Un pueblo pobre siempre es un pueblo lejano

06 Jun 2020 Por LA GACETA

Hay un millar de tucumanos que no se sienten como tales. Viven dentro de las fronteras políticos de esta provincia, pero se sienten fuera de ella. En rigor, experimentan una cotidianidad en la que Tucumán les resulta plenamente ajena. Justamente, no se trata de una percepción generalizada sino de una experiencia colectiva: la de los 963 vecinos de la localidad de 7 de Abril.

Esta semana, LA GACETA dio a conocer la situación de reclusión involuntaria y obligada que padecen esos comprovincianos como consecuencia de una situación que, desgraciadamente, es cada vez más recurrente en el interior provincial, y que normalmente queda expuesta durante el período de lluvias: el deterioro de los caminos en todas sus redes (primarias, secundarias y terciarias o vecinales), hasta el punto de tornarlas intransitables. Tanto es así que para llegar a este pueblo tucumano, desde hace tiempo, hay que salir de Tucumán, cruzar a Santiago del Estero y desde allí retornar.

Por esa circunstancia vial ineludible, el cierre de fronteras que ha concretado la provincia vecina ha dejado entrampados a los sieteabrilenses. “Secuestrados” es como se definen. La Policía santiagueña no les permite entrar a ese territorio y no hay ruta en buen estado para “acceder” a Tucumán desde lo que ya es Tucumán. La alternativa –por así llamarla- es una huella abandona que va a Burruyacu, pasando por Laguna de Robles. Pocos tienen vehículos para transitar por allí. De lo contrario, sólo les queda escabullirse. Y eso dimensionar el sinsentido: hay tucumanos que deben escabullirse de los santiagueños para andar por Tucumán. “Estamos encerrados en nuestra propia provincia. No podemos salir y no podemos entrar”, sintetizó Irma Castaño.

Esta incomunicación terrestre que tiene acorralado a 7 de Abril sólo profundiza las privaciones que padecen sus moradores. No hay en la zona más trabajo que en la comuna: un centenar de lugareños (es decir, más del 10% de la población) tiene un puesto laboral allí. El trabajo público, denuncia la nula infraestructura, funciona como un seguro de desempleo encubierto. No hay industria de ninguna clase. Ni estación de servicios para cargar combustibles. Ni banco. Ni cajero automático. Ni siquiera pavimento. Por lo que ya no llegan los colectivos con los cuales los cosecheros podían ir a trabajar en la zafra del limón.

Los padecimientos de los sieteabrilenses desnudan la ausencia del Estado por partida doble. Por un lado, en materia ya ni siquiera de obras públicas, sino, literalmente, de mantenimiento de la escasa infraestructura que representan los caminos terciarios, que son de ripio y de suelo consolidado.

Por otro lado, se advierte la ausencia estatal en el hecho de que no se haya podido articular con el gobierno de Santiago del Estero una mínima instancia de diálogo para buscar una mínima salida para ese puñado de tucumanos, que viven en un caserío dónde no hay casos de coronavirus ni de dengue, dos buenas noticias que hacen todavía más patente el aislamiento en que se encuentran.

Claro que 7 de Abril tiene urgentísimas necesidades materiales: el agravante es que ni siquiera reciben las soluciones más básicas. Por menores que sean, no hay respuestas para ellos. El pueblo se encuentra a 150 kilómetros de San Miguel de Tucumán y, dada esa distancia, su economía doméstica siempre se desarrolló en los pueblos adyacentes de esa triple frontera tucumana, santiagueña y salteña en que se encuentran. Pero estos comprovincianos no se quejan de la distancia. Testimonian, en todo caso, que los pueblos más pobres son siempre pueblos lejanos.

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