ORGULLO DOBLE. “Mono” Campos encadenó una carrera casi perfecta. Ahora es feliz viendo a su hija Agostina (a su derecha) triunfar en el deporte de la ovalada.

San Pablo es un pueblo futbolero por naturaleza. A través de los años fue una constante vertiente de grandes jugadores que brillaron en el orden local y nacional. Allí nacieron futbolistas de la talla de Orlando “Lito” Espeche, Juan Carlos Daza y Gustavo Ibáñez, quienes llevaron su bandera bien alto.
Otro de los grandes oriundo de esos pagos es José Ernesto Campos, un delantero veloz y picante en los últimos metros. “Mono” paseó su fútbol dentro y fuera de nuestras fronteras. Consiguió varios logros deportivos y fue uno de los puntales de aquel San Martín de luxe que, en 1988, llegó a Primera desde la Liga local, en un hecho histórico y sin precedentes en el fútbol criollo.
A los 57 años, Campos revivió junto a LG Deportiva una carrera impecable, que todos recuerdan en su San Pablo natal y mucho más allá.
- ¿Cómo comenzaste?
- Desde que empecé a caminar siempre tuve una pelota a mi lado. A los 16 años, jugando en los torneos infantiles de la zona, me hablaron para que fuera a San Pablo. Rápidamente me gané mi lugar; primero en Sexta y luego en Quinta. A los 20 años, “Lito” Espeche que era el DT de Primera, me promovió. En ese equipo brillaban Daza, Ramón Medina, “Ñato” Ruiz y el “Pájaro” Oscar Juárez. Jugar junto con esos tremendos jugadores me ayudó a consolidarme.
- Tuviste una carrera impecable...
- A mediados de 1985, por recomendación de Guillermo Reynoso, me fui a jugar a Atlético Ledesma de Jujuy, pero sólo estuve seis meses allí. Cuando regresé a Tucumán me incorporé a San Martín, en donde estuve hasta 1989. Luego pasé a Oriente Petrolero, donde tuve la alegría de salir campeón y jugar la Copa Libertadores. De allí pasé a Atlético, y en 1992 me incorporé a Emelec de Ecuador, donde también salí campeón, lo que nos permitió jugar la Sudamericana. Desde entonces decidí volver a San Martín, que estaba a punto de jugar el Clausura de Primera división. En 1995 me fui a jugar a San José de Oruro. Allí fuimos campeones nacionales de Bolivia y tuve la suerte de ser el goleador del certamen. Pero en la Copa Libertadores del 96 sufrí una lesión en la pierna derecha que me obligó a dejar el fútbol a los 33 años.
- ¿Qué significó San Martín en tu carrera?
- Fue una enorma vidriera. Haber tenido la oportunidad de integrar aquel recordado plantel que consiguió el ascenso a Primera en 1988 es una de las mayores satisfacciones que tuve. Era un equipo bárbaro, con la calidad del “Capo” Noriega, el “Diablo” Chazarreta, “Pichón” Juárez, el “Ruso” Villafañe, Pedro Robles y Dante Unali. Fue un grupo inolvidable.
- ¿Cuál fue tu mayor logro?
- El ascenso del 88, por la trascendencia nacional que significó pasar desde la Liga a jugar en la Primera de la AFA. Pero también me gustaría resaltar lo que conseguí en Bolivia y en Ecuador.
- ¿La mayor tristeza?
- La lesión de 1996 que me obligó a dejar el fútbol. Lo que más me dolió fue que me dejó sin la posibilidad de jugar un Mundial.
-¿Cómo? ¿Te perdiste la chance de jugar un Mundial?
- Gracias al gran rendimiento que estaba teniendo en San José me hablaron para que me nacionalice boliviano, para jugar en la selección de ese país. La lesión llegó justo en el momento en el que estaba haciendo esos trámites. Fue una enorme frustración porque hubiera sido un digno broche para mi carrera.
Como su hija Agostina juega al rugby, desde hace un tiempo. “Mono” divide su pasión; esa que antes era exclusiva del fútbol. Agostina es capitana de Cardenales, integrante del seleccionado tucumano y de Las Pumitas. “Como padre, siento un inmenso orgullo por todo lo que ella logró en el rugby. Juro que nunca me imaginé que una hija mía terminaría siendo figura destacada en un deporte que no tiene historia en la familia. Ella, cuando era más chica, jugaba al hockey y luego le vieron condiciones para sumarse al rugby y se fue a Cardenales”, sentenció “Mono”, el de la carrera de película a la que le faltó el final feliz.







