Seis ideas filosóficas que invitan a repensar la pandemia

La filosofía proporciona un antídoto a las ansiedades y angustias de la hora presente.

31 May 2020 Por Hernán Miranda
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Era durante una cena oficial de diplomáticos, en la visita de Richard Nixon a la China de Mao Zedong. Interesado por el punto de vista oriental sobre Occidente, uno de los funcionarios norteamericanos le preguntó al entonces primer ministro chino, Zhou Enlai, qué opinaba sobre la revuelta parisina de mayo del 68. Tras pensárselo un momento, y aunque ya habían pasado cuatro años, Zhou sentenció: “es demasiado pronto para valorarla”.

Esta prudente respuesta contiene un consejo para no tomar postura prematuramente, claro, pero no parece implicar que no sea posible reflexionar sobre los problemas contemporáneos, que es de hecho lo que estaban haciendo las delegaciones en esa oportunidad. Entonces, aunque quizá sea demasiado pronto para valorar la reacción de los Gobiernos y las sociedades frente a la pandemia de coronavirus, un poco de reflexión es, como escribió Bertrand Russell al comienzo de la Guerra Fría, lo que los hombres necesitan entretanto si quieren evitar que la humanidad se hunda en un espantoso cataclismo.

Y otra vez según Russell (y muchos otros, por supuesto), para la reflexión la mejor disciplina es la filosofía. Por eso LA GACETA invitó a reflexionar sobre la pandemia a Lucía Piossek Prebisch, Cristina Bosso, Gustavo Chehuan, Julio Saguir, Nicolás Zavadivker y Susana Maidana. Como introducción, tal vez sea útil recordar que en su acepción griega original, la palabra “filosofía” significaba “amor a la sabiduría”, y que Sócrates la entendía en el sentido de aprender a aplazar el juicio. Así, mientras que los dogmáticos estaban seguros de saber y los escépticos de no saber, Sócrates actuaba de acuerdo con las ideas más razonables sin creer dogmáticamente en ellas.

En consecuencia, en un momento en que dirigentes y ciudadanías aparecen algunas veces demasiado seguros y otras veces demasiado confusos, la sabia actitud de Sócrates quizá pueda ayudar a disipar tanto la certidumbre de los dogmáticos como la parálisis de los escépticos. “Al agrandar los objetivos del pensamiento -decía Russell-, la filosofía proporciona un antídoto a las ansiedades y angustias de la hora presente y hace que el hombre se pueda acercar a la serenidad tanto como es posible en nuestro mundo torturado e incierto”.

1. La condición humana

Por Cristina Bosso, profesora de Antropología Filosófica de la UNT.-

La situación extraordinaria que estamos atravesando pone en cuestión nuestra vida tanto desde el punto de vista de lo biológico, ya que nos enfrenta a la posibilidad de la muerte, como desde la perspectiva de la pregunta por el sentido de nuestras vidas. Se trata de dos cuestiones de fundamental importancia para el ser humano que, sin embargo, dejamos en el olvido, ocupados con los requerimientos de la vida diaria.

La ruptura del orden cotidiano dispara la necesidad de repensar nuestro modo de vivir, que implícitamente hemos naturalizado hasta creer que es el único posible; surgen muchas voces que nos alertan sobre los peligros que nos acechan en el mundo contemporáneo, asediados por nuestros excesos en la explotación de los recursos naturales, en el trato con el otro, en el manejo de nuestro tiempo, en el consumismo desmedido. La pandemia nos recuerda que somos vulnerables, nos enfrenta a la contingencia de nuestra condición humana, de las estructuras que hemos creado, de nuestra sociedad y también a la posibilidad de cambiarlas.

2. El valor de la humanidad

Por Gustavo Chehuan, profesor de Formación Humanística de la Unsta.-

La situación límite que estamos atravesando no solo ha movilizado a médicos y economistas. Filósofos y sociólogos han puesto la crisis bajo una mirada en perspectiva. Una de las preguntas que más se leen y debaten tiene que ver con el futuro: “¿cómo será el mundo después de la pandemia?”.

A mi entender, y volviendo atrás la mirada a graves momentos históricos, los cambios no serán tan drásticos si la pandemia y el confinamiento no logran enseñarnos a vivir este tiempo con madurez. Seguramente varios ámbitos adelantarán sistemas tecnológicos que de una manera u otra ya se venían perfilando y que tarde o temprano iban a llegar. Las comunicaciones tecnológicas, el homeworking y la educación a distancia ya estaban entre nosotros, y la necesidad los multiplicó. Hemos aprendido a estar más conectados aún.

Pero a la vez se hace posible que nosotros, cada uno en la situación de confinamiento, podamos detenernos a buscar lo esencial, reordenar prioridades, compartir y volver a poner en valor el concepto de humanidad como comunidad. Una comunidad solidaria es necesaria. Un Estado subsidiario para los que menos pueden es función primordial, pero no puede ser permanente ni convertirse en una licencia para que en nuestras sociedades cundan el autoritarismo, el totalitarismo, el riesgo de utilizar la emergencia para imponer ideologías que encajonan la libertad de pensar.

Muchos, en la situación actual, tal vez se vean impedidos de semejante búsqueda, en medio de las preocupaciones y las urgencias del día a día que los obligan a encontrar caminos de supervivencia. Pero mientras no logremos defendernos de las otras pandemias -de la hiperinformación y la morbosidad, que nos alejan de la serenidad y la sensatez, y de la corrupción y el exceso, que nos hacen perder el sentido del servicio en la política y la empresa- no encontraremos una salida que nos conduzca a pensar que otro modo de vida, un nuevo orden, sí es posible.

3. Hobbes... y después

Por Julio Saguir, funcionario y profesor de Filosofía Política de la Unsta.-

El covid-19 que nos asola encontró a una humanidad organizada en Estados nacionales. El “ideólogo” de estos Estados se llama Thomas Hobbes. Allá por el siglo XVII, Hobbes sostuvo que “la Naturaleza ha hecho a los hombres iguales en la facultades del cuerpo y del espíritu…”. Y que dada esta igualdad natural, cuando “dos hombres desean la misma cosa, y no pueden disfrutarla ambos, se vuelven enemigos, y en el camino a su fin (que es su propia conservación) tratan de aniquilarse o sojuzgarse uno a otro”. Este es el fundamento del origen del Estado moderno. El Estado es la organización institucional que nos hemos dado para superar el conflicto que amenaza la conservación de nuestras vidas -el “bien primero”-.

Por razones históricas varias, nuestros Estados han desarrollado distintas y disímiles capacidades -e incapacidades- para superar tal amenaza. Aun en medio de tales diferencias, los Estados han concurrido en este tiempo con estrategias más o menos parecidas que, cuando fueron decididas razonablemente, permitieron enfrentar, con éxito variado, los efectos de la misma.

Una causa crítica del “éxito variado” son las condiciones de vida de importantes sectores de la sociedad en nuestros Estados modernos. Cualquiera de las estrategias implementadas apenas puede ejecutarse en las zonas más vulnerables, dadas las condiciones estructurales previas de vida -salubridad, vivienda, alimentación-. Esta es la razón de su vulnerabilidad y el motivo por el cual el coronavirus se “ensaña” de manera particular con estas poblaciones. El aislamiento no es cuestión de información, educación o voluntad, sino de posibilidad. El problema no es el virus, sino las condiciones de su propagación.

Hay innumerables “enseñanzas” que nos dejara la pandemia -sanitarias, económicas, tecnológicas, organizacionales-. Pero la más dramática es la evidencia del severo estado de indefensión en que cualquiera de estos imprevistos infortunios encuentra a vastos sectores de nuestra sociedad particular y global. Para todos en general, pero para quienes tenemos distintas responsabilidades sobre decisiones públicas en particular, la demanda es impostergable. El motivo es aquel que Hobbes anticipó hace cuatrocientos años -la conservación del “bien primero”, la vida-. Porque todos somos iguales.

4. El auxilio de la ética

Por Nicolás Zavadivker, profesor de Ética y Lógica de la UNT.-

La expansión del coronavirus y los diferentes modos como éste es combatido han generado múltiples problemas morales, que exigen por parte de distintos agentes una reflexión moral y el auxilio de la ética a los fines de tomar ciertas decisiones. Veamos dos ejemplos.

El primero se vincula al debate salud versus economía. En Argentina -a diferencia de Brasil, por ejemplo- hubo un cierto consenso en torno a priorizar la salud, que en el fondo es una forma de afirmar el valor de la vida y, en este caso, de la vida de la población más vulnerable. Pero con las sucesivas extensiones del aislamiento se hizo claro que tras la economía no sólo se encuentra el poco prestigioso ánimo de lucro, sino también la supervivencia material de las personas. Reaparece aquí también el valor de la vida y de la calidad de vida (devaluada ésta por el empobrecimiento general, así como por los efectos psicológicos de la cuarentena). Se trata, pues, de decisiones axiológicas que las autoridades deben reconsiderar constantemente y en cierto sentido también cada ciudadano, en la medida en que determina si acata o no las medidas tomadas, eligiendo también él priorizar un valor u otro.

Otro problema moral, más dramático aún, se presenta en los países donde la expansión del coronavirus es tan grande que el sistema sanitario se ve colapsado y en algunos casos debe decidirse qué pacientes graves reciben atención médica plena (internación, soporte respiratorio, etc.) y cuáles reciben sólo medicación (con una alta probabilidad de fallecer). En esos casos, algunos países se inspiraron en el protocolo para catástrofes, basado en la ética utilitarista, que brinda algunos criterios -polémicos- para elegir el menor entre dos males. Así, privilegia tratar a una persona más joven sobre un anciano, a un individuo sano sobre otro que padezca una enfermedad terminal, etc. Es tentador indignarse ante este tipo de decisiones (¿cómo puede dejarse morir a una persona sin intentar salvarla?), pero ante la escasez de recursos médicos no puede eludirse pensar algún tipo de respuesta alternativa, además de seguir ampliando la capacidad de atención del sistema. Por suerte Argentina no llegó a esta trágica situación.

5. El sentido de la vida

Por Susana Maidana, filósofa y profesora emérita de la UNT.-

Según la filosofía, una pandemia es una situación límite, cuyas posibles respuestas son: negación, parálisis o reflexión sobre el sentido de nuestra existencia, al sabernos frágiles, para pensar estrategias para el día después.

En los últimos meses, se han difundido diferentes miradas sobre la pandemia: los buscadores del chivo expiatorio, sea China, el castigo divino por el pecado, la imposición de un estado de excepción que cercena libertades. Están quienes creen que la crisis refuerza el capitalismo y los que auguran su declinación y el nacimiento de un nuevo comunismo. No faltan los negadores de la pandemia, ni los vendedores de recetas mágicas, sin fundamento científico alguno.

Lo cierto es que no sólo se expande el virus, sino que se acrecienta la desigualdad social, que duele tanto como la enfermedad. Según Judith Butler, si bien el virus ataca a todos por igual, sin embargo, discrimina a través del racismo, la xenofobia, la miseria, la intolerancia.

En medio de este aluvión de relatos, hay que evitar, parafraseando a Albert Camus, que la peste sea espejo de nuestra vida para discernir los relatos falsos y reconocernos en el otro a través de la solidaridad, que es la verdadera ocupación del día después.

6. Consecuencias de la globalización

Por Lucía Piossek Prebisch, filósofa y profesora emérita de la UNT.-

Esta pandemia es una demostración clara, cruel, brutal, de que la llamada globalización es ya un hecho innegable. Es un hecho que nos obliga a aceptar que, en cualquier parte del mundo, en mayor o en menor medida, cada uno de nosotros es potencialmente responsable de la vida de los otros.

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