toma las cosas exactamente dónde las había dejado “Legado en los huesos” (la primera fue “El guardián invisible”). La inspectora Amaia Salazar (nuevamente interpretada por Marta Etura) sigue tratando de desenmarañar el misterio de los rituales satánicos y los bebés desaparecidos. El juez Markina (Leonardo Sbaraglia) gana protagonismo y esa ambigüedad que se veía de él al principio continúa hasta el final de la película.

La primera hora (son en total 140 minutos) es lo más parecida a las dos primeras películas: un policial frío, oscuro, con suspenso, actuaciones sobrias y enigmas más “sencillos”, por así llamarlos. Da la sensación de que lo que viene después es un intento por meter a la fuerza todo lo que el libro tiene. Quizás era la única manera de desenredar una trama que se había enredado bastante, pero la conclusión es que en el libro resultan mucho menos forzado el final y los secretos que salen a la luz en la película. Uno tras otro, con giros sobre otros giros, sobre otros giros.

En el medio, la historia personal de Amaia sobrevive a los problemas narrativos. Su intento de hacer todo sola, revolviendo su pasado, llevándose el mundo por delante y hasta olvidando a parte de su familia recuerda a los talentosos jugadores que pretenden ganar agarrando la pelota y yendo para adelante sin confiar en el resto del equipo. En un momento lo advierte y termina haciendo lo que los mejores deportistas (e inspectores) hacen: pasar la pelota. Hacer mejores a sus compañeros en pos del conjunto en pos de la resolución de los crímenes.

Las nueces, además de un arma asesina, como también aprendemos, simbolizan el poder de las mujeres en Baztán. El poder de Amaia, por ejemplo. La frase se oye bien pero, en este caso, tal vez se lea mejor.

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