Según los políticos, hace falta otra política para cerrar “la grieta”

La covid-19 “jubiló” discusiones, que siguen esgrimiéndose por las limitaciones para procesar el cambio, lee el filósofo Santiago Garmendia.

11 Jul 2020 Por Álvaro José Aurane
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Toda palabra tiene un significado, es decir un concepto, y un significante. Este último es la huella psíquica del signo. O, si se prefiere, su imagen acústica. Es decir, cuando se habla de “perro” no sólo hay acuerdo en que se trata de ese mamífero domesticado por la humanidad, al que se ha llegado a nombrar “el mejor amigo de las personas”, sino que además en la cabeza de los que participan del diálogo “perro”, por así decirlo, “suena” exactamente a eso. Cuando el significante se desplaza, hay una esquizofrenia: los signos “resuenan” a una cosa diferente que la que expresan.

La evocación del 9 de Julio, este año, tuvo por momentos pasajes rayanos en lo esquizofrénico. Durante el mediodía, el presidente Alberto Fernández brindó un discurso en el que convocó a terminar con “los odiadores seriales” y, con delante de cada uno de los gobernadores, propició la unidad, cuestionó la idea de un “pensamiento único” y llamó a la unidad. Por la tarde, hubo multitudinarias manifestaciones cuestionando, precisamente, que el Gobierno no admite el pluralismo: el reclamo fue contra las medidas oficiales vinculadas con la cuarentena por coronavirus, por la intervención de la agroexportadora Vicentin, por la excarcelación de Lázaro Báez y por el hostigamiento contra periodistas críticos. O, en la síntesis de los que marcharon, defensa de las libertades individuales, de la propiedad privada, de la justicia y de la prensa independiente.

El oficialismo nacional leyó que el Presidente habló con el corazón y le contestaron con un banderazo. La oposición federal interpretó que miles de ciudadanos salieron a las calles a pedir que haya coherencia entre lo que el Gobierno dice y lo que hace.

El resultado desafía la cordura: en el Día de la Patria, en esta misma nación parecía haber dos países irreconciliablemente distintos.

¿Cuál es el significante que se ha desplazado? Ningún otro sino el de la política. Así como la forma de vida de los argentinos cambió de la noche a la mañana por la pandemia de covid-19 y la cuarentena, así como el Estado fue reinstaurado en una centralidad inapelable en un parpadeo, así también la política es hoy una lucha, pero no por la subsistencia en el poder, sino por la superviviencia lisa y llana de los seres humanos. Supervivencia biológica de las personas físicas y supervivencia económica de las personas legales.

“Hay, por supuesto, una capacidad limitada para procesar el ritmo de semejantes transformaciones. Tanto en la política como en la sociedad”, detecta el filósofo Santiago Garmendia. “Entonces vemos que las discusiones apelan a discursos y a discusiones que el coronavirus ha jubilado. Como si fueran piedras sedimentadas, en la escena pública se arrojan conceptos como ‘oligarquía o no oligarquía’. Si se piensan por un instante, en el contexto en que se encuentran hoy el país y el mundo, suenan tan lógicas como que la CGT convoque a un paro general en Marte. De la misma manera, y con las mismas concepciones caducas, no se pensó en hablar de una ‘infectocracia’ sino directamente de una ‘infectadura’”, puntualizó.

Los políticos tucumanos de distintos partidos, curiosamente, expresan ante la consulta de LA GACETA una conciencia común respecto de que la escisión de la sociedad argentina (“la grieta”, a cuya persistencia y profundización adjudican distintos responsables) sólo podrá superarse con la instrumentación de una nueva noción de política.

“La pandemia no es momento para diferencias políticas ni partidarias. Esta es la hora de colaborar todos para salir de la crisis. Este es el mensaje que di el 9 de Julio, que he pregonado desde el minuto uno de la emergencia que significó la aparición de la covid-19 y que seguiré repitiendo hasta que superemos esta situación”, ratifica a este diario el gobernador Juan Manzur.

Como corolario, sentencia: “el coronavirus ha cambiado todos los paradigmas, en todos los ámbitos. Es un tiempo nuevo, con problemas nuevos, que demandan soluciones nuevas”.

Germán Alfaro sostiene que la solidaridad y la unidad no son alternativas. “Son una opción de hierro. Hay que tomarlas sí o sí, porque está en juego la salud de la población. La búsqueda de consensos es el único camino posible”, asevera.

El intendente de la Capital aclara que “la grieta” no es sólo una cuestión de los políticos, sino que atraviesa a toda la población. Y la acicatean desde el común de los ciudadanos en las redes sociales hasta los medios de comunicación nacional. “Hay canales de Buenos Aires que, en lugar de informar, ‘bajan línea’ por uno u otro extremo”, sostiene. De igual modo, advierte que la pandemia le ha traído a los hombres públicos la obligación de abandonar prácticas políticas para siempre.

“Tratar de sacar ventaja de la incertidumbre de la gente es una bajeza. Pero explotar la angustia social es lo más vil. Agitar la grieta es un negocio político de mediocres. Para quien no es negocio es para los argentinos”, subrayó.

Silvia Elías de Pérez coincide en que es la hora de la concordia, pero advierte que el Gobierno nacional la convoca de la manera equivoca. “Cuando el Presidente dice ‘Yo vine acá a terminar con los odiadores seriales’, su apelativo tiene un destinatario puntual y eso intensifica la grieta. Él se dirige a un colectivo de personas que salen legítimamente a reclamar un país donde se respeten la Constitución y la República. Las marchas no pueden ofuscarlo. En vez de poner adjetivo, debería escuchar el reclamo. Eso sería un verdadero gesto de concordia”, reprocha la senadora nacional.

La radical planteó que el discurso presidencial es idéntico al de la campaña electoral y, por lo mismo, diametralmente opuesto a las acciones de Gobierno. “Perjudicó a los jubilados, fue contra la propiedad privada y miró para otro lado cuando desde el Congreso hubo atropellos contra la oposición. Lo de Fernández sólo es discurso”, contrastó.

José Cano plantea que el escenario que se vivió el jueves es el resultado de la devaluación de la palabra pública. “Hacer política como antes de la pandemia es una locura”, advierte el diputado.

“En las marchas del 9 de Julio hay varias lecturas. Por un lado, hay una minoría de lunáticos que salen a generar violencia y de ningún modo se puede pretender que todos son así. De la misma manera, no me parece que todos los que se movilizaron sean opositores. En todo caso, hay gente que hace dos meses apoyaba al Presidente y que se desencantó cuando el kirchnerismo comenzó a ganar terreno en el Gobierno nacional: la intervención de Vicentin fue un quiebre. Y veo también mucha gente que la está pasando muy mal: el trabajador independiente, el emprendedor o el asalariado privado que están teniendo muchos problemas con la pandemia son tan argentinos como el empleado público que tiene garantizado su sueldo aunque la repartición se mantenga cerrada, pero no viven la misma realidad”, contrastó.

“En las marchas también leo una sola convicción: a los argentinos nos une la República. Esa es la lección para los dirigentes. Esa es la nueva política que necesitan estos tiempos”, definió el radical.

Ricardo Bussi plantea que los banderazos son el síntoma de una sociedad que ha dejado de creer en la palabra de los políticos. “Frente a la caída de la palabra política, los ciudadanos salen a poner el cuerpo. Salen a la calle a decir que mientras los políticos se pelean, ellos están a la intemperie, expuestos a la pandemia”, puntualiza el legislador.

“Los únicos debates admisibles hoy son para formular aportes que nos permitan salir de la pandemia y de la crisis. Hasta que no superemos eso, lo demás es superfluo”, aseveró el titular de FR.

El filósofo Gardenia, finalmente, postula que otra noción de política necesita también otra noción de patriotismo. “En sus ‘Cartas a un amigo alemán’, a Albert Camus le preguntan si él haría cualquier cosa por su patria. Y él contesta ‘no’, porque ama tanto a su patria que no puede querer hacer algo que la degrade -recordó-. Así que debemos preguntarnos qué quiere nuestro país quiere que hagamos por él, pero sobre todo; qué es lo que no debemos hacer por él”.

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