Conmoción en Artes: una pena que no sirvió para despejar los interrogantes - LA GACETA Tucumán

Conmoción en Artes: una pena que no sirvió para despejar los interrogantes

Última parte.

30 Jun 2020 Por Gustavo Rodríguez

El invierno había adelantado su llegada en la noche del 21 de mayo de 1991. La casa de Rondeau al 900 que pertenecía a la artista y docente Lucrecia Rosemberg de Moeremans estaba al cuidado de Jorge Marcelo Benítez, de 13 años. La dueña de la casa estaba aterrorizada. Era amenazada y hasta fue atacada por investigar el crimen de su amigo entrañable Carlos María Navarro, el decano de la Facultad de Artes que, al igual que su hermana Clara Imelda, fue asesinado en su casa de avenida Mitre primera cuadra el 7 de diciembre de 1990. El espanto estaba a punto de estallar.

La dueña de casa llegó cerca de las 22.30 a su casa. Se encontró con un cuadro espeluznante. “Jorgito” estaba tirado en una habitación cercana a la cocina. En el cuello tenía el cable de la heladera enroscado y, además, 12 puñaladas en diferentes partes de su pequeño tórax. Los vecinos dijeron que habían sido dos jóvenes que merodearon el barrio todo el día. La madre de la víctima Elba de Benítez aportó otro dato clave: ese día por la mañana, un joven rubio y otro morocho con pelo enrulado que tenía puesta una curita en la frente, la encontraron en la vereda y le pidieron permiso para ingresar al baño. Ella los autorizó, sin saber quiénes eran.

¿Quiénes eran los dos jóvenes? ¿Cuál fue el móvil del crimen? ¿Por qué tanta saña? Eran las preguntas que surgieron después de que se conociera los detalles del brutal crimen. Fue la misma Rosemberg la que se encargó de aclarar varios de esos puntos en una entrevista realizada por LA GACETA. Negó las versiones que señalaban en esos días hubiera estado realizando una investigación sobre la muerte del decano. “Jamás hice investigaciones. Si algo respeto es a la muerte, jamás he entrado en la vida privada de nadie”, declaró. También reconoció que nunca se explicó por qué en esos días recibió amenazas anónimos por teléfono.

Negó además una versión policial que sugería que en 1990 viajó con Navarro a Buenos Aires para vender cuadros: “Nunca viajé con él a Buenos Aires. Con Navarro y una delegación de Artes fuimos a Potosí en 1989 y a la Bienal de San Pablo, en 1987. Además, ningún profesor universitario puede salir de la provincia sin decir a dónde va y sin la autorización de la UNT”.

“Todos saben -agregó- que he tenido una galería de arte en la calle 9 de Julio, pero mi colección privada es privada. Cuando necesito vendo, pero no me dedico a viajar para vender”, indicó. También desmintió que los asesinos hayan ingresado a robar las obras que tenía guardada en su vivienda.


Indicios

Los pesquisas comenzaron a investigar el caso y lo primero que hicieron fue indagar la vida de la artista. Descubrieron que mantenía una relación muy cercana con Navarro. De acuerdo a las averiguaciones que habían realizado todas las noches se reunían y salían a distintos bares. Pero lo más llamativo fue discutir que ambos eran asiduos concurrentes a algunos lugares de El Bajo. Él habría buscado jóvenes para tener sexo a cambio de dinero. Ella, en cambio, sólo lo acompañaba a algún que otro bar para tomar algo.

Pero en medio de la investigación surgió otro llamativo dato. El 22 de mayo, dos jóvenes se presentaron en la casa de otro artista: Enrique Guiot. Como lo habían hecho antes, se presentaron ante la empleada doméstica que barría la vereda y le pidieron permiso para ingresar a la casa para tomar una pastilla. La mujer se negó y los desconocidos se marcharon sin hacer problemas. Le contó a sus patrones lo que había sucedido y en el acto se dieron cuenta que podrían ser los mismos que asesinaron a “Jorgito”. Al día siguiente, María Hortensia López dejó de trabajar. Después se supo que los sospechosos la cruzaron en la calle y, apuntándole con un arma en la espalda, le dijeron que sería boleta si seguía aportando datos a la Policía. La amenazada dijo que los desconocidos se movilizaban en un Ford Falcon rojo, mismo vehículo que fue visto en las inmediaciones de la vivienda de Rosemberg.

Los pesquisas, con un identikit en la mano fueron a buscar los sospechosos. Lograron reconocerlos como Darío Orsi y Walter “Mocho” Miranda. Los jóvenes eran conocidos en la zona de El Bajo. Varios allegados dijeron que ambos tenían severos problemas de adicción y que eran reconocidos “taxi boy” (así se los llamaba a los jóvenes que tenían sexo con hombres a cambio de dinero) del lugar. Cuando sumaron indicios en su contra y los fueron a buscar, ya habían desaparecido. Los investigadores estaban convencidos que alguien les había advertido que los estaban buscando y huyeron de la provincia. Lo que nunca pudieron entender era cómo consiguieron para financiar su fuga, ya que se trataba de dos personas que prácticamente vivían en situación de calle.

El misterio duró más de un año. Orsi fue detenido los primeros días de mayo de 1992, cuando faltaba muy poco tiempo para que se cumpliera el año del crimen. Según los pesquisas que lo atraparon, se fugó primero a Buenos Aires y después a Córdoba, donde finalmente fue atrapado. Su cómplice, en cambio, fue capturado un mes después en Catamarca, lugar que había elegido como refugio después de haber estado oculto en estas tierras.

CULPABLE. El empresario Antonio Bincinguerra fue condenado por instigar el robo de cuadros.

Los detenidos, llamativamente, se hicieron cargo del crimen. Confesaron que el empresario de la construcción Antonio Alfredo Bincinguerra les había pagado una importante suma de dinero para que robaran piezas de arte de la casa de Rosemberg y que habían decidido matar a “Jorgito” porque estaba dentro de la vivienda. La confesión, que fue tomada como cierta en un 100% por el fiscal Abraham Musi, se cerró con una nueva declaración de la artista. Ratificó sus dichos al señalar que después de haber hecho un inventario descubrió que sí le habían sustraído al menos cuatro cuadros de su colección que nunca aparecieron.

LA VÍCTIMA. Jorge Marcelo Benítez tenía 13 años cuando fue asesinado.

Pero hubo otros puntos oscuros que nunca se esclarecieron del todo. Por ejemplo, por qué la víctima permitió el ingreso a los dos acusados, ya que no lo hicieron a la fuerza. En la investigación surgió un dato que no es menor. La noche anterior al crimen, “Jorgito” y Rosemberg habían asistido a la apertura de una muestra. Allí, según algunos testimonios, el adolescente podría haber conocido a los homicidas, que acostumbraban recorrer el ambiente artístico para acordar cita con homosexuales.

CONDENADO I. Darío Orsi se fue a vivir a Buenos Aires después de cumplir la dura condena.

Pese a todas las dudas, el juicio comenzó en marzo de 1996. En el banquillo se sentaron Orsi y Miranda que debían responder por el delito de homicidio en ocasión de robo y Bincinguerra, por instigación al robo. Las audiencias fueron polémicas desde el principio a fin. Y tuvo un acontecimiento poco común. El fiscal de cámara Juan Santos Suárez pidió ser reemplazado por haberse peleado con uno de los jueces que integraba el tribunal y fue reemplazado por su par Edmundo Botto. En tribunales siempre circuló una versión: el acusador decidió dar un paso al costado porque no había pruebas suficientes para condenar a los imputados.

CONDENADO II. Walter “El Mocho” Miranda también fue sentenciado a prisión perpetua.

A lo largo del juicio hubo un factor común: las denuncias de irregularidades en la investigación. Los imputados dijeron que los policías les arrancaron las confesiones a base de torturas. La testigo clave del caso, que vinculó a los acusados en la escena del crimen y el robo de cuadros indicó que fue presionada por los investigadores y el fiscal Musi para que mantuviera esa declaración. “Es poco creíble que dos personas de muy bajo nivel cultural hayan tenido la capacidad intelectual para ingresar a una casa y quedarse con obras de un gran valor económico”, explicó Cergio Morfil, que defendió a Orsi. El profesional ofreció otro indicio de las irregularidades de la pesquisa: “la autopsia demostró que a la víctima la mataron de 12 puñaladas, pero la remera blanca no tenía ninguna perforación y tampoco presentaba las manchas de sangre que debería haber tenido ante tan atroz ataque. Lo más probable es que modificaron la escena del hecho”. Los razonamientos del defensor no fueron suficientes.


Otra condena, pero…

El tribunal integrado por Emilio Gnessi Lippi, Silvia Castellote de Carbonell y Emilio Páez de la Torre terminaron condenando a prisión perpetua a Orsi y a Miranda. Bincinguerrea recibió una pena muy leve: a tres años condicional por haber instigado a cometer el robo que derivó en el crimen del adolescente. Hoy habría recibido una sentencia mucho más dura, ya que el homicidio fue producto del ilícito por el que pagó para que cometieran. Los jóvenes pasaron más de 20 años en el penal de Villa Urquiza y, al recuperar la libertad, uno se mudó a Buenos Aires y el otro, trabaja en una local de comidas rápidas del sur de la capital.

Pero la condena no despejó las dudas. Sino que generó más interrogantes aún. Ni la policía ni la justicia profundizaron la investigación. Los hermanos Navarro fueron asesinados por Segundo Inocencio Benítez, un taxi boy que también frecuentaba El Bajo. Pese a que nunca fue confirmado, es casi un hecho que el homicida del ex decano haya conocido a Orsi y Miranda, que también frecuentaba la zona. Sí se sabe que los tres acusados tenían contacto con el pintor Juan Alberto del Valle Scarone, que también terminó tras las rejas por haber asesinado a un albañil, a su suegra y a otro artista homosexual. Y la mayoría de sus víctimas perecieron casi de la misma manera: ahorcadas después de haber recibido golpes en la cabeza. Pero esto será el tema central de otra entrega de “Historias tras la historia”.

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