Donación de órganos: "un changuito de 17 años me salvó la vida y casi me atrapa el coronavirus"

"Caco" Parravicini es un tucumano que vive en Madrid, donde fue operado dos veces en medio de la pandemia que azotó a toda España.

15 May 2020 Por Miguel Velardez

Cuando tenía ocho años, Carlos "Caco" Parravicini era un chico más del barrio, que iba a la escuela, andaba en bicicleta, y jugaba al fútbol con amigos. Pero una noche ocurrió algo que cambió su vida para siempre. Aquel episodio tomó por sorpresa a toda la familia. Sus padres no entendían porque su hijo empezó a hacerse pis en la cama como si fuese un niño de dos o tres años. Todas las mañanas, Isabel Terán, su madre, debía levantarse y cambiar las sábanas y el colchón. Ella estaba en la mitad de su cuarto embarazo. En la casa había desconcierto. Nadie entendía el comportamiento de Caco.  

-Todos pensaban que yo me orinaba en la cama por celos. Creían que estaba celoso por mi hermana menor, que venía en camino.

El pediatra era un médico amigo de la familia. En un primer control, el especialista sospechaba que podía tratarse de un niño con diabetes y pidió los exámenes de rigor. Eran tiempos en que, en la familia, nadie sabía nada sobre diabetes. Llevaron al niño a hacerse los estudios. Era tanta la ignorancia sobre la diabetes que, después de los análisis, fueron a desayunar. Hoy en día, con 42 años, Caco todavía recuerda aquel desayuno:

-Me dieron una chocolatada gigante -dice- y con facturas.

Mientras esperaban los resultados de los análisis, Caco siguió los días con su rutina cotidiana de un niño de su edad. Una mañana andaba en bicicleta por el jardín y, de repente, cayó desplomado. Carlos Parravicini, su padre, lo vio desparramado sobre la bicicleta y corrió hacia él en un segundo.

-Era un sábado -recordó Caco-, me acuerdo porque el médico estaba jugando a la pelota cuando lo llamaron. Mi viejo me levantó del piso, porque había quedado tirado en el jardín, me llevó al departamento de la madre del médico, donde me iba a esperar. El médico pidió los resultados y le dijo a mi viejo: este chico es diabético. Entonces empezó a explicar todo lo que había que hacer en adelante.

A los ochos años, Caco tuvo que aprender a inyectarse insulina todos los días.

La infancia en Tucumán.

-Como mi mamá estaba embarazada, yo practicaba en la panza del médico -recuerda-. No tenía idea y había que perder el miedo a la aguja, agrega.

En adelante comenzaron los controles de azúcar. En aquel tiempo se controlaba a través de la orina y de la sangre. Ya no podría salir a jugar al fútbol o andar en bicicleta con los amigos sin tener un control constante. Empezaba un cambio en la rutina tanto de él como de su familia. El aparato para medir los niveles de azúcar era muy costoso. 

-Mi viejo lo consiguió por una subvención, porque de otra manera era imposible comprarlo. Entonces empecé los controles y andaba más o menos bien. Tenía una vida normal: mi vieja me empujaba a salir a andar en bici y mis amigos ya sabían y también mis compañeros de la escuela y todo el contexto se iba acomodando a una realidad distinta.

Todo iba bien hasta que entró en la adolescencia. Caco veía que sus amigos comían caramelos sin ningún problema. Dulces, chocolates, helados y demás. La rebeldía se manifestó en aquel momento y a escondidas. A los 15 años decidió que no podía esperar más. No fumaba, ni consumía bebidas alcohólicas, pero se rendía ante los dulces. Sacaba los envases de leche condensada de la heladera, se los tomaba casi de un trago y tiraba las latas en el techo para que nadie se diera cuenta.

-Me compraba un chocolate, cuando salía de la escuela, y me lo comía antes de llegar a mi casa. Tiraba el papel -dice- y trataba de que no me dieran la cana.

Hacía todo eso y, sin embargo, se sentía bien. Por eso seguía jugando a las escondidas por los dulces. La mayoría de las personas con diabetes sabe que cuando la enfermedad empieza a manifestarse es silenciosa. Nadie se entera sobre qué es lo que pasa realmente con los riñones. Además, en aquel tiempo los análisis eran muy distanciados. Así vivió hasta los 22 años; en una suerte de descontrol absoluto sin que despertara sospechas en sus padres.

En la adolescencia descuidó la salud.

A los 24 años se puso de novio con Ana Inés Lobo, la mujer que hoy en día es su esposa y madre de sus tres hijos. La relación creció hasta que luego de cuatro años de noviazgo, Caco le propuso matrimonio. 

-Ahí se empezó a poner más seria la cosa, y empecé a cuidarme más. Pero el último año de noviazgo, me llamó mi médico y me dijo: Caco está muy jodida la hemoglobina; está muy alta. Estaba en más de 11, que en promedio es más del doble de lo que tiene la gente en condición normal.

Caco y Ana Inés se casaron al año siguiente de esa advertencia del médico. Durante ese período tomó mayor conciencia sobre la necesidad de cuidarse. Evitaba los dulces. En 2006 nació su primer hijo. Así aumentó la responsabilidad de la dieta. En 2009 nació una nena, la primera de dos mujeres, porque en 2013 llegó otra nena.

-Estaba en un asado y empecé a ver un puntito negro justo donde enfocaba la vista. Al otro día fui al oftalmólogo y me dijo que tenía una retinopatía diabética. Me explicó que ese puntito negro era sangre que podía provocar un desprendimiento de la retina, en cualquier momento.

Caco y Ana Inés, en Europa.

Al año siguiente, en 2014, comenzó a trabajar en una compañía internacional. En ese trabajo le ofrecieron la posibilidad de trasladarse con su familia a Inglaterra. Fueron tres semanas para ver si se adaptaba, pero a Ana Inés no le gustó la idea de vivir en Londres. Después surgió otra propuesta para mudarse a la India. En este caso, tampoco les cerraba la idea por el tema salud. Más tarde, le ofrecieron un traslado a La Coruña, España. Aunque finalmente terminó instalándose en Madrid con su esposa y los tres niños.

Al llegar a España, el trabajo iba muy bien, pero la salud no tanto. El riñón estaba desmejorado y la retina también. La diabetes estaba ganando la pulseada.

-Uno de los primeros médicos que me trató, aquí en España, me dijo: no podés tener 38 años y tener la salud de una persona de 70. Cada vez que me visitaban las enfermeras españolas me decían que lo mío era muy complejo. Aquí, en España, el sistema de salud es muy estricto y hay un médico para cada parte del cuerpo. Te hacen un seguimiento constante. Me dijeron lo que tenía que comer y cómo tenía que prepararlo. Controlaban todo.

Una tarde de 2017, Caco se golpeó contra una pared. Otra vez al médico. Detectaron que tenía hipertensión, que empezaba a manifestarse. Pero los riñones tenían malas noticias para Caco: el funcionamiento renal había bajado al 30%. El diagnóstico inicial de trasplante se lo dieron en esa época, a principios de 2017, porque los órganos seguían en deterioro. Al final de aquel año inició una dieta estricta. Comía sin sal, sin proteínas. Usaba una aplicación del celular, que saber qué alimentos podía comer en el día y cómo cocinarlos para no afectar aún más sus riñones. Hasta ese momento estaba en tratamiento en el hospital Puerta de Hierro. Pero lo derivaron al hospital 12 de Octubre, de Madrid, cuando el médico le anunció que debía hacerse un trasplante.

Caco, en la internación.

-Tenés que ir a trasplante me dijo el médico, porque a ese ritmo, el riñón te va a condenar a estar atado a una máquina. También me dijo: seguramente por tu edad te harán un trasplante de páncreas. Entonces me derivaron al 12 de octubre.

En el nuevo hospital, el jefe de coordinación de trasplante le hizo cumplir el protocolo de rigor para acceder a la lista de espera. Fueron tres entrevistas y un total de 25 estudios médicos. Le explicaron las ventajas del trasplante de órganos por sobre las diálisis. Debía pasar los 25 exámenes antes de obtener la aprobación.

Se creó un legajo con su historia clínica para determinar si era capaz de recibir un órgano de donante. Entró en lista de espera en España, mientras seguía los controles, la dieta y los exámenes. A principio de 2020 llegaron peores noticias. Una visita al médico el 19 de febrero fue como un mazazo.

-El médico me dijo: tu riñón no da más; está casi al 10%.

En ese momento se recomendó diálisis urgente. Le pusieron un cateter y ese 19 de febrero de este año le hicieron la primera diálisis. Quedó en reposo un par de días. Necesitaba un donante, pasaban las semanas y aumentaba la angustia. Pesaba 89 kilogramos y bajó hasta los 66. Iban cinco sesiones de diálisis hasta que una noche en la que estaba cenando con su esposa y un amigo Esteban Abete, sonó el celular. En el hospital 12 de octubre tenían en agenda tres números de teléfono. El primero era el de Caco; el segundo el de su esposa Ana Inés y el tercero el de su amigo Esteban. Al escuchar la voz de una enfermera española, Caco salió con el teléfono en el oído hacia el patio para escuchar mejor. 

-¿Habla Carlos?

-Sí, que tal, soy yo.

-¿Estás con fiebre?

-No

-¿Estás enfermo?

-No

-¿Seguís la dieta?

-No me digas que apareció un donante...

-Tranquilo. Apareció un posible donante. Vale, venga al hospital en una hora.

-Me voy ya mismo.

-No. En una hora. Despídete de tus hijos y ven con tu esposa. Tómalo con tranquilidad, que puede que vuelvas a tu casa en una hora sin nada.

-¿Tengo que hacer algo?

-Nada. Solo trae ropa. Te haremos diálisis y luego los médicos tomarán la decisión.

Lo ponen en duda y no pretenden generar expectativas sin los controles correspondientes. En estos casos hay que verificar si el paciente es apto y tiene que haber compatibilidad con el donante en los dos tipos de sangre y deben analizar cómo reaccionan.

Ana Inés, la esposa de Caco, estaba atenta y trataba de escuchar lo que hablaba Caco por teléfono. A ella recuerda le llamó la atención la llamada, por la hora en que sonó el teléfono. 

-Los españoles -dijo Ana Inés-, los domingos a la noche, ni siquiera están en los bares.  

En la televisión estaba el partido entre el Real Madrid y Barcelona. Pero después de la llamada nadie miraba la televisión. Caco volvió a entrar al comedor, pero tenía otra cara.  

-Yo había cerrado la puerta –recordó-. Cuando vuelvo a entrar, la miro a mi mujer y nos ponemos a llorar, sin decir nada. ¿En serio? me decía y me preguntaba varias veces: ¿qué te han dicho?... mi amigo estaba que no podía hablar, también lloraba. Nos tenemos que ir ahora al hospital, les dije rápido. En el trayecto llamé a mis viejos, que viven en Tucumán. Les pregunté qué estaban haciendo y les dije que apareció un donante. Mi vieja pegó un grito: mentira, Carlitos, decía mi Mamá. Llamé a mis suegros y la misma conversación y en un rato mi Whatsapp explotaba, todo el mundo llorando y deseando lo mejor.

-Fue una mezcla de felicidad y de angustia, recordó Ana Inés. Más allá de todo, yo tenía la certeza de que todo iba a salir bien, pero todavía faltaba una operación de nueve horas como mínimo.

A LA DISTANCIA. El respaldo de los amigos de Caco en Tucumán.

Pasó esa noche del 2 de marzo en el hospital 12 de Octubre. Estaba por amanecer y seguían los preparativos. Era compatible. A las 21 ya había sido operado. Estaba inconsciente, claro, en la terapia intensiva, y Ana Inés, su esposa, espera en un pasillo. Los médicos le dijeron que su marido había salido muy bien de la cirugía. Varios días después, cuando lo pasaron a la sala de reanimación, los médicos tenían otra noticia para Caco.

-Ya no sos diabético, me dijo el médico.

La voz de Caco se quiebra. Un nudo en la garganta le corta el relato durante la entrevista por Whatsapp.  

-Eso fue increíble, alcanza a decir, mientras llora de emoción.

Después de la sala de terapia pasó a nefrología, donde le controlaban el nivel de azúcar seis veces por día. El riñón filtraba perfecto, venía todo bien. Le habían calculado un mes de internación. Sin embargo, al día 15 apareció el coronavirus haciendo estragos en España. Ya había golpeado fuerte en Italia. En Madrid comenzaban a llegar los primeros pacientes. Aquella vez, a Caco le hicieron un hisopado para determinar si era portador de covid-19. En la sala apareció una médica con un uniforme plateado como si fuese un astronauta en el espacio. "Creemos que tienes coronavirus", le dijeron. Caco Parravicini temblaba de miedo. Había salvado su vida con el trasplante de riñón, pero ahora enfrentaba una posible infección de un nuevo virus del que nadie sabía demasiado.

-Me aislaron. Nadie quería entrar al box donde me habían dejado. No podía ver a mi esposa, ni a mi viejo que estaba en España. Pero, al final, dio negativo.  

Estuvo 12 días en aislamiento total hasta que lo dejaron volver a su casa. Pero una semana después volvió a una segunda internación por una obturación en el intestino. Para esa fecha, marzo de este año, el Gobierno declaraba alarma en toda España por el coronavirus. Italia caía por un tobogán con cientos de muertes por día. España parecía ir por el mismo camino.  

-Esa segunda internación fue horrible, porque el hospital era un caos por el coronavirus. Yo esperaba en el estacionamiento –dijo Ana Inés-. Los médicos estaban desbordados y tuvieron que improvisar un lugar como quirófano para la cirugía de Carlos. Fue muy feo, lo despedí y lo volví a ver a los siete días.

Caco no podía dimensionar la gravedad del coronavirus. La mayoría de los españoles no entendía qué pasaba con el nuevo virus. Estuvo internado y no dejaban ingresar a su esposa. Ni siquiera recibía llamadas telefónicas.

-Me dejaron en una sala común -dijo Caco- por otros seis días hasta que después me pasaron a una habitación que habían abierto solo para los que no tenían coronavirus. El resto del hospital estaba con pacientes de covid-19. Todo el edificio, menos el piso donde me tenían a mí, aislado. La cirugía era sencilla: me tenían que abrir el intestino, acomodarlo, y volver cerrar. Pero el contexto del coronavirus daba un mayor estrés. Por suerte me habían dejado entrar la notebook y me podía entretener.

En la sala común había otros seis compañeros de internación. Pero todos los días se llevaban a uno con covid-19 y traían a otros. Ahí decidieron cambiarme a otro espacio para estar más distante de los demás pacientes.

-Lo que más me impresionó, además de la sirena de la ambulancia que sonaba las 24 horas, es que el hospital 12 de octubre tiene salas de cremación y todos los días entraba el olor a cuerpo cremado por la ventana de la habitación.

Ahora, Caco está en recuperación. Puede hacer actividad física, pero solo caminar. No puede, ni debe correr. Se miden las dosis de medicamentos día a día. Dice que se siente bien, pero que los médicos todavía son celosos con el tratamiento. Usa una faja para sostener la herida. Puede hacer una vida normal, pero debe tener precaución. Una hora por día sale a caminar alrededor de su casa. A veces con su esposa Ana Inés y otras con sus hijos, según a quien le toque el turno de compañía. Come normal, con bajos niveles de sal.  

-Cuando uno es trasplantado la pregunta que surge es ¿cuánto va a durar el órgano? y yo quiero que dure para siempre, por eso como sin sal. Estoy en el momento de cuidarme mucho y a la vez de concientizar a la gente de que la diabetes es silenciosa, pero te mata. Y también quiero decirle a la gente que el coronavirus nos agarró fuerte. Quiero decirle que aquí en Madrid todo empezó como ahora les está agarrando a los porteños. Tienen que cuidarse. Y quiero decirles que la diálisis no es la muerte, que es un tratamiento.

En una caminata nocturna (de una hora) por las calles de Madrid.

¿Qué pensás ahora sobre la donación de órganos?

-A mí me salvó la vida un changuito de 17 años, que dijo yo quiero ser donante y la familia dijo vamos a respetar esa decisión. España es el país número uno en donación de órganos, porque la gente tomó conciencia del tema. La gente sabe que donar órganos es donar vida. Lo poco que sé es que era un changuito de 17 que tuvo accidente y murió por un politraumatismo encefalocraneano. Gracias a él he pasado de ser una persona que iba camino a estar atado a una máquina, pero ahora estoy conversando y contándote a vos desde el living de mi casa. No soy más diabético y la función renal está en un 75%. El riñón y el páncreas del donante están funcionando perfectos; la creatinina (un análisis que se hace para ver qué tan bien están funcionando los riñones) está normal como de una persona de 20 años.

¿Qué sentimientos se te cruzan ahora, a partir de esta nueva vida?

-Todos los días pienso en eso. Intenté investigar algo sobre el donante. Los médicos no te dicen nada. Se respeta la voluntad y el anonimato. No hay día en que me levante y no piense en la madre del changuito. Tampoco quiero molestarla, pero me imagino yendo en bicicleta a su casa y me imagino que me abre la puerta y le digo: estoy así de bien, porque su hijo con 17 años ha decidido donar sus órganos; me gustaría que sepa que siempre tengo presente al chico. Me encantaría poder decirle que su hijo me ha cambiado la vida, no solo a mí, sino también a mi esposa, a mi familia y que esas decisiones pueden cambiar al mundo.

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