
“Todos los discípulos estaban juntos...” (1ª lectura). En esta atmósfera de oración y de reflexión por los acontecimientos pascuales vividos hasta el día de la Ascensión, irrumpe la fuerza de lo Alto que el Señor había prometido a los suyos. El Espíritu de Verdad que procede del Padre, el Consolador, el alma de la Iglesia, su secreto y su fuerza en medio de tantas rebeliones a bordo y de tantas tormentas, que como la barca de Pedro ha tenido que soportar a lo largo de su dilatada singladura.
Fue el Espíritu Santo quien dio comienzo a esa colosal empresa evangelizadora y santificadora que es la Iglesia, y es Él también quien con su aliento divino continúa esta tarea hasta que, cuando se cumpla la última hora de la Historia, de nuevo Cristo vuelva. Y es con este mismo aliento divino -que recuerda el gesto de Dios al crear al hombre (Cfr Gn 2,7)- como debemos nosotros seguir navegando. Por eso rezamos hoy así: “ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo... Mira el vacío del hombre si Tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento...”
Es realmente llamativo el contraste entre la postración en que Jesús encuentra a sus discípulos: puertas cerradas, miedo, ocultación (3ª lectura) y el arrojo, la seguridad y el vigor de la proclamación de la verdad cuando han recibido su Espíritu. En su inesperada aparición, Jesús les da su Paz, su Espíritu, su Poder de perdonar los pecados, su misión, que Él había recibido del Padre. Aquí está la razón profunda de este cambio.
La Iglesia es un signo visible de esta acción del Espíritu de Dios en el mundo. Ella tiene una antigüedad de casi 2.000 años. Frente a ella, todas las instituciones sociales del Occidente, sus Estados y confederaciones de pueblos, son de ayer. Los Estados, en los que se estableció la Iglesia y por los que aparentemente estaba sostenida, han caído; las culturas, con las que parecía fusionada, se han deshecho; sobrevinieron extraordinarias tempestades y conmociones en las naciones en que la Iglesia estaba implantada, y sólo ella permaneció inmutable en el cambio de los tiempos.
Sobrevivió a la ruina del Imperio romano con todas sus crisis; no fue barrida por las invasiones de los pueblos bárbaros; no pudo ser vencida por la interna debilidad del papado, ni por la fuerza externa del emperador y el nacionalismo francés, ni por los pecados y deficiencias humanas del Humanismo y la Reforma, ni por las extraordinarias revoluciones de la Ilustración, la Revolución francesa, el capitalismo, el socialismo y la técnica moderna.







