La veta inclusiva de la tecnología en Educación

29 Jun 2020

En lo que se avanzó no hay vuelta atrás. Eso es lo que sostienen docentes, directivos y autoridades de las carteras de educación cuando se refieren a las tecnologías incorporadas durante la pandemia para trasladar la escuela a las casas, continuar con los procesos formativos y no perder el año educativo. Y es necesario que esa afirmación, en la que coinciden todos los sectores involucrados, verdaderamente se cumpla: no hay vuelta atrás.

La tecnología ha sido y es la gran aliada en los tiempos de covid-19, para continuar con las actividades cotidianas de la manera más habitual posible. En el ámbito de la educación en todos los niveles, las videollamadas, los contenidos enviados por WhatsApp, incluso la vieja radio han sido utilizadas para que los docentes no perdieran el contacto con sus estudiantes.

En ese mismo proceso de adoptar tecnologías que por diversos motivos no se adoptaban, surgieron diferencias y grietas entre quienes tenían acceso a esos adelantos: teléfonos celulares modernos, computadora -en ocasiones más de una es necesaria por casa- y conexión a internet fueron indispensables, pero como hemos reflejado en estas páginas, no todos los estudiantes tuvieron acceso a ellas.

Sin embargo, y sin omitir que en la sociedad actual el acceso a la educación está condicionado por el acceso a las nuevas tecnologías, el contexto abrió también otro debate: ¿acaso las clases no presenciales no son también una formidable herramienta de inclusión educativa?

Esta discusión comenzó en el Centro de Estudiantes de la Facultad de Arquitectura y se trasladó luego a otras casas de estudio. La flexibilidad que habilita el cursado no presencial de algunas materias les abre un mundo de posibilidades a estudiantes que no tienen la posibilidad de asistir a clases.

Los motivos son diversos, pero casi siempre confluyen en uno mismo, que es la capacidad económica de cada estudiantes. Altos costos en transporte para desplazarse a los lugares de cursado y el alquiler para quienes vienen del interior o de otras provincias a estudiar en Tucumán son algunos de los costos básicos de hacer una carrera universitaria, a los que hay que sumar los nada despreciables gastos en material de estudio.

Para otros, las cosas se complican aún más: muchos deben decidir entre una carrera y un trabajo, y en un porcentaje considerable la balanza se inclina hacia lo segundo. También quienes tienen hijos manifestaron que las clases virtuales les permitieron avanzar más que las presenciales.

Flexibilidad es la palabra que más han usado los estudiantes cuando dialogaron con LA GACETA sobre este asunto. Flexibilidad de adaptar la academia a los tiempos que corren y para cumplir con la premisa de garantizar el acceso a la educación. Flexibilidad es lo que pidieron a los docentes y a las facultades, en muchas casos esquivos a estas nuevas formas de educar que se presentaron. Flexibilidad que, bien entendida y bien adoptada, no tiene por qué ser un equivalente a menor exigencia ni a estándares bajos.

Los beneficios de la presencialidad son indiscutibles en el mundo académico donde lo que se busca es compartir conocimiento. Pero también es deseable que el conocimiento sea lo más inclusivo posible. En esa lección de la pandemia deberán trabajar en profundidad los actores de la educación

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