Varada en el "futuro": el relato de una odontóloga tucumana que pide regresar desde Nueva Zelanda

La profesional de 63 años no tiene fecha de retorno, y se le están terminando sus medicamentos. El método que se aplicó del otro lado del planeta para controlar el avance del coronavirus.

22 Abr 2020
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EN UN PASEO. Bruno (detrás) y Corral, en Nueva Zelanda, cuando todavía no se había dictado la cuarentena por el coronavirus.

La voz de la odontóloga tucumana Elisa Bruno (63 años), afligida y cargada de incertidumbre, llega desde el "futuro". En Wellington, la capital de Nueva Zelanda, el reloj marca 15 horas más que en Argentina. Por eso, cada vez que en Tucumán llega el mediodía, de aquel lado del planeta ya están en la madrugada del día siguiente. Pero al coronavirus no le interesan los husos horarios. La pandemia está instalada en los cinco continentes, lo que llevó al cierre de fronteras y a la reprogramación de vuelos en todo el mundo. Y Bruno, que tenía pasajes de regreso a esta provincia para el 30 de marzo, permanece varada en la "posteridad" de Oceanía. Mientras consume las últimas reservas de la medicación que había cargado en la valija, aguarda junto a su amiga y colega, Graciela Corral -también de 63-, que por fin un avión la traiga a casa.

"Nos reprogramaron los vuelos cinco veces, y la última vez estaba previsto que viajemos el 5 de mayo. Pero nos comunicaron que han cancelado las salidas para el mes que viene. Así que estamos con mucha angustia. Nos encontramos bien, porque tenemos techo y comida, pero esto se está prolongando demasiado. Vinimos con remedios para 40 días, no para más de tres meses. Y en estos momentos no podemos dar con una respuesta concreta", le relató la profesional a LA GACETA, mediante una llamada de WhatsApp.

Bruno narró que sus vacaciones comenzaron el 19 de febrero, cuando la pandemia parecía algo lejano. "El virus estaba en China, claro, pero jamás pudimos imaginar esto que se desató. En marzo se declaró el aislamiento obligatorio acá (en Nueva Zelanda). Por suerte, estamos parando en la casa de la hija de una amiga. Es una familia argentina que nos está alojando. Nos cedieron el dormitorio de sus hijos y nos cuidan, así que en ese sentido estamos bien, al margen de que estamos abusando de su generosidad. Pero se nos va a terminar el dinero, y realmente es muy difícil conseguir una receta para poder comprar los medicamentos que tomamos para nuestra vida cotidiana", explicó.

Además de sostener un tratamiento de vitaminas y remedios contra la osteoporosis, la odontóloga padece un síndrome de inmunodepresión medular, por lo cual -si bien sólo requiere controles periódicos- consideró que no podía aceptar la única chance de regreso que se le había presentado hasta el momento. "Hace unos días salió un vuelo de repatriación desde Auckland hacia Sidney. Eran unas 40 plazas. La Embajada se contactó con nosotras, pero realmente tuvimos que optar por no viajar. Había que estar más de 24 horas en un aeropuerto de Sidney, luego ir a Chile y volver en colectivo a Tucumán. Hicimos un grupo de WhatsApp que se llama 'Argentinos varados en Nueva Zelanda', así que nos mantuvimos en contacto con quienes regresaron. Nos contaron cómo fue el día a día. Más de 50 horas en colectivo, todos juntos, sin comida ni agua. Como a mí me bajan los glóbulos blancos, que son las defensas del organismo, y con la expectativa de riesgo que significaba por el coronavirus, resolvimos quedarnos acá. No podía exponerme a un contagio", expresó Bruno.

Por esos lares, agregó, la "curva" del coronavirus está "aplastada". Quizás por ser profesional de la salud, Bruno lleva un conteo detallado de los casos registrados en Nueva Zelanda: hasta el momento, indicó a este diario, hubo 1.451 infectados con confirmación oficial; se recuperaron 1.036 de esos pacientes, y fallecieron 14 personas. "En sólo 11 casos no han podido identificar el origen del contagio. Pero lo han controlado muy bien. Han hecho 85.000 test aleatorios, que dieron negativo, y así constataron que no hay circulación (intercomunitaria) del virus. Además, van a hacer otra etapa más de test aleatorios para ver cómo funcionó la cuarentena", señaló.

Con las videollamadas como única alternativa para paliar la nostalgia -tiene a sus cuatro hijos y a sus cinco nietos en Tucumán-, la odontóloga aguarda, junto a otros 200 argentinos, que la situación se resuelva lo antes posible. "El aeropuerto no está abierto para los pasajeros. Por eso, si no hay un vuelo de repatriación por parte de Argentina, permaneceremos del otro lado del mundo. No significamos ningún riesgo, porque hemos hecho la cuarentena de 30 días aquí, en un país que tiene controlada la enfermedad, y no presentamos síntomas de ningún tipo. Además, hemos visto que otros compatriotas han podido ser repatriados desde Miami o Madrid, lugares que sí han tenido un alto índice de infección. No sé de quién depende, si de las aerolíneas o de la Nación, pero en parte nos sentimos discriminadas. La verdad, no veo a mi familia hace tres meses y la incertidumbre es tremenda. Estoy desesperada por volver a mi casa", confesó la tucumana que está varada en el "futuro" de Oceanía.

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