“El peronismo está aprovechando la pandemia para inclinar la cancha institucional”
El historiador italiano dice que advierte en la Argentina del presente “la repetición de un guión mil veces visto”, y es la confusión entre partido y Estado. “Cuando existe una voz unívoca, la división del poder no tiene razón de ser”, observa.
Nacido escéptico, pero convencido de la democracia liberal: así se define a sí mismo Loris Zanatta (Forlì [Italia],1962), un historiador que dedicó su atención a la Argentina hasta convertirse en un argentino por adopción. Desde la académica ciudad de Bolonia, donde enseña y reside, Zanatta dice que le gustaría regresar a Tucumán y contemplar los cerros que lo dejaron boquiabierto hace 10 años, cuando vino a dar clases. El aislamiento no impide a este ensayista e investigador permanecer “cerca”, y ejercer la mirada afilada que lo caracteriza. “El peronismo está aprovechando la pandemia para inclinar la cancha institucional”, postula en esta entrevista remota.
Bastan las primeras palabras que Zanatta pronuncia para corroborar que no habla español, sino “porteño”. Su castellano rioplatense es llamativo porque ni él mismo sabe cómo lo adquirió. Y sorprende que admita que está perdiendo el dominio sobre el idioma materno de Jorge Luis Borges. Al parecer, en cierta época Zanatta llegó a tener el acento de un nativo: “no identificaban que no era argentino. Ahora me falta el vocabulario. No estudié nunca una hora de castellano en mi vida: me resulta imposible. Lo aprendí en la calle, cuando me mudé a Buenos Aires para hacer mi doctorado en 1989. Estuve viviendo en la capital unos 10 meses y se ve que me gusta mimetizarme con el ambiente”.
El punto de la lengua es relevante porque Zanatta no sólo la habla, sino que también la escribe con maestría. “Es que yo soy un novelista frustrado o, por lo menos, un novelista en tránsito”, cuenta. Y precisa que sus ensayos están cada vez más redactados con un estilo de ficción: “para mí la forma no se puede escindir del contenido. Es extraordinariamente importante. Es más, prefiero que me digan que una nota está bien escrita a que el contenido resultó interesante”. Su prosa se parece, en algunos giros, a la del cineasta y escritor napolitano Paolo Sorrentino, a quien Zanatta sigue, pero sin llegar al fanatismo. “Hay una dimensión grotesca afín a mi gusto, aunque a veces cae en el kitsch. Sorrentino viene de una cultura muy parecida a la de América Latina. Bueno, Nápoles fue España durante siglos. Toda la línea ‘Evita-Maradona-El Papa-Guevara-Etcétera’ sigue siendo muy popular en algunas partes y es la imagen latinoamericana que a muchos les gusta”, observa.
- ¿Cuánto de esa fascinación por las personas explica el desinterés por las instituciones, que por definición deben trascender a sus conductores coyunturales?
- Hay un encantamiento por la figura romántica de esa especie de bandido que se sale de las reglas, que niega las instituciones y que es una clase de nuevo Jesucristo: de esto estamos hablando. La llaman cultura popular, pero yo creo que es la cultura de cierta parte de las élites que les gusta pensar en personajes míticos que nos salvan y redimen, y nos moralizan. Para mí esto es terrible.
- Usted es muy crítico del Papa Francisco, pero mi pregunta es si lo fue siempre o si acaso se fue desencantando.
- Eso me arruinó la vida a mí. Acaba de salir en Italia mi nuevo libro titulado “El populismo jesuita. Perón, Fidel, Bergoglio” y veo que ha generado un debate aquí que no esperaba porque trata sobre asuntos latinoamericanos, pero entendieron que estaba también hablando de nosotros o de la realidad universal. A pesar de que he dedicado mucha investigación a la Iglesia argentina, porque mi tesis de doctorado ya era sobre eso, no conocía al personaje (Jorge) Bergoglio cuando llegó a El Vaticano. No lo tenía claro: mi expectativa era baja, pero no sabía cómo ubicarlo en la historia eclesiástica argentina. Luego fui leyendo sus trabajos del pasado, especialmente los de los años 70 que están aún en la página de la Universidad de El Salvador, que aconsejo mucho, y en cierto sentido me frustró descubrir un representante bastante clásico, con sus peculiaridades, de la corriente mayoritaria del catolicismo argentino, que reivindica el mito de la Nación católica. Entiendo que esta idea de un pueblo que está por encima de las instituciones del país es uno de los grandes problemas culturales de la historia. Terminada la Dictadura, hubo en un cierto momento un debate en el catolicismo en el que daba la impresión de que iba a reafirmarse la cultura liberal siempre castigada, minoritaria y reprimida, es decir, la del diálogo, la convivencia con el mundo moderno, la democracia y el pluralismo, pero la elección de Bergoglio confirmó que eso no iba a suceder. La tradición sigue siendo la misma: un pueblo católico mítico que hipoteca las instituciones.
- Es curioso que usted hable del populismo jesuita porque la Compañía de Jesús introdujo en Tucumán la primera idea de justicia después de la conquista y la colonización. Hasta ese momento aquí solo había expoliación...
- Cuando hablo del populismo jesuita me refiero a una línea histórica a la que no pertenecen todos los jesuitas y que, al mismo tiempo, no se limita sólo a ellos. En cierta medida ellos fueron la vanguardia de un movimiento que arranca en la colonia y que está basado en la restauración del Reino de Dios en la Tierra. Es el sueño de la creación de un orden integralmente cristiano: claro que a lo largo del tiempo esto va cambiando de forma. Los grandes populismos del siglo XX, el peronismo, el castrismo y el chavismo, ya no tienen una vinculación explícita con este universo religioso, sino que se transformaron en religiones políticas. Esas mismas ideologías se convierten en credos que sacralizan la política. Estos grandes populismos heredan la visión jesuítica de un orden sagrado fundado en la comunidad de la fe. Después que la fe se llame justicialismo o lo que sea: como decía Fidel Castro, finalmente son todos nuevos cristianismos. Él afirmaba que eso era su comunismo, cuya ambición es salvar al ser humano, redimirlo y purificarlo. En mi libro desarrollo la idea de que estas visiones del mundo son orgánicas, jerárquicas y corporativas, y se basan en un Estado que pretende tener la misión de catequizar a la población y de convertirla. Seguramente es una visión muy inclusiva porque cada uno tiene su lugar y su función, donde el sentido de pertenencia es excepcionalmente fuerte como lo ha sido siempre en toda comunidad de fe, el problema es que esta concepción del mundo, si podía tener sentido en las reducciones jesuíticas del siglo XVII, que era una edad todavía dominada por lo sagrado, no es compatible con la democracia en la medida en que no tolera la diversidad y la afirmación individual.
- ¿Por qué?
- El éxito personal es visto como la ruptura de la solidaridad corporativa y la prosperidad, como la corrupción de una pureza originaria, y, por lo tanto, es una ideología que lleva más a combatir la riqueza que a extirpar la pobreza. Y el pobre es visto como el arquetipo de la moralidad de la población. Mi idea es que esto da como resultado una sociedad extremadamente paternalista que no incentiva la innovación y, por lo tanto, causa muchas de las plagas que afectan a Latinoamérica: la falta de desarrollo, la desigualdad, la escasa movilidad social… Si uno no es un individuo, sino un pobre, va a ser más difícil salir de la pobreza porque no es un camino individual, sino un camino de todos los pobres y es muy improbable que una sociedad que ve en los pobres el arquetipo de la virtud elimine la pobreza. En mi libro le dedico un capítulo a la reducción jesuítica porque de forma casi inconsciente es el modelo de los populismos contemporáneos: ya en aquella época buscaba una nueva Jerusalén con los criterios que mencionaba donde la afirmación individual no estaba permitida. Los padres jesuíticas representaban el Estado ético, y los guaraníes eran finalmente menores de por vida o niños que nunca iban a tener la oportunidad de formar su propio destino. Y los jesuitas salvaban su alma misionándolos. Es un paternalismo que encontramos en todos los populismos de hoy, y las sociedades así no maduran en el sentido de responsabilidad, de individualidad y de ciudadanía.
- Sé que usted ha dicho que está un poco harto de la Argentina…
- ¡De manera cariñosa! Es mi segunda casa por eso me enfado. La quiero mucho y por eso me enojo como me enojo con mi propio país.
- Me alegra que así sea porque quería preguntarle cómo ve al presidente Alberto Fernández tras siete meses de gestión.
- La verdad es que estoy muy angustiado y preocupado, y que quiero equivocarme. Espero que la distancia me esté haciendo distorsionar mi percepción. Pero el Presidente me está resultando una gran decepción: no le veo una línea, una doctrina, un ideal, sino que me parece un hombre que cambia de ideas según las circunstancias, y, por lo tanto, con poca aptitud para manejar un país en la situación tan grave y peligrosa que atraviesa la Argentina. Más allá de mi impresión sobre la figura presidencial, que puede ser errada, me interesa la perspectiva histórica y es ella la que me angustia porque veo repetirse un guión mil veces visto. Primero, cuando el peronismo llega al poder, a pesar de que todos siempre pensamos que habrá una versión moderada, renovadora y reformadora, este sigue expresando su cultura que no asume la forma liberal de la organización institucional del Estado y confunde todo el tiempo partido con Estado, lo privado con lo público, y que termina desempeñando la suma de los roles de la película: es Gobierno y es oposición. Nadie habla de la dialéctica entre oficialistas y opositores que debería haber en una democracia sana, sino de Cristina (Kirchner) y de Alberto. Esta interna del peronismo ocupa todo el espacio. Además, ese movimiento, al confundirse con la nacionalidad y el Estado compartido, está aprovechando la situación creada por la pandemia para inclinar la cancha institucional. Sus nombramientos en el Poder Judicial; sus avances en la propiedad privada; la liberación de presos de forma bastante discutible, etcétera, expresan que, una vez más, está vigente la idea de que el Estado pertenece al peronismo por derecho propio o divino, como si no fuera un espacio neutral que corresponde a todos los argentinos. En lugar de ello, vuelvo a ver una especie de cancha donde el peronismo es jugador y árbitro al mismo tiempo.
- Muchos dudan sobre quién manda...
- El peronismo sigue siendo un movimiento con una cultura de tipo protorreligiosa. En su vida interna no tiene una dialéctica transparente y reglamentada. Sus líderes se disputan la fuente de la verdadera fe. Es decir, ¿quién representa el verdadero peronismo? ¿Es Alberto? ¿Lo es Cristina? Las guerras por la fe se transforman en guerras de religión. Ya pasó en los años 70: todas las corrientes del peronismo quería ser el verdadero peronismo de Perón y se mataban entre ellos. A veces me parece que Alberto Fernández trata de correr a Cristina Kirchner por la línea de la radicalización para adueñarse de la bandera y legitimarse. La guerra por la fe no permite la moderación: no hay compromisos ni mediaciones porque la fe debe ser pura. Estos fenómenos ya ocurrieron y se están repitiendo.
- ¿Cómo se inserta el coronavirus en este panorama?
- La pandemia es un problema serio. Vivo en Italia y hemos visto qué significa. No soy de aquellos que la toman a la ligera. En la Argentina en cierto momento y de a poco se ha pasado de enfrentar una crisis universal, que es una crisis de gobierno y de cómo gobernar una gran plaga, a una especie de cruzada donde el encierro aparece como expiación. En el lenguaje del oficialismo y del peronismo, la pandemia se empezó a percibir cada vez más como una ocasión de redención, no como algo que puede pasar y está pasando en la vida de todos, sino como un castigo divino que viene a poner en discusión la libertad, la democracia, el libremercado y el capitalismo. ¿Cuántos discursos estamos escuchando en esa dirección? Es un sueño, un wishful thinking, un deseo que se espera. Hay muchos hinchas de la pandemia que la ven como una sanción divina que viene a liberarnos de lo que en la cultura peronista es considerado el pecado. En el futuro, como dice el presidente Fernández, todos seremos mejores, más felices, más buenos, etcétera. El sueño final es siempre el Reino de Dios en la Tierra. Es la idea providencialista de la historia donde adviene la salvación y en ese plan cualquier autoridad se siente con el derecho de imponer cualquier cosa.
- ¿Cómo se explica la relación tortuosa que hay con el Poder Judicial, una institución que parecería no conformar a nadie?
- Llama mucho la atención cómo se habla en la Argentina de un juez, un procurador o un fiscal: siempre se dice a qué corriente política pertenece. Esto no es algo exclusivo de ustedes: la politización de la Justicia es un problema universal. La verdadera independencia de los poderes no existe en la naturaleza, ni siquiera en los países anglosajones. Entonces, es una cuestión de grados. En la Argentina y en otras sociedades que tuvieron experiencias populistas radicales el concepto mismo de la independencia judicial ha ido perdiéndose. Allí donde durante mucho tiempo se ha cultivado la idea de que existe un pueblo mítico y homogéneo, que tiene el patrimonio de la moralidad, aceptar la división de los poderes es muy difícil. Si el pueblo es uno, se expresa por medio de una voz unívoca y, entonces, la división del poder no tiene razón de ser.
Un cuestionador del populismo
El catedrático Loris Zanatta es un historiador especializado en la cultura política latinoamericana y un observador empedernido de la Argentina. Publica sus notas analíticas en medios americanos y europeos, y ha escrito una serie de libros críticos del populismo, entre ellos, “Del Estado liberal a la Nación católica. Iglesia y Ejército en los orígenes del peronismo. 1930-1943” (1996); “Perón y el mito de la Nación católica. 1943-1946” (1999); “Historia de América Latina: de la Colonia al siglo XXI” (2012) y “El populismo” (2013). En la actualidad dirige el Máster en Relaciones Internacionales Europa - América Latina en la Universidad de Bolonia.








