El Ojo Crítico: “Adú”

Con las buenas intenciones no alcanza.

03 Jul 2020 Por Nicolás Iriarte
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LO MEJOR DE LA PELÍCULA. Es la actuación de Moustapha Oumarou (izquierda), quien interpreta a Adu.

REGULAR

PELÍCULA / POR NETFLIX

“Adú” es una oportunidad perdida. Una chance despilfarrada para llevar de un lado al otro los ojos del espectador durante dos horas, como si la película fuera un hueso y nosotros los perros. La temática es interesante, actual y desconocida para muchos de este lado del océano Atlántico: el drama de la migración en lo que llaman el único punto de entrada terrestre desde África a la Unión Europea. Melilla, la ciudad autónoma española que se encuentra al norte del continente africano, tiene la frontera más protegida de Europa: 12 kilómetros de largo dividen a Marruecos de España. La famosa “valla de Melilla” funciona como el muro que Estados Unidos amaga con erigir hace años en el límite con México. Sin desmenuzar la comparación, la realidad muestra, en ambos casos, los problemas de millones de personas que van de un lugar a otro buscando una oportunidad.

La película dirigida por Salvador Calvo tiene, entonces, materia prima para hipnotizarnos. Sin embargo, resulta difícil conectarse. La problemática es cierta, pero la manera en la que está representada la hace falsa.

Calvo ofrece tres historias que se conectan por Adú, un niño camerunés que intentará, junto a su hermana, llegar a España para escaparle a la pobreza. También en Camerún, Gonzalo, un activista español del medioambiente, falla seguido en su intento por proteger a los elefantes de los cazadores. Y en Melilla, unos guardias matan a uno de los migrantes africanos que intentan cruzar la valla.

Hasta aquí parece un juego interesante de historias múltiples como el que les gusta ensayar a Alejandro González Iñárritu (“Amores perros” y “Babel”), a Steven Soderbergh (“Traffic”) o a Robert Altman (“Ciudad de ángeles”), pero no.

Trazos gruesos

Hay actuaciones exageradas, golpes bajos y algunas situaciones poco creíbles. Hay una discusión que termina con Gonzalo haciendo “fuck you”. El gesto representa bien a la película: Gonzalo parecía tener un punto (como lo tienen el film y su temática) pero la manera tan infantil, démodé, tan de los 90 de probarlo, es un pelotazo en contra.

La actuación más creíble es la del pequeño (Moustapha Oumarou). Pasa por numerosos escenarios difíciles durante la película y nunca dudamos de sus reacciones. Ni siquiera en el final, cuando da la sensación de que las cosas terminan abruptamente.

Son 120 minutos con buenas intenciones pero que no dejan mucho. El mensaje es positivo, pero sin un buen trazo artístico que lo dibuje sólo suena a una verdad de Perogrullo o algo en lo que todos estaríamos de acuerdo: la gente tiene derecho a migrar, a vivir y a hacerlo dignamente y a no ser menospreciada por su origen o por su raza.

¿Se acuerdan de...?

En menos tres minutos, en cambio, Manu Chao aborda el mismo tema en su canción “Clandestino”, del álbum homónimo, pero con un resultado distinto: no paramos de cantarla desde hace 22 años. “Solo voy con mi pena, sola va mi condena, correr es mi destino para burlar la ley. Perdido en el corazón de la grande Babylon, me dicen el clandestino por no llevar papel. Pa’ una ciudad del norte yo me fui a trabajar, mi vida la dejé entre Ceuta y Gibraltar, soy una raya en el mar, fantasma en la ciudad, mi vida va prohibida, dice la autoridad”. La canción es corta y potente. Ceuta (cerca de Melilla) es otra de las ciudades españolas ubicadas al norte de África y año a año ve cómo cientos de de personas se ahogan en el estrecho en un intento desesperado por arribar a Europa.

No es cuestión de desplegar la genialidad de Manu Chao, pero quizás la película hubiese necesitado la canción como parte de la banda sonora.

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